Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Estabilidad democrática y terrorismo     
 
 ABC.    06/07/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

ESTABILIDAD DEMOCRÁTICA Y TERRORISMO

UN día fueron los presidentes de las Diputaciones de Vizcaya y Guipúzcoa. Otro día fue un

ex alcalde de Bilbao y otros alcaldes y funcionarios en diversos pueblos. Otro día volaron

hechos pedazos un gran empresario catalán y un ex alcalde de Barcelona. Todas las semanas

se ametralla una casa-cuartel de la Guardia Civil o se vuela un coche de la Policía Armada;

ambas fuerzas ejemplares están soportando estoicamente baja tras baja de modo permanente.

Y ahora, un buen periodista, un informador objetivo, el director de la «Hoja del Lunes», de

Bilbao, ha sido vilmente asesinado por decir la verdad, poco después del asalto frustrado a

un Gobierno Militar.

Eso es el terrorismo. Una de las fuerzas más poderosas de nuestro tiempo. Más de una vez he

reconocido que no es problema simple, ni que obedezca a una sola causa. Las sociedades

occidentales llevan mucho tiempo negando las bases de su propio orden social. La familia se

entendía como una célula básica del mismo, y el padre como el maestro natural del hijo. Ahora

resulta que el complejo de Edipo hace a padre e hijo enemigos naturales, y que cada familia,

más que un remanso de paz y de ajuste sentimental, es un foco de tragedia griega; freudismo

y marxismo se han unido para darle el golpe de gracia.

Se pensaba igualmente que la escuela y la Iglesia eran el complemento natural de la familia,

para formar nuevos ciudadanos adaptados a la sociedad civil. La escuela se pretende ahora que

sea un lugar de crítica de la vida tradicional, de lo establecido, y en particular de la

familia de origen, ya condenada como hemos visto.

El tema de las iglesias es más complejo, pero evidentemente pocas pretenderán hoy presentarla

come, un origen de ajuste generacional y de orientación tradicional de la juventud.

Llevamos, por otra parte, generaciones de reformismo humanitario. Se suprime la pena de muerte,

es decir, la que puedan dictar tribunales legítimos, con garantías, con arreglo a la Ley; no

la que acuerden, sin ley ni garantías, los tribunales revolucionarios y terroristas. Se quiere

convertir las prisiones en lugares agradables, olvidando que, en general, allí no se va por

idealismos ni sin que un juez haya condenado por causas serias de defensa social. Se quiere

extender la lista de las libertades y derechos personales y sociales: idea excelente, pero

(como ha observado con razón Sclhenytzin) que debe encontrar su límite, en el punto en el cual

las libertades de unos pocos destruyen las libertades de la inmensa mayoría.

Pero vengamos a un análisis político más próximo. Durante décadas, la izquierda marxista

defendió ideas como la insurrección armada y la dictadura del proletariado, de las que ahora

intenta liberarse. Puede conseguirlo a la hora de los Congresos y de la nueva redacción de los

programas, y no dudo de la buena fe con que ahora los mismos líderes que, hasta los años 50,

defendieron les ideales de la revolución violenta, defienden ahora las tesis contrarias. Pero

subsiste el hecho de que es más fácil echar al viento las plumas de una gallina que luego

recogerlas una a una. Como dice B. H. Levy, «el padre vota y el hijo dispara». La generación

que sembró vientos, ahora recoge tempestades; después de defender que «el poder está en la

punta del fusil», es difícil ahora que se recojan los fusiles y no se disparen las metralletas.

La descolonización del Tercer Mundo ha sido un acicate adicional. La victoria del terrorismo

en Indochina o en Argelia mantiene viva la idea de que la violencia organizada acaba por

triunfar. El asesinato, el rapto, el expolio de los bienes, producen (creen algunos) la

victoria política.

Y aquí llegamos a la cuestión fundamental. Los terroristas han ganado unas veces, y otras han

perdido. Ganarón en Indochina y perdieron en Malasia. Triunfaron en Cuba y no en Bolivia.

Cambiaron la política de Argelia, pero retrocedieron en Argentina y Uruguay. No les va igual en

Italia que en Alemania. No hay un resultado inevitable. Depende de lo que hagan los demás.

Hoy nadie duda de que, para conseguir sus fines, ciertos grupos están dispuestos a todo; a

asesinar empresarios, guardias municipales o periodistas. Lo que cambia es lo accidental: la

básica del terrorismo es su decisión de llegar a su fin específica (siempre con cambio social y

político total) por el medio del terror, sin ninguna consideración de quien sea la víctima. En

la importante novela de Grahan Greene «El cónsul británico», un cura revolucionario, explica que

es moralmente lícito, para defender una causa justa (en la opinión de los terroristas), el

asesinar a un inocente, con tal de llamar la atención sobre dicha causa. Un miembro del Ejército

Rojo japonés (de aquellos que, por cuenta de los palestinos, ametrallaron a sangre fría a una

serie de pacíficas turistas americanos, contra los que no tenían nada en absoluto) dijo, al

respecto: «Queremos escandalizar a la gente... es nuestro único modo de comunicar con ella.»

Per eso matan a autoridades (por el hecho de serlo), a defensores del orden público (o a sus

familiares), a periodistas (para que no digan la verdad), a simples particulares (si no dan un

rescate). Parece increíble que, en estas condiciones, pueda decir el terrorista brasileño Carlos

Marighella, en su «Minimanual de la guerrilla urbana», que «la superioridad moral es lo que

mantiene la guerrilla». No hay tal. Los hombres que practican el terrorismo han de empezar por

destruir en ellos mismos toda idea ética, todo sentimiento moral, toda tentación de humanidad;

y el que vacile en esto es inmediatamente liquidado por los demás.

No miremos, pues, las causas; el terrorismo propiamente dicho nada tiene que ver con el

magnicidio o con el crimen político. Es inútil intentar explicar los múltiples accidentes del

cambio político por causas objetivas, sin tener en cuenta las tendencias personales. Según el

profesor norteamericano Eckstein. solamente entre 1946 y 1959 hubo en el mundo 1.200 revoluciones,

golpes de Estado, motines o actos de terrorismo. Ni la doctrina de Marx ni la de las

nacionalidades, ni otra alguna puede explicar tanta violencia. Hay causas legítimas e intereses

sociales válidos, pero hay también una tendencia de muchos hombres a la violencia por la violencia,

que ha de ser contrarrestada con el uso decidido y eficaz de los poderes del Estado y la aplicación

severa de la Ley, que es para lo que sirven la Ley y el Estado. Un Estado de derecho no tiene por

qué ser un Estado débil, sino todo lo contrario: un Estado desfalleciente no puede ser nunca un

Estado de derecho.

Hoy, en España, y en otros muchos países, no hay ninguna cansa legítima que no pueda defenderse

dentro de la Ley. Por lo mismo, el que prefiera actuar fuera de la Constitución y del orden debe

ser combatido como el peor enemigo de éstas; nadie puede aceptarle como un campeón de la libertad.

Los débiles frente al terrorismo, o los que prefieren no enterarse ni meterse en líos, no se dan

cuenta de que más pronto o más tarde ellos van a ser víctimas también; por lo menos, de la peor

forma de todas, que es llegar a ser los subditos de un Estado dominado por los terroristas.

Y lo que, a su vez, no comprenden los terroristas es que han de mantenerse luego en el Poder por

el terror permanente, que, a su vez, hará a muchos de sus atemorizados los terroristas del mañana.

Por lo tanto, la medida de un Estado y de un Gobierno hoy es su capacidad de poner fin al terrorismo.

Alemania y Francia lo están haciendo; Italia y España no. Debe quedar claro que esto no puede

seguir; o se gobierna con pulso firme, o hay que marcharse.

Otro punto clave es el aspecto internacional. El terrorismo es problema de todos: no pueden los

terroristas ser malos acá y buenos en otro sitio, o diferentes, simplemente porque no actúan en

contra nuestra. Los secuestradores de un avión deben ser enviados al país de origen, sean quienes

sean; comunistas o anticomunistas, da igual. Sin esta cooperación internacional, en el estado actual

de las comunicaciones y la permeabilidad de las fronteras, no tendremos defensa contra un enemigo sin

escrúpulos y que lleva la ventaja de la iniciativa.

El III Simposio Internacional del Instituto para el Progreso de las Ciencias Criminológicas, celebrado

en 1972, aprobó 12 principios sobre terrorismo, en los cuales, sin perjuicio de las obligadas

garantías para evitar que con ese pretexto se puedan cometer abusos, los tres primeros son los

siguientes: todo crimen terrorista debe dar lugar a un juicio a condena, o a una extradición del

país que le reclame: la extradición debe ser concedida en toda caso, si no juzga el Estado que

detenga a los terroristas, salvo que se creen uno o varios tribunales internacionales: finalmente,

todos los Estados deben reconocerse a sí mismos y mutuamente, plena jurisdicción en los delitos

de terrorismo.

Ha pasado la hora de las palabras. Ha llegado el minuto inexorable de la decisión y de los

resultados efectivos. «Caveant consules». No recoger el guante del terrorismo plantearía un problema

de Estado: porque justamente el Estado es el tipo de organización social que permite circular en paz

sin llevar la espada al cinto.

Manuel FRAGA IRIBARNE 

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