Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El presidente del Gobierno no se llama Berenguer     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 44,45. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

EL PRESIDENTE DEL GOBIERNO NO SE LLAMA BERENGUER

1975 no es 1930

Las deformaciones impuestas por la terminología marxista son todavía menos ingenuas y más radicales; porque el marxismo ha ensanchado la colosal intuición marxiana de considerar al materialismo dialéctico como lenguaje antes de como doctrina. De ahí que para dialogar con la doctrina marxista —y ese incómodo diálogo me parece imprescindible en un terreno político concreto cuando se quieren superar los métodos simplemente represivos— haya quien exija, desde ella, aceptar el lenguaje marxista y colocarse ipso facto en situación de inferioridad cuando no de entrega. Por eso, y siempre desde una perspectiva democrática, resulta incoherente designar al actual régimen de España sólo como un fascismo disimulado, lo que supondría ignorar, entre otros, los análisis de nuestro profesor de Yale Juan Linz, actualizados tan sugestivamente en España por su colega Amando de Miguel. Quien etiquetara rutinariamente como pronunciamiento a aquel alzamiento de media España que fue el 18 de julio confesaría, con su ignorancia histórica, su oxidación sociológica. Como quien simplificase por razones oportunistas el final de este reinado (hablo del que comenzó el primero de octubre de 1936) como simple degeneración de una dictadura militar al estilo de la que se inició en 1923. El mismo profesor de Oxford Raymond Carr, que me preguntaba atónito hace dos meses por qué los españoles nos empeñábamos en llamar a los partidos con el extraño nombre de asociaciones, registra en su sugestivo prólogo a la biografía de Franco escrita por su alumno Trythall el duro precio de simplificaciones semejantes: «Tres generaciones de amigos liberales españoles llevan pronosticándome para el mes siguiente la caída del general Franco. V treinta años después sigue ahí».

Entre estas simplificaciones ocupan un destacado lugar las analogías superficiales que ahora se prodigan a diestro y siniestro entrae el momento actual y sus pretendidos antecedentes. ¿Se permitirá que un profesor de Historia adelante su opinión? Porque en este país con tanto calado histórico todos nos cuidamos a la hora de pontificar sobre temas bancarios, econométricos o fisicoquímicos, por ejemplo; pero todo el mundo parece considerarse experto por ciencia infusa en dos difíciles disciplinas, el turismo y la historia contemporánea española. No es éste el caso, por supuesto, de algunas personalidades experimentadas de las que ahora mismo voy, sin embargo, a discrepar.

Porque la más socorrida de todas estas analogías históricas consiste en superponer la situación política de España en 1975 con la de 1930. Uno de nuestros más inteligentes filósofos de la política insiste en equiparar lo que él llama entreguismo aperturista con el suicidio berenguerista; para él la modesta aperturo política de 1974 equivalía a la segunda edición del error Berenguer. Una indiscutible autoridad de nuestras finanzas acaba de declarar a nuestro primer entrevistador: «Apoyamos al Gobierno, pero no por una posición defensiva, sino porque la situación es muy delicada, tan delicada como la de 1930». La coincidencia en este sentido no reconoce fronteras políticas. Don Eduardo de Guzmán, destacado publicista de la izquierda histórica, autor de éxito merecido entre nosotros, piensa también que 1975 equivale políticamente a 1930.

Con todo respeto por tan ilustres comentaristas no consigo coincidir. Sin mayor fundamento que unas semejanzas superficiales no se pueden mezclar así las estructuras históricas profundas.

1975 no tiene casi nada que ver. en hondura, con 1930, o al menos yo no alcanzo a verlo. La tesis de la equivalencia no es la tesis de la historia sino, según los casos, la tesis del temor o del deseo. Y se debe a la negativa costumbre— a la que no somos ajenos los historiadores— de tomar por historia de España la crónica de las vicisitudes políticas madrileñas, y no la historia real, inédita, del pueblo español, la barrera esencial que se interpone entre 1930 y 1975 es precisamente la transformación profunda del pueblo, de la sociedad española. En 1930 casi la mitad de ese pueblo era analfabeto; hoy casi el noventa por ciento puede leer, aunque desgraciadamente lea poco. En 1930 casi una cuarta parte del pueblo español estaba subalimentado; pasaba hambre y frío recurrentes cada invierno. En 1975 el hambre y el frío sólo son en España problemas residuales. Desde comienzos de los años cincuenta, y gracias al esfuerzo aislado de la España marginada por los vencedores de 1945, ésos son los dos grandes hitos históricos del régimen actual, las dos grandes bazas con que ha de entrar en la historia popular de España la figura de Francisco Franco. Los intentos interpretativos del marxismo para atenuar esta realidad innegable —reiterados en estos mismos días dentro de una gran publicación de la izquierda española en el sentido de que esa transformación positiva se ha hecho en el franquismo y no por el franquismo— me parecen un rizo de escolástica decadente, un alarde antitriunfalista de la falta de generosidad que el régimen puede esperar de sus futuros críticos si no acierta a defenderse por sí mismo; o si se empeña en seguir tiroteando por la espalda a quienes han saltado, para defenderle, a la tierra de nadie.

La transformación reciente del Ejército y la Iglesia

En la falsa comparación que comentamos casi todo lo demás es retórica. La situación de 1930 derivaba de un grave error histórico: la implantación de una dictadura militar absoluta como salida para una Monarquía semidemocrática decadente. La situación de 1975 podría resumirse como las vísperas de lo que si no lo estropea, mos entre todos podría ser exactamente al revés: una Monarquía democrática renovada como salida para una dictadura militar relativa que es a la vez un régimen autoritario medio, tradicional y castellano. El Ejército de 1930 estaba políticamente deshecho, íntimamente desunido y sólo deseaba curar sus heridas dictatoriales con la abstención más completa en cuanto al régimen, aun cuando tal abstención supusiera el aislamiento de la Corona. Las Fuerzas Armadas de 1975 están políticamente intactas, lograron en su propia tragedia de 1936 recuperar la unidad interna perdida desde 1917 y su abstención actual es positiva y vigilante, no negativa ni abandonista. Tienen, desde luego, planteado un conjunto de problemas internos y también políticos; quizá les sigue afectando, desde lejos, la sombra aislacionista que todavía proyecta sobre las relaciones entre los llamados «poder civil» y «poder militar», la polémica histórica y la solución histórica del pleito que desembocó en la Ley de Jurisdicciones. Pero ante la mirada de un historiador las Fuerzas Armadas poseen hoy una información directa sobre la sociedad y la política española de orden muy superior a la información indirecta que la sociedad y la política española poseen sobre las Fuerzas Armadas. Únicamente la Iglesia de 1975 presentaría algunas semejanzas parciales aunque significativas con la de 1930 en el plano político; en 1930 el Nuncio apoyaba con callada decisión las posibilidades del Comité Revolucionario, por ejemplo. La Iglesia de 1975, con experiencia de casi dos mil años, sigue conmocionada por la súbita expansión del marxismo y acostumbra a desvincularse suavemente de los regímenes en cuyo futuro político cree menos que en su pasado. Pero en el plano pastoral la Iglesia de 1975 está mucho más cerca de su pueblo que la de 1930; lleva adelantado su medio camino para la reconquista de su pueblo perdido durante la gran marcha contemporánea del campo a la ciudad. Por eso quizá la Iglesia española de hoy está profundamente dividida, mientras que la de 1930 parecía monolítica. Este cambio no me parece históricamente desfavorable; porque en España sólo han sido posibles las guerras civiles contemporáneas cuando una Iglesia monolítica se ha apuntado a uno solo de los bandos.

Lectio brevis

No tiene don Emilio Romero suerte con Murcia. Todos recordamos que fue murciano de pro el estrambote para la «guerra de los sonetos». Ahora, designado otoñal pregonero de la Primavera por la Murcia oficial, ha juzgado oportuno arremeter —en sus declaraciones a la «Hoja del Lunes» de 31 de marzo— contra el murciano del año elegido por la Murcia real, representada por su Asociación de la Prensa, «Los historiadores —dice el señor Romero— parece que sobre el papel tenían que ser más serenos, más rigurosos, más objetivos; y este historiador que usted me delata (amable verbo, si los hay, dice el historiador) parece que supone capricho, parcialidad, partidismo, tan contrarios a quien maneja la historia en sus hechos, como digo, objetivos.» ¡Todo porque a este historiador se le ocurrió decir en Murcia que, a pesar de los recientes errores políticos del señor Fraga, no concibe sin el señor Fraga el futuro de España! No recuerdo un caso de alergia política tan característico como el del señor Romero respecto del señor Fraga; cuyo nombre le hace perder la serenidad y el equilibrio que todos habíamos notado, con satisfacción, en la nueva etapa política de don Emilio, sobre todo tras su acierto en sustituir al original equipo anterior de «Arriba» por otro, dirigido naturalmente por un hábil periodista murciano que ya ha conseguido algo impensable: «Arriba» se está leyendo en Madrid.

Desde sus enfurruñadas declaraciones, don Emilio se marchó a un acto que algún día comentaré in extenso; porgue fuera de Murcia no ha trascendido la cosa, ni fuera de Murcia podrían ustedes creerse lo que allí sucedió. Entretanto resumiré mis alusiones simple e incrédulamente como lo de Murcia. Aquella es una ciudad huertana, cantonal, dionisíaca, a la que no se puede llegar con media docena de tópicos por todo bagaje. Hoy me limito a acusar recibo por la critica historiográfica de don Emilio quien acuñó, inmediatamente antes, una frase antológica pensando también, naturalmente, en Fraga: «No, en el país no hay personas imprescindibles. Ninguno lleva en su mochila el mariscal de las soluciones definitivas». Uno recuerda que la Dictadura de 1923 cayó no por el error Berenguer sino por las metáforas del presidente de la Unión Patriótica, y se echa a temblar. Este historiador caprichoso, parcial, partidista, piensa, ante todo, que Murcia no debe confudirse con lo que cree de ella alguno de sus regidores; y conoce quizá la historia elemental suficiente para recordar al sereno, riguroso y objetivo don Emilio Romero que, a pesar de la innegable fortaleza física de los Corps d´observation, lo que llevaba en su mochila cada recluta de Bonaparte no era un mariscal, sino algo más manejable incluso metafóricamente m

GACETA ILUSTRADA 45

 

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