La representación de España en México     
 
 ABC.    28/02/1970.  Página: 19-20. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

LA REPRESENTACIÓN DE ESPAÑA EN MÉJICO

Decir, como trámite previo a lo que siga, que España tiene en la República de los Estados Unidos de

Méjico una representación diplomática irregular, colateral, o, si se quiere, "in partibus", significa que la

voluntad y el juicio dirimentes del Gobierno mejicano continúan ladeados a la II República que, dentro de

nuestra Península, dio por conclusas sus funciones administrativas en el mes de marzo de 1939, pronto

liará treinta y un años. Lo cual, perogrullescamente, connota que aquel Gobierno soberano, usando sus

potestades, no reconoce a efectos diplomáticos otorgamiento del "exequátur", idoneidad para negociar y

sellar tratados, etcétera—, no reconoce oficialmente más representación española irreversible que la de la

llamada "República en el destierro". Los copiosos y múltiples intereses que el Gobierno efectivo de

España está obligado a defender y amparar dentro de la nación mejicana, así como los profusos problemas

que, o en forma de símbolos, o en forma de estados casuísticos privados y generales, o en forma cultural,

mercantil e industrial, hieren, desde distintos ángulos de interpretación—tales como las afinidades

étnicas, históricas y didascálicas y los asiduos tratos económicos y humanos—; esos copiosos intereses,

entramados a lo largo de los siglos y cargados de adherencias, hieren, desde todos los ángulos de

interpretación, la peregrinidad del estatuto oficial y han hecho imperativa una solución conciliadora. A

saber: que Méjico consienta bajo mano una frágil y aparente representación española consular, cultural y

económica, monda de los privilegios y franquicias inherentes al ejercicio libre de la función diplomática,

y que, por añadidura, no implique —requisito "sine qua non"—, en aspecto alguno, el reconocimiento "de

jure" de otro Gobierno español que no sea el Gobierno republicano con residencia, precisamente, en la

capital mejicana. Siendo consustancial de la diplomacia la acción sobre personas, obras y cosas reales,

fácil es imaginarnos que hoy, en la nación de Méjico, las cosas, obras y personas de España transcurren y

trafagan muy a trasmano de la representación oficial republicana, que debe de entumecerse en la

ociosidad o entregarse acaso a tareas más pingües. Obras, personas y cosas caen con todo su peso en la

jurisdicción subrepticia de los representantes irregulares o colaterales, no legitimados por el Estado

mejicano. ¡Empeño eminente, esforzado ánimo los de esos hombres españoles! La discreción, el tino, la

monita en el insinuarse, la inteligencia en el persuadir y la entereza en el hacer, la perseverancia en el

hito, la modestia en la hora del logro, un estar en las cosas y no aparecer, un albedrío acomodable, un

plano atenerse al servicio, y el porte, de cortesanía..., ¡qué buena lección de rendimiento y humildad la de

esa mano de cultos españoles que representan hoy en Méjico, bajo la guía de don Juan Castrillo, cursado

en Argentina y Cuba, a la diplomacia joven de nuestro país!

No digo ni quiero tampoco sugerir de rebote que las tareas de esos diplomáticos se atasquen en su sesgo

curso con abordajes, ni abiertos ni taimados, de enemigos o sectarios, ni que la lucha sea dura y poco

resarcida. Ni siquiera digo que haya lucha. Más preciso sería anotar que los buenos resultados de su

esfuerzo continuo no guardan proporción con la desmesura del hecho del "no reconocimiento"

diplomático de España, y que, por el contrario, más bien proclaman que ese "no reconocimiento" está

implícitamente soslayado. No habrá —no hay—colaboración expresa y normal con el Gobierno mejicano,

pero tampoco hay correspondencia de causa a efecto entre el reacio "no reconocimiento" y la ingente,

eficaz y respetada labor de nuestros diplomáticos oficiosos. ¿Quién, en Méjico, advierte hoy la desmesura

del criterio oficial, y si alguien la advierte, qué molestias o desaires acarrea? Mínimos y tolerables, si los

hay. España tiene una balanza comercial y de pagos muy favorable, y soplan vientos prósperos. Méjico es

manantial de divisas. Su turismo a España, caudaloso y continuo, como las remesas da dinero que sacan

los españoles de sus alcancías—españoles de éste o de aquel colorín banderizo-—para librarlas a la

Península. ("Iberia", por ejemplo, es otro rico venero de pecunias.)

¿Cómo, pues, ha podido perseverar tantos años la reacia postura oficial, denunciada a menudo, y

acerbamente vituperada, en los periódicos y revistas mejicanos? He ahí el misterio. Arcanos, los

entresijos. El averío de las relaciones entre Méjico y España es asunto que no podemos bien comprender

ni juzgar: nos faltan sumandos. Sus orígenes se nos revelan indiscernibles. Parece que por un camino iban

los gobernantes que legislan y ejecutan, y por otro camino, más soleado, la taciturna masa del pueblo

mejicano, que no bulle ni se para a analizar ni ha podido hasta el presente cerrar contra su hábito ancestral

de mantener en desuso el juicio en materias políticas. Presumo que, en lo remoto, entró la porfía

indigenismo-españolismo. Y un talante malhumorado hacia los "gachupines" (los "cachopines de

Laredo", decía Cervantes). La índole del sistema político español no abona suficientemente una tan

contumaz conducta si pensamos que los prejuicios hipotéticos políticos que esa conducta llevaría

implícitos se han quebrado y se quiebran al contacto con otros Estados que se gobiernan por sistemas

afines. Se diría que España es lo que preferentemente importa a Méjico, y que, haciendo con el sistema

español una excepción, los gobernantes mejicanos traducen a la vía diplomática una pasión política filial

y fraterna. Pero yo no lo creo, aunque hubiera estado inclinado a creerlo hace veinte años. Ni he

encontrado en Méjico quien lo crea o quien me dé explicación suficiente.

Un hecho es verdadero, y no debemos pasarlo por alto. Los gobernantes y los intelectuales mejicanos se

filaren españolizando al roce con la emigración de los políticos e intelectuales españoles (éstos, tan

eminentes como el inolvidable José Gaos) que llovieron después de 1939—lluvia de oro—sobre las Uni-

versidades, los Ateneos, las revistas minoritarias (que hacen en toaos los países de pájaros guiones de las

artes y las ciencias), los periódicos y las casas editoras de Méjico. La España valleinclanesca de los

"gachupines" fue rápidamente traslumbrándose. Se empañaron y enmohecieron las efigies clásicas del

emigrante sórdido y del ensoinendero a caballo y con rebenque. La remoción de la antinomia que opania

lo indio a lo español, ¿no ha sido acaso uno de los efectos fecundantes del roce de las clases rectoras de

Méjico con la culta bandada migratoria que cayó en 1939 sobre el país? Muchos, incontables intelectuales

de aquéllos se hicieron con el tiempo mejicanos. Y también los facultativos y los financieros, y los

empresarios y hombres de negocios. Pero ninguno abjuró de su patria ni reprimió la "saudade". Hoy, sean

ciudadanos de Méjico o sigan siéndolo de una España que todavía recusan, vienen a su país de nacimiento

y se van, en trasiego permanente. Llevan sobre los hombros dos cargas: la añoranza y la vejez. El

pretérito encarnizamiento político se ha resecado, se ha temperado y arrecido, como todos los grandes

amores y odios que no son mitológicos se mitigan y arricen en el crisol de nieve de los años.

¿Pensaremos que es avara de si misma y mitológica la pasión política de los mejicanos y que está

permanentemente revertida a los hechos españoles de 1939? No lo pensemos, porque eso no es lo

intrínseco del hombre mejicano. Si el "no reconocimiento" diplomático de España se originaba moral e

intelectualmente en una solidaridad de pasión con uno de los dos entes en discordia, la misma solidaridad

se expresaría hoy con el nuevo espíritu de serenidad contemplativa y mórbida—mórbida como las nubes

azules—que se nota entre muchos de los españoles exiliados en Méjico, asentados en la prosperidad, al

abrigo de la vicisitud; españoles que llevaron a aquel país su saber, o su ingenio, o su diligencia

incansable, y a quienes aquel país «levó a una posición social, intelectual y económica descollante;

turistas ilusionados de España, que se traen y se llevan en el alma esa fluida, esa cristalina, esa recoleta,

esa siempre nueva y siempre viva añoranza de la dulce Argos virgiliana, patria de la infancia y la

mocedad.

Y creo que el "no reconocimiento" se ha quedado anacrónicamente, pero muy reciamente, adherido al

programa del "PRF" poderoso de Méjico, como un cartel de feria de primavera que perdura desteñido en

el invierno. Pienso también que unos intereses creados, o un puntillo de amor propio, o la altanería de

verse señeros y empecinados, o un miramiento hacia los personajes del "PRI" que crearon el precedente

(en ese delicado país de Méjico, que es todo miramiento hacia las personas, salvo cuando, de sopetón,

prorrumpe la violencia irrazonable, como el chorro de un surtidor subitáneo de asma hirviente), o el

"sostenella y no enmendalla", de Guillen de Castro, o cualesquiera otras circunstancias remotas y

recónditas acumuladas en tiempos pasados; pienso que todas esas y otras sustancias, formando mezcla,

han cegado para muchos años los conductos normales del reconocimiento diplomático de España. No es

fácil desatar un legajo atado con balduque de prejuicios, y olvidado y polvoriento en los archivos

nacionales. Pero, sí sabemos, como yo sé, que el amor a España es en Méjico tanto más fuerte cuanto más

prohibido, y por prohibido, no es de inferir que más creador es un amor fuerte, aunque oculto, que no un

amor declarado y expansivo? El Vaticano tampoco tiene representación diplomática en Méjico. El otro

amor prohibido. ¿Qué pueblo de América más católico que el mejicano? ¿Qué Virgen de América más

venerada, y halagada y mimada, que la Virgen de Guadalupe de los mejicanos?

"Divagación" es andar sin rumbo de aquí para allí, dispersa el ánima en mil objetos, decían los latinos. Y

"digresión" era salirse uno de su rumbo, o separarse de un amigo. He escrito una "divagación" y una

"digresión" al mismo tiempo. Pero, ¿qué otras armas informativas o dialécticas me quedaban, si quería

poner al lector en conocimiento del hecho inexplicable—también "divagador", también "disgressio"—de

una paradoja diplomática que anda sin rumbo y se sale de su rumbo?—Luis CALVO.

 

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