Firmeza en la política exterior española     
 
 ABC.    06/07/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

FIRMEZA EN LA POLÍTICA EXTERIOR ESPAÑOLA

Helsinki, sede de la primera fase de la Conferencia Europea de Seguridad, es ocasión para que se

decanten definiciones básicas de la política exterior española. Igual en su discurso ante la asamblea, que

en las entrevistas mantenidas con sus homólogos europeos, don Laureano López Rodó ha dejado entrever

que por el palacio de Santa Cruz corren aires de firmezas.

Nos lleva ello a creer que nuestra diplomacia da por concluida una importante fase de espera, de

libramiento de créditos y otorgamiento de fianzas a los más de sus principales-interlocutores; sabido del

todo ya hasta dónde llega la efectiva buena disposición de aquellas partes con las que se comparten

problemas y de las que se esperan soluciones justas y equitativas para nuestros intereses nacionales. No

cabe en ningún orden de cosas estar, permanecer en una espera sin plazo.

De las entrevistas mantenidas en Helsinki por el ministro español de Asuntos Exteríores nos llaman la

atención, de modo especial, aquellas en las que los interlocutores han sido el secretario de Estado del

Vaticano, monseñor Casaro-li; el ministro de Asuntos Exteriores de la República Federal d« Alemania,

Walter Scheel, y el secretario del Fo-reígn Office, sir Alec Douglas-Home.

En «1 paisaje de fondo de tales contactos apuntan las crestas de los que cabe considerar tres principales

asuntos de nuestra política exterior: Concordato, Mercado Común y Gibraltar. Asuntos, temas, en los que

de variable modo se ha usado generosamente del paciente proceder de nuestra diplomacia.

¿Hasta dónde puede prolongarse la anómala situación que para la Iglesia y el Estado se deriva de la crisis

concordataria? ¿Cómo espera la Comunidad Económica Europea que España, en las estrictas relaciones

comerciales que con «lia mantiene, acepte discriminaciones que no pueden menos que ser entendidas

como irrespetuosa tomadura de pelo ? ¿ Hasta dónde, por su> parte, espera el Reino Unido de la Gran

Bretaña que España se avenga, en implícita colaboración con ella, a que prospere la imagen británica

como te de un país campeón, paladín, de la unidad europea, si mantiene y disfruta aún el último reducto

colonial en el Viejo Continente?

Ni el cuidado que el Estado presta a la preservación de un entendimiento secular con la Iglesia, ni la

paciencia con que se soporta el pasivo del supuesto ideal europeo como unidad para las naciones todas del

viejo solar, ni el transigir con las violaciones que de nuestra soberanía territorial hacen los aviones de la

O. T. A. N., nada de ello puede prolongarse indefinidamente.

La buena voluntad española necesita de actitudes nuevas que la rescaten —porque la hora ha llegado,

porque los plazos se han cumplido—, ante sus interlocutores todos, de la idea de que constituye un

interlocutor propicio para la esgrima de cualquier suerte de sinrazones.

Urgen los hechos y sobran las buenas palabras, si es que éstas y aquéllos continúan desacordados. Y esta

consideración nos la hacemos pensando de forma muy especial en el problema concordatario; que no

tendrá la solución adecuada y justa mientras ambas partes, Estado e Iglesia, no alcancen el justo equilibrio

en sus contrapresraciones, activas.y pasivas, en el hacer y el renunciar. Lo que por privilegió se entiende

debe ser entendido para las dos partes, pues de la misma naturaleza de excepción participan el derecho del

Estado a intervenir en el nombramiento de los obispos —lo que supone tanto como un itsmo de Ja política

penetrando en el mar de la religión—, como el fuero eclesiástico, que implica una discontinuidad, un

paréntesis, una quiebra del orden jurídico, que el Estado, en nombre de la sociedad civil y conforme al

propio derecho natural, está obligado a realizar y sostener.

Evidentemente, son posibles alternativas, soluciones distintas que la concordataria para pautar la relación

entre la Iglesia y el Estado. Cabe la salida unilateral, el desistimiento de acordar si el pacto, el contrato,

resulta imposible. Lo que no cabe es esperar que el plazo indeterminado de solución siga corriendo a

expensas sólo del Estado y del orden jurídico y político —del bien común— que procura. Igual ante la

Iglesia que frente a cualquier clase de interlocutor. Concordato, Mercado Común y Gibraltar conforman

las crestas por las que comienzan a correr los aires de firmeza de la política exterior española.

 

< Volver