Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La transición de España y la jungla internacional     
 
 El País.    22/04/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

TRIBUNA LIBRE

La transición de España y la jungla internacional

MANUEL FRAGA IRIBARNE Secretario general de Alianza Popular

La jungla estaba lejos. Si hay algo diferente de la jungla salvaje, de la selva misteriosa,

de la fraga llena de rumores, es la campiña británica y los parques de las viejas casas

señoriales. Pocos ambientes más adecuados para una discusión civilizada, como la que

acabamos de tener un grupo de estrategas, diplomáticos y políticos, sobre la eventual

entrada de España en la OTAN, en Ditchley Park, una vieja casa británica cerca de Oxford.

Pero más allá de los viejos y elegantes salones y del cuidado parque se sentían verdaderamente

los bramidos de las fieras. Porque la tercera guerra mundial tendrá lugar o no, pero ha

comenzado ya (lo cual no es ninguna contradicción). Las posiciones de combate están siendo

ocupadas; las bases cambian de mano; Moro sigue secuestrado; la bomba de neutrones (única

que puede parar los millares de tanques rusos, que son el nuevo «rodillo apisonador») continúa

aplazada, y la defensa se convierte, para todos, en la cuestión primordial.

James Burnham señaló ya el comienzo de la tercera guerra mundial, en abril de 1944, con motivo

de un motín de la Marina griega, promovido por los comunistas en el puerto de Alejandría. Otros

lo han situado en la guerra civil griega de 1946, que dio lugar a la intervención inglesa y

luego al Punto IV de Truman, para la defensa de Grecia y de Turquía; otros, en el golpe de

Praga de 1948, que dio comienzo a la llamada «guerra fría».

Pero lo cierto es que, guerra fría o guerra caliente, no ha habido paz, ni estabilidad

internacional en los últimos treinta años. Jamás, entre dos generaciones, ha cambiado tanto

el mapa político mundial como en los últimos treinta años. Toda la Europa oriental ha caído

bajo el telón de acero, y su infame símbolo en el muro de Berlín. China se ha convertido en

otra gran potencia revolucionaria; la guerra de Vietnam ha variado el equilibrio del sureste,

asiático; no hay quien reconozca la situación del Oriente Medio; África está siendo

sucesivamente apartada de sus contactos europeos y americanos y controladas las rutas que la

bordean por ambos lados, por donde pasa la mayor parte del petróleo; y en el mismo Caribe, en

el Mediterráneo americano, se han producido crisis gravísimas, como la de los cohetes rusos.

No ha habido, por tanto, «coexistencia pacífica»; lo único que se ha producido es una serie

de guerras limitadas, pero de un alcance decisivo para la historia del mundo. El hecho no es

nuevo; mientras las potencias europeas discutían con guerras interminables la posesión de una

plaza en Flandes o en el Rhin, un puñado de conquistadores españoles cambiaban el destino de

América, o unos marinos ingleses el de la India.

Estas tensiones han producido numerosas crisis en que estuvo en peligro la guerra total, como

el bloqueo de Berlín o la citada de los missiles instalados por Krutschof en Cuba. En todos

los casos el Kremlin cedió siempre que vio energía en la resistencia; pero siempre supo que

contaba con una ventaja, la mayor continuidad de su estrategia global.

Que existe un plan para la hegemonía mundial soviética no es ninguna suposición. Como en el

caso de Hitler, bastaba haber leído Mi lucha para saber cuáles eran sus intenciones; todo

estaba anunciado previamente. Cualquiera que haya leído el libro de Lenin sobre el Imperialismo

(1917) y el programa de la Internacional Comunista (redactado en 1924 y definitivamente aprobado

por el Komintern en 1928) sabe perfectamente a qué atenerse. Más recientemente, dos artículos

de Boris Ponomaref, publicados en la revista Kommunist, en 1971, y en la Revista Marxista

Mundial, en 1974, ponen al día una estrategia que no tiene nada de inventada ni secreta.

Ponomaref nos dice que el «proceso revolucionario mun-dial» continuará hasta completarse. Sus

elementos son, en primer lugar, la crisis inevitable del capitalismo, que hay que destruir por

todos los medios, haciendo imposible el funcionamiento de las empresas. En segundo lugar, la

infiltración de los partidos socialdemócratas y de los sindicatos obreros. En tercer lugar, la

crisis de la energía, que hay que explicar a fondo; de ahí la ofensiva contra las centrales

nucleares, en particular. En cuarto lugar, los conflictos en el Tercer Mundo; Moscú acaba de

enseñarnos cómo se cambia de mano, pasando a ayudar a Etiopía en vez de Somalia, según el

momento. En quinto lugar, los movimientos de liberación nacional, y en general las guerrillas,

el terrorismo, etcétera.

Repito que todo está escrito y no hay que inventar nada. Y por lo mismo, la carga de la prueba

corresponde a los que, diciendo todo esto, luego juegan a confundir la opinión, con alegaciones

pacifistas o de defensa de los derechos humanos.

En este momento, en el cual Moro se debate en una «prisión del pueblo» y no sabemos por dónde

anda el famoso «Carlos»; en que jefes de Gobierno y altos diplomáticos son secuestrados e

interrogados sin piedad, se nos habla por unos de desarmar al Estado o de suprimir la pena de

muerte; por otros, de pacifismo, de distensión y de neutralidad.

La operación «distensión» consiste en estabilizar en Europa lo mucho conseguido ya, consolidando

las conquistas y los satélites, sin perjuicio de mantener la presión sobre el resto, con una

clara superioridad militar. Las conferencias de Helsinki y de Belgrado desarrollan una idea que

los soviéticos acariciaban ya desde 1966. Entretanto, manos libres en Asia y en África. Es como

los tratados de paz de Inglaterra con España, en los siglos XVI y XVII, que ponían fin a las

hostilidades en Europa, pero permitían seguir funcionando a los corsarios y filibusteros en

América.

Esta es la situación y no otra. Con las siguientes agravantes. Cualquiera que conozca la evolución

del equilibrio militar sabe que la superioridad militar americana se ha convertido en paridad,

incluso en el terreno naval, y que esa paridad de fuerzas ya no está compensada tampoco con una

franca superioridad tecnológica. Por lo mismo, es necesaria una participación, con todas las

consecuencias, en el sistema de defensa de nuestro mundo.

La neutralidad no se escoge libremente, a no ser que se disponga de una libertad basada, como en

la Inglaterra victoriana, en una superioridad total, en la industria y en el poder naval. Se puede

ser neutral por una larga tradición histórica, como Suiza; por un tratado garantizado por todos,

como Austria; por una posición marginal, como la de Suecia. No se puede serlo en una posición

geográfica clave, como la de España.

Nuestra patria se encuentra en medio de una difícil transición política. Los que piensan que hay

que echar balones fuera y aplazar los problemas se equivocan. Son años de decisión. Tenemos que

ocupar nuestro sitio exacto en el mundo actual. Si dejamos, por indecisión o por incapacidad,

pasar el tren de la historia, no tendrán solución nuestros problemas económicos, sociales y

políticos.

La vía internacional es más que nunca una jungla. No hay sitio en ella para los incautos. Durante

años hemos dejado pasar unas y otras coyunturas; ya no se puede vacilar. Hablando con franqueza,

España no se puede permitir otro 1898. 

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