Autor: Barra, Alfonso. 
 Londres. 
 Muchas formalidades burocráticas de los consulados españoles para nuestros compatriotas residentes en el extranjero  :   
 Es impopular la obligación de renovar actualmente las cédulas de nacionalidad, previo pago. 
 ABC.    09/01/1964.  Página: 41-42. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

MUCHAS FORMALIDADES BUROCRATI-CAS DE LOS CONSULADOS ESPAÑOLES PARA

NUESTROS COMPATRIOTAS RESIDENTES EN EL EXTRANJERO

Es impopular la obligación de renovar anualmente las cédulas de nacionalidad, previo pago

Londres 8 (Crónica telefónica de nuestro corresponsal). Los miles de españoles que trabajan en tierras del

Mercado Común, de la Zona de Libre Cambio o de los países en expectativa de acontecimientos, están

todos sujetos a las mismas previsiones y desvelos de la burocracia nacional. Nuestra Administración, que

es de las más liberales al vigilar las entradas y salida» del territorio nacional, como lo prueban los

millones de turistas que pasan y repasan las fronteras, vigila, sin embargo, con especial devoción el

cumplimiento de tina serie de formalidades de utilidad dudosa, pero que cuestan buenos puñados de

marcos, florines, libras o francos. Sobre todo cuestan mucha paciencia a los españoles que andan por el

extranjero.

Un ejemplo del amor a las viejas glorias burocráticas, carcomidas por el paso del tiempo, es la cédula de

nacionalidad. Según las aclaraciones que aparecen en el documento, la inscripción en el registro de

nacionalidad es obligatoria y gratuita para todo español residente en el extranjero. Hasta aquí todo parece

justo e inexcusable. A continuación, sin embargo, se añade otra coletilla que obliga a aligerar la cartera de

las apetitosas divisas que tanto cuesta ganar: "Es igualmente obligatoria la obtención anual de la cédula de

nacionalidad, y sin su presentación ningún, español tendrá derecho a ser atendido en sus reclamaciones

ante las Legaciones o Consulados, ni se le prestará ninguna dase de servicios." La travesura burocrática es

que la flamante cédula anual no es extendida gratuitamente.

Cada doce meses, nuestros compatriotas en el extranjero tienen que pasar por el aro de un arancel que les

obliga a pagar al cambio de pesetas oro por im beneficio que de entrada se otorga gratuitamente. La

inscripción es un servicio gracioso, pero ésta carece de utilidad práctica si llegado el momento de recurrir

a la protección de tas autoridades consulares no se entra en negociación antes con la caja de las citadas

oficinas.

Además de este desagradable aspecto fiscal, el régimen de las cédulas de nacionalidad establece otra

servidumbre tan impopular entre nuestros compatriotas como la anterior: la obligación de renovarías

anualmente, previo pago. Gracias a esta fórmula, quintaesencia de las futilidades burocráticas, las oficinas

de los Consulados se ven concurridas por largas colas de españoles malhumorados, que tuvieron que

pedir permiso para ausentarse del trabajo. Ese permiso ha de ser de día doble: un día para entregar la

cédula, a fin de que sea renovada, y otro para recogería personalmente, enriquecida con un muestrario de

pólizas y alguna firma ilegible. Muchos españoles se evitan el mal humor de la forma más eficaz:

haciendo caso omiso de toda clase de formalidades.

¿Qué le pasa al español que no quiere o no puede alternar con los compatriotas en las colas de los

Consulados? La cédula de nacionalidad lo prevé todo sabiamente y consigna la respuesta, que bien

merecería pasar al catálogo de los despropósitos administrativos : los que no renueven sus cédulas dentro

del plazo legal—los tres primeros meses del año—, pero sí entre el primero de abril y el 31 de diciembre,

pagarán un recargo, según la clase de cédula que les corresponda". Hechas las oportunas investigaciones

históricas, parece ser que la cédula que marca la pauta para fijar la sanción pecuniaria no es otra que

aquella famosa cédula personal, barrida hace muchos años del mundo de los vivos por un golpe de viento

fiscal simpático y renovador.

¿Qué carácter tiene ese pintoresco certificado de nacionalidad todavía en vigor, que parece ir del brazo de

la fenecida cédula personal? Si su fin consiste en acreditar la identidad del titular, parece lógico que los

españoles fuera de la patria te beneficien del mismo régimen que existe en España para despachar ej

documento de identidad. Nadie resultaría perjudicado si la vigencia de la cédula se extiende varios años;

los españoles que residen en el extranjero no siempre tienen a la vuelta de la esquina un Consulado ni

disponen de dinero sobrante ni de tiempo para ser ofrendado ante el altar de unos trámites baldíos. La

consecuencia es que no pocos compatriotas están fuera de la ley a pesar suyo, porque la ley está fuera de

la razón.

Lo que la mayoría de los españoles desea es cumplir el requisito de la inscripción gratuita en el Registro

de Nacionalidad y que los encargados de los libros se guarden para sí todos los certificados que estimen

oportunos hasta que el titular pida alguno. ¿Es acaso obligatorio en España obtener cada doce meses un

certificado del Registro Civil ?

El pasaporte es otra de las instituciones que bien merecería una reforma para ahorrar dinero y tiempo a los

españoles de dentro y de fuera. Estos documentos son frágiles por su presencia material y por su vigencia.

La validez es de dos anos, y puede ser prorrogado por otros dos. ¿Qué frutos se consiguen con ese

perpetuo papeleo para disponer de un pasaporte, en regla, que no suele estar en regla cuando se necesita?

Los ingleses tienen a mucha honra conservar durante años y más años el mismo pasaporte. El documento

es un libro sólido, con tapas rígidas, papel de primera calidad y encuadernado para durar media vida. Lo

bueno es que dure media vida sin perjuicio para nadie. Cuando un subdito de Su Graciosa Majestad

comete una fechoría su pasaporte puede ser retenido; si no lo entrega y consta que lo obtuvo es objeto de

sanción porque el titular se obliga a comunicar inmediatamente la pérdida del documento. El inglés se

evita así molestias, dinero y la ingrata tarea de cambiar con Irecuencia la foto juvenil del pasaporte viejo

por la foto menos juvenil del siguiente. También se gana el cielo porque no tiene que mentir cada cuatro

años a la hora de rellenar los formularios para quitarse cuatro años más.

Con un pasaporte de reconocida longevidad se peca menos en las colas perpetuas que se forman ante las

oficinas competentes. Hay menos pecado al rellenar los impresos, y los españoles en el extranjero se

ahorrarían la inversión de divisas en el campo estéril e impopular de una burocracia barroca. Es una

lástima que las abnegadas autoridades consulares tengan que saludar a nuestros compatriotas parapetadas

siempre tras una temible batería de pólizas. Esa estampa tal vez tenía justificación en otros tiempos,

cuando sólo pasaban las fronteras españoles de cartera que iban de viaje con el sano propósito de vaciarla

alegremente.—Alfonso BARRA.

 

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