Autor: Martínez Esteruelas, Cruz. 
   Bipartidismo en España     
 
 El País.    12/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

TRIBUNA LIBRE

Bipartidismo en España

CRUZ MARTINEZ ESTERUELÁS Alianza Popular

Desde hace meses, el bipartidismo es objeto de las más graves críticas. Es rechazado como

sistema político y no siempre por quienes ostentan posiciones en pequeños partidos —en teoría,

enemigos principales de la solución— sino, también, por personas responsables de grandes

formaciones políticas.

Resulta hasta cierto punto extraño que, en la búsqueda de un régimen político para España

equiparable al de las naciones occidentales, se rehuyan aquellos modelos que, de una parte,

asumen el sistema bipartito y, a la vez, proporcionan a los países respectivos el mayor grado

de estabilidad política conocido. No parece desdeñable el propósito de adoptar sistemas como

el alemán o el británico, de bipartidismo virtual, es decir, lo que algunos autores han

calificado de sistema de «dos partidos y medio», basado en dos grandes formaciones políticas

y otra menor, que hace de bisagra entre ellos.

Va de suyo que el problema sólo puede plantearse sobre la premisa de la libertad de decisión

de los ciudadanos y de los partidos. Lo que se proclama aquí es la conveniencia de conseguirlo

y la necesidad de no malograrlo con escollos o rémoras: de reconocerlo como una meta del

acontecer político español.

Para ello son precisas ciertas puntualizaciones. La primera se refiere al método. En una

primera fase no ha de pensarse —dadas las dificultades de la cuestión— que los partidos,

súbitamente, se fundan. Aunque para muchas personas de la derecha española, entre las que nos

contamos, enormes son el deseo y la prisa de que la unidad de aquélla se consume; ese es nuestro

objetivo y la razón de ser de nuestra pequeña, grande o mediana actividad política. Pero aun en

el caso de que ello no fuera prontamente posible, es de acelerar el proceso de unidad bastante,

a través de la coordinación suficiente y de las listas electorales únicas. Y esto,

respectivamente, para derechas y para izquierdas.

En todo caso, si no cupiera hablar de partidos unificados sí habría lugar, por lo menos, a

bloques bien definidos.

Se replica a esto que equivale a la división de las dos Españas y la bipolarización en torno

a los extremos. Estas afirmaciones han de ser analizadas.

En primer lugar, las dos Españas, en la medida que sobreviven dialécticamente, son realidades

con vida propia, existen. No va a resolverse su oposición con el pluripartidismo agudo. Este

podrá taparla de alguna manera, pero siempre con sensible cortedad de manta. Aparecerá en la

calle, en las alas que inevitablemente tienen los partidos en todas partes. Y, a la postre,

cabrá preguntarse: ¿En qué medida encarnan los partidos la opinión pública si no traslucen su

realidad, su verdadera composición?

El problema es otro: el de si existe, pese a discrepancias y antagonismos, un consenso

suficiente. De no darse, ni el bipartidismo, ni el pluripartidismo que lo rebasa, resolverán

la cuestión de la convivencia. Estamos en peligro; España se aproxima a la quiebra. De darse,

¿por qué temer entonces la polarización? Esta es la verdadera cuestión que no se quiere ver

o entrever, aplicando los hábitos del avestruz a la situación presente. Si la unidad de la

nación española, la forma de Estado, la defensa de los derechos humanos, la reducción de la

desigualdad, la empresa privada —bien que para unos sea un factor positivo y permanente, y

para otros una cuestión a dilucidar históricamente—, la moral y la seguridad públicas y la

aceptación de las reglas del juego —sin romper la baraja—, no son, por citar ejemplos, puntos

de común consenso, difícil será la convivencia. Sin la reducción de dogmatismos y de

incertidumbres malo será nuestro porvenir nacional.

Ahí está el problema. En qué medida es posible aproximar los planteamientos de derecha e

izquierda, a través de ese consenso. De manera que la sucesión de gobiernos de distinto signo

y el ejercicio de la leal oposición no supongan, respectivamente, la generación de situaciones

irreversibles o la obstrucción sistemática. En otras palabras: derecha moderna quiere decir

derecha moderada e izquierda moderna, por lo mismo, una aproximación virtual, real, a la

socialdemocracia, cualesquiera que sean las posturas doctrinales o fundamentos ideológicos

últimos. Los esfuerzos en este sentido existen por uno y otro lado, en casos y personas

concretas y evidencian un principio de posibilidad. Pero, en otros supuestos, hay declaraciones

públicas en ambos campos que engendran preocupación. Admitido que en la derecha, incluso

moderada, se han producido actitudes en este sentido. Debe admitirse también que este fenómeno

se está produciendo en la izquierda, en términos que podrían hacer pensar en el adiós a la

socialdemocracia virtual que España necesita. Esto es de una extrema gravedad.

En última instancia ha de haber acuerdo en una cosa, necesaria de todo punto: el consenso para

la paz de España; el no a la violencia de cualquier tipo. Acuerdo insuficiente, pero imprescindible;

el arreglo verdaderamente pacífico de las cuestiones, la eliminación de otros medios de lucha

política, el rechazo efectivo de quienes los utilicen. Es, por otra parte, impensable que varios

de los puntos anteriormente reseñados no obtengan consenso. La reacción unánime en el tema de

Canarias es un ejemplo esperanzador.

Así las cosas, el bipartidismo —de partidos propiamente dichos o de bloques— sería una expresión

de la realidad, basada en un mínimo consenso, cuanto más amplio mejor. Si España se pone a hacer,

a trabajar, los puntos de coincidencia serán más numerosos. No hay cosa que tanto una como laborar

en comunes objetivos concretos.

Sin olvidar que la dualidad —o casi dualidad— de alternativas facilita constructivamente las

opciones del electorado. Rechazar ese bipartidismo es rechazar la realidad y renunciar a los

modelos más eficaces de la vida política.

Algunos creen en la idea del «partido-colchón» situado con entidad importante —en número de votos

y en posición política— entre los dos campos reales. Creemos que esta actitud es equivocada.

Fijémonos bien: no es este el mismo caso que el del «partido-bisagra», al modo del liberal del

Reino Unido o de la República Federal de Alemania que, reducidos y en envidiable posición estratégica,

deciden frecuentemente la balanza en favor de una de las dos grandes fuerzas y, a su vez, atemperan

aquella con la que se alian. No. El «partido-colchón» que gobierna de manera protagonista lo hace

con desgastes continuos por la derecha y por la izquierda. Esto, ya en principio, le separa del

otro modelo, que al no concurrir mayoritariamente a la gobernación del Estado, en vez de sufrir el

desgaste, se enriquece imparablemente de posibilidades. La posición de «colchón», al asumir la tarea

de gobierno entre dos luces, hace vacilantes e indefinidos programas y actitudes, y ello por dos

razones esenciales: se ve obligada a improvisar banderas, a tomarlas de uno y de otro lado, al ritmo

de los acontecimientos, y, además, al estar formada por sectores dispares —grandes o pequeños— que,

en verdad, por naturaleza, son de derechas o de izquierdas, sufre la presión contradictoria e

interior de sus diversos componentes, enloqueciendo en la difícil misión de contentar a tan

distintos militantes y electores.

Todo esto produce pérdida de identidad, de fuerzas y de coherencia. Es una grave situación de la

que se siguen confusión y daño para la vida comunitaria.

La política pide realismo y eficacia. La recepción del bipartidismo virtual —dos grandes

formaciones y una tercera, menor, que haga de «bisagra»— podría ser un paso en este sentido.

Cada uno, en su campo y responsabilidad, tiene la palabra. 

< Volver