Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Hombres del pueblo     
 
 ABC.    04/02/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

«HOMBRES DEL PUEBLO"

ESO eran, por excelencia. Hombres del pueblo, del mejor y más auténtico pueblo, irán de

pueblo, de esos pueblos sólidos y estoicos, de Badajoz, de Ciudad Real, de Salamanca, de las

sierras andaluzas, de cualquier pueblo tradicional de nuestra España. Tenían familias

ejemplares, que querían y los querían, sin complejos ni problemas. Fueron a escuelas

modestas, donde aprendieron las primeras letras. Tras el servicio militar, con grandes

esfuerzos, Ingresaron en academias donde les enseñaron la disciplina, el honor del cuerpo, la

tradición de las armas. Se aprendieron completos reglamentos, y accedieron al alto y exigente

honor de defensores del orden. Se pusieron el uniforme que habla de ser para ellos, antes que

mortaja, una limitación permanente, un recordatorio de que eran hombres marcados al servicio

de los demás.

Hicieron largas guardias, servicios monótonos, asumieron riesgos permanentes, mucho

mayores que el promedio de los ciudadanos. Estos les velan de lelos, pero sabían que tenerlos

cerca era una garantía contra el desorden y una esperanza en tiempos difíciles. De cuando en

cuando venían horas interminables de vigilia, de servido duro, de ansiedad permanente, en

situaciones extraordinarias, en las que se producían bajas.

Sabían que pertenecían a un pueblo básicamente satisfecho con su suerte, porque en las

últimas décadas habla recuperado una paz, un orden y una ley que (imperfectos como toda

obra humana) habían permitido un gran esfuerzo de mejoras económica y social. Velan balar ía

delincuencia, y que salvo algunas minorías de activistas, el cuerpo social les miraba con

simpatía, y les aplaudía en los desfiles.

Un día empezaron a cambiar las cosas, Viendo en ellos tos eficaces guardianes del orden, los

que deseaban subvertirlo empezaron a atacarles. Se fue creando un clima en contra de la

«represión» y tos «cuerpos represivos», como si en toda sociedad no hubiera,

desgraciadamente, cosas malas que reprimir. Grupos terroristas, perfectamente organiza´ dos y

subvencionados, se dedicaron a cazarlos como si fueran alimañas. Alguno, antes de morir,

pudo leer algún comunicado en que Ilustres letrados y hasta algún aristócrata variable

censuraba sus «excesos represivos», poniendo su firma al lado de los comunistas.

Tras meses de defender eficaz y correctamente el orden en una calle que se quería desbordar,

se encontraron con el asesinato a sangre fría, planeado con minuciosidad y crueldad.

No tuvieron grandes homenajes de masas, y se procuró que, en su caso, prevalecieran la

serenidad ciudadana. Volvieron a sus pueblos de la mano de sus compañeros dispuestos a

seguir en el estoico cumplimiento de su deber.

Una gran campaña, bien orquestada, ha querido dejar claro que no les mataron los que les

mataron. Al parecer, no fueron sus enemigos, sino sus amigos, los que les mataron a

mansalva; por lo visto, no fueron los partidarios del desorden, sino los que desean mantener el

orden, los responsables. En una confusión mental sin precedentes, esos hombres del pueblo

han muerto en una extraña maniobra de un poker jugado por locos.

Locura puede haber, pero no tanta. Lo menos que podemos hacer, en las actuales graves

circunstancias por las que atraviesa el país, es practicar un mínimo de rigor mental. Hay

fuerzas que llevan cuarenta años predicando la revancha, la revolución y la ruptura;

provocando lo que llaman «acciones de masas» para impedir la estabilidad y las reformas;

promoviendo huelgas salvajes, para destruir la economía nacional; alentando a todos los

movimientos subversivos; atacando y destruyendo, por todos los medios, la moral y la religión

tradicional; atacando a las Fuerzas Armadas y las de Orden Público.

Hay servicios secretos, en el este de Europa y en el norte de África, bien coordinados, con

poderosos medios de acción, empeñados en la desestabllización de la zona mediterránea, en

impedir la ampliación de la N. A. T. O. y la debilitación de su flanco sur. Sus emisoras de radio

sistemáticamente atacan al Estado español, y recientemente concentran sus ofensivas sobre

las españolisimas Islas Canarias. En una emisión reciente, desde la misma radio cuyas

emisiones hacia Canarias (seguidas de actos terroristas) plantean ya claramente la oportunidad

de mantener unas relaciones diplomáticas que ya carecen de todo sentido, el G. R. A, P. P. O.

ha reivindicado los últimos atentados contra las Fuerzas de Orden Público, como parte de una

guerra revolucionaria.

Pues bien, hay que poner pies en pared, y defenderse con todas las consecuencias. No hay

reforma posible en medio del desorden y el desbordamiento. Los que de buena fe la deseamos,

y llevamos más años y más esfuerzo que nadie, en su promoción y planteamiento, sabemos

muy bien que no podrá lograrse más que desde la fortaleza del Estado, Desarmar a éste

unilateralmente, ceder a las presiones y pretensiones de una sedicente «oposición

democrática», que no ofrece nada a cambio, salvo declaraciones pesarosas cuando el

resultado es el que a la vista está, es algo que no puede continuar.

La lucha antiterrorista exige unidades especializadas y bien dotadas; no es algo que puedan

resolver los servicios generales de la Policía normal. Exige órdenes claras, terminantes y

mantenidas. Exige unos servicios de información que sufren siempre en las reorganizaciones

que deben aplazarse (bien estudiadas) para tiempos de mayor tranquilidad, nunca en medio de

la lucha.

Las sociedades humanas tienen un instinto muv fino para conocer las prioridades en ía acción

del Estado. Todo es importante, pero cuando se derrumba la seguridad pública, y la moral

privada, todo va mal. El orden social, siempre perfectible, culmina en los grandes monumentos,

en los Códigos perfeccionados, en el elevado espíritu cultural de los Siglos de Oro. Pero todo

ello se realiza sobre la base de que, previamente, en épocas anteriores, de gran solidez, se

estableció una vida ordenada y segura. Sin los Reyes Católicos, la ejemplarizad de la Reina

Isabel y la implacable eticada de la Santa Hermandad, no habría llegado nunca el tiempo de

Cervantes, de Góngora y de Calderón.

Hoy se discuten en España muchas cosas, y muchas son, por supuesto, opinables, y es bueno

que se discutan. Una cosa debería ser indiscutible: sin orden firme y ley cumplida, todo lo

demás será humo de pajas; quedará en palabras y discursos.

No defiendo un orden a cualquier precio, como el de Rusia. No propugno un Estado de Policía,

en el cua¡ todo se sacrifique a un orden, sin controles. Debe haber una responsabilidad política

por el mantenimiento del orden y sus excesos posibles. Pero el orden es muy importante, y no I

de mantener en una sociedad como la nuestra. Somos tradicionalmente una sociedad

individualista, poco integrada y bronca. Que nadie se llame a engaño al respecto: es más fácil

entre nosotros abrir puertas a la anarquía que volver a cerrarlas.

SI hemos de salir con bien de la crisis actual es menester un consenso general de defensa del

orden público y del sistema económico. Si no se logra rápidamente, con todas las

consecuencias, viviremos horas difíciles. Las dos tareas son urgentes y no admiten espera.

Hoy sólo me quiero ocupar del primer tema, pero están ligados entre sf. Las fuerzas políticas

que no se declaren con firmeza en ambos terrenos y mariposeen con cuestiones procesales y

previas, no sirven al país.

Guardias civiles, de severos tricornios, que guardáis las fronteras, perseguís a los terroristas,

mantenéis un orden ejemplar en nuestras carreteras y mantenéis las mejores tradiciones de la

Santa Hermandad en nuestros campos, antaño inseguros. Policías armados, testigos del

desarrollo imponente de nuestras ciudades, de nuestras áreas metropolitanas y barriadas

industriales, muestra visible del gigantesco desarrollo económico de los últimos años, y de los

problemas que comporta todo cambio social, en el cual habéis mantenido una paz con los

esfuerzos justos. Miembros de los servícios de investigación, cuyas voces resuenan

permanentemente en unas radios que telen los hilos de la prevención del mal irreparable.

Hombres del pueblo por excelencia, que asumís la más difícil y penosa de las funciones del

Estado: la de asegurar la seguridad de los demás. Sabed que el pueblo del que venís, y al que

sabéis servir de modo ejemplar, está con vosotros y con vuestras penas, y no se deja engañar

por actitudes irresponsables y comentarios frivolos; sabe que sin vosotros y vuestro sacrificio

no sería un pueblo, sino una manada asediada por los lobos. Que Dios os ayude a defender

eiemplarmente a la Patria en este momento de confusión.

Manuel FRAGA IRIBARME

 

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