Helsinki, frontera de nuestra política exterior     
 
 ABC.    03/08/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

HELSINKI, FRONTERA DE NUESTRA POLÍTICA EXTERIOR

La sesión «cumbre» de la Conferencia de Seguridad y Cooperación —a la que ayer dedicábamos también

uno de nuestros comentarios editoriales— ha tenido al cabo, para los españoles, un significado doble y

positivo: internacional y nacionalmente.

Nuestro país ha participado en plan de rigurosa igualdad en un comido europeo concebido al más alto

nivel de ambiciones y propósitos. Y al propio tiempo, nacionalmente, las precisiones del presidente Arias

sobre el cuadro de factores internos que condicionan el momento y la oportunidad de establecer

relaciones diplomáticas con la U. R. S. S. son reveladoras del propio calado que habrá de tener la

dinamización política a través da las asociaciones.

Escapa este último punto, por lo rico, complejo y diverso de sus implicaciones, a las posibilidades de un

solo comentario editorial. Señalemos únicamente que el razonamiento expuesto por el presidente Arias a

este propósito de las relaciones con la Unión Soviética desvela en parte un inmediato mañana político de

participación sustancialmente más amplia en las decisiones, en la elección de las alternativas. Tanto en las

que se refieren al orden nacional como en las que afectan a los rumbos de nuestra diplomacia.

En aquello que corresponde propiamente a la Conferencia Europea de Seguridad y Cooperación, conviene

subrayar nuevamente la oportunidad de las aseveraciones contenidas en el discurso que ante el plenario de

la misma pronunció el presidente del Gobierno. Aseveraciones de las que entresacamos aquellas referidas

a la evidente gravitación regional del Mediterráneo en toda consideración seria que se haga sobre la

seguridad en el Continente, a la importancia de la emigración en Europa y al hecho de que el hombre es el

destinatario final de toda política.

De todas formas, tan importante es. en nuestra opinión, lo que el presidente Arias afirmó en su discurso

como el contenido de sus diálogos con los representantes de varios países del Este europeo. Lo segundo

cabe entenderlo, en buena medida, como traducción práctica, como aplicación del espíritu que animó la

propia participación española en la Conferencia.

La gran fase pendiente de la normalización diplomática española —si bien iniciada ya con las relaciones

establecidas a nivel pleno con la República Democrática Alemana y China— es la que corresponde al

envío de embajadores a los países del Este. Acometer la culminación de una empresa de política exterior

de tal naturaleza es cosa, pensamos, plena y absolutamente coherente, del todo lógica, con el propio

espíritu que animó la aceptación por nuestro país de la Conferencia Europea de Seguridad y Cooperación.

Figuró España entre las naciones que sugirieron la incorporación del segundo enunciado —la

cooperación— para tal asamblea. Y para cooperar en términos suficientes es necesario, cuanto menos, el

intercambio de embejadores.

 

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