Razonada defensa de la presencia de Portugal en África  :   
 Fue aplaudida por varios delegados africanos. 
 ABC.    25/09/1963.  Página: 48-52. Páginas: 5. Párrafos: 62. 

ABC. MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DE 1963. EDICION DE LA MAÑANA.

RAZONADA DEFENSA DE LA PRESENCIA DE PORTUGAL EN AFRICA

Fue aplaudida por varios delegados africanos

Sede de las Naciones Unídas 24. La Asamblea, Nacional de las Naciones Unidas ha reanudado el debate

general. El primer orador ha sido el ministro español de Asuntos Exteriores, don Fernando María

Castiella. He aquí el texto de su discurso:

"Preside esta Asamblea don Carlos Sosa Rodríguez, de Venezuela. Deseo, como representante de España,

dirigir a él mis primera palabras.

No es solamente a un amigo ilustre a quien rindo homenaje; no solamente a un político y diplomático

distinguido que, al frente de la Misión de su país en las Naciones Unidas, ha llevado, a cabo una labor en

cuyo reconocimiento, sin duda, ha sido elevado a esta Presidencia. Rindo hoy también en su persona

homenaje a Venezuela.

Les habla un español, y para un español el nombre de cualquier país de Hispanoamérica suscita un eco

profundo, entrañable; pone en pie un mundo de recuerdos y de esperanzas; alude, en fin, a algo muy

nuestro, hondamente nuestro, por-que esa propiedad está hecha nada más que de dos materiales nobles: el

conocimiento y el amor.

IMAGEN DE VENEZUELA

Hoy el nombre de Venezuela me trae la imagen hermosa de su tierra, la imagen de los Llanos, esa gran

vastedad interior que se extiende majestuosamente como una Castilla venezolana. O la evocación del lago

de Maracaibo, al borde del mar de los Caribes, en donde Alonso de Ojeda bautizó a Venezuela. Y el perfil

del Ande inmenso, espina dorsal de América, viejo camino familiar del español. Y, en fin, el Orinoco

poderoso, río caudal, abriéndose en su delta, como lo vio Colón, en mil caños y esteros poblados de

garzas y de manglares verdes, para que hiciera metáforas con ellos la prosa deslumbrante de Rómulo

Gallegos.

BOLIVAR Y LA SOLIDARIDAD CONTINENTAL

Mas Venezuela no es solamente para nosotros una geografía enorme y bella, o el recuerdo de una historia

común secular, sino también el gran país bolivariano en donde alentó el sueño unifícador, el magno

proyecto continental de solidaridad que trazó Simón Bolívar hace casi un siglo y medio, anticipándose

genialmente a organizaciones y empresas políticas que hoy nos parecen de primera y urgente necesidad.

Digo esto con orgullo de español de mi tiempo que ve en Simón Bolívar una admirable figura histórica de

la comunidad a la que pertenezco, tan nuestra como la antigua figura del Conquistador. Veo en él, como

en San Martín y en tantos otros caudillos de la Independencia hispanoamericana, un criollo; es decir, un

español de América que ha llegado por la mayoría de edad de su país a la plena condición de americano y

que guarda, por encima de las circunstancias que le tocó vivir, unas virtudes típicamente hispánicas, cual

son la pasión por la unidad, la defensa de la identidad esencial de los hombres y de su igualdad ante la

ley.

Por eso me parece simbólico el hablar hoy ante ustedes bajo la presidencia de un venezolano: porque al

hacerlo, él me entiende y no sólo entiende formalmente mi lenguaje, que es el suyo, sino también el

profundo significado de mis palabras, con las que intento poner de relieve el firme vínculo de solidaridad

de la comunidad hispánica de naciones a la que el señor presidente y yo pertenecemos, y que fue exaltado

por él mismo, con palabras inolvidables, en este mismo foro de las Naciones Unidas, el 6 de diciembre de

l960.

RECUERDO DEL EMBAJADOR LEQUERICA

Permitidme que después de este saludo no siga adelante, sin evocar ante ustedes un recuerdo. Quiero

hablar unos instantes nada más de una figura humana desaparecida, que para muchos de los que me escuchan

era enteramente familiar. Se trata de un hombre que fue defensor apasionado de las Naciones

Unidas, que tuvo fe sincera en el porvenir de esta Organización y en su capacidad para resolver los

problemas internacionales. Un hombre que puso al servicio de estas creencias toda la fuerza de su espíritu

vehemente, de su inteligencia penetrante y. cultivada, de su natural inclinación al diálogo y, en fin, de su

condición de español; heredero de una tradición jurídico-política, en la que las Naciones Unidas

encuentran un ilustre precedente. Hablo, claro está, del embajador don José Félix de Lequerica, representante

permanente de España ante esta Organización, recientemente fallecido. No podía yo continuar

mis palabras sin rendir a su memoria, desde este "rostrum" en el que tantas veces se escuchó su voz, un

tributo en el que va la emoción de una vieja amistad y la gratitud de quien ve en él al defensor recto,

inteligente y valeroso de la causa del entendimiento entre los pueblos, que es tanto como decir la causa de

las Naciones Unidas.

Yo nunca olvidaré el fervor con el que Lequerica, poco antes de morir, comentaba conmigo los pasajes de

la Encíclica "Pacem in Terris", que se acababa de publicar y que representan, a no dudarlo, el más alto

espaldarazo moral que la institución de las Naciones Unidas haya jamás recibido.

LA TRADICIÓN JURÍDICA ESPAÑOLA Y LAS NACIONES UNIDAS

Aludo a las augustas palabras de aquel inolvidable maestro de optimismo y de bondad que se llamó Juan

XXIII, en las que reclamaba la constitución de una "autoridad pública sobre un plazo mundial"; palabras

que conmoverán siempre a cualquier universitario español, porque son el eco de aquellas otras—

consideradas como la epifanía del moderno Derecho internacional—que un humilde dominico, profesor

de la Universidad de Salamanca, pronunciara en diciembre de 1528 al dictar su "Relectio de Potestate

Civili":

"El mundo entero, que en cierta manera es una República—nos enseñó entonces Francisco de Vitoria—,

tiene potestad para dar leyes justas y convenientes a todos, cuales son las dispuestas en el Derecho de

Gentes..."; Fórmula clarividente, que, a su vez, en 1612, otro de nuestros grandes maestros, Francisco

Suárez, en su "Tractatus de Legibus", perfeccionaría de un modo definitivo, afirmándose así—gracias a la

Escuela jurídica española—los principios por los que había de regirse la futura organización

internacional.

LA ORGANIZACION Y SUS PROBLEMAS

No extrañará, pues, que España comparta el deseo expuesto fervorosamente en la mencionada Encíclica

de que esta Organización "puede ir acomodando cada vez mejor su estructura y sus medios a la amplitud

y nobleza de sus objetivos".

Ahora bien: hay no pocos peligros de que se malogre este ambicioso intento. Por eso mi Delegación

suscribe integramente las palabras del secretario general, en la introducción a su última y ponderada

Memoria, cuando afirma que "un elemento que ha fortalecido a las Naciones Unidas ha sido el progreso

hacia su universalidad, que la Organización ha hecho marcadamente durante los últimos años. Creo—

añade con indudable oportunidad el señor Thant—que este progreso debe ser mantenido y estimulado, y

no debería retrocederse en este camino aun cuando surjan situaciones en las que se hallen implicadas

emociones profundas y firmes convicciones. Creo asimismo—sigue diciendo el secretario general—que

en las Naciones Unidas debe haber espacio para todos los Gobiernos miembros, aunque existan amplias

diferencias entre sus sistemas políticos, económicos y sociales. Solamente procurando y manteniendo un

terreno común de diálogo para todos los Estados amantes de la paz que acepten, quieran y sean capaces

de cumplir las obligaciones de la Carta, esta Organización puede realizar uno de los propósitos básicos de

su Estatuto: constituir un centro armonizador de las actividades de todas las naciones".

AMENAZAS A LA UNIVERSALIDAD DE LAS NACIONES UNIDAS

Esto quiere decir, a nuestro entender, que no se puede considerar como una política positiva y

esperanzadora para la Organización cualquier actitud que conduzca a la expulsión o a la retirada

voluntaria de uno de sus miembros. El espectáculo que se nos ha ofrecido recientemente en este aspecto

en algún organismo dependiente de las Naciones Unidas es alarmante.

Estimamos, en consecuencia, coincidiendo con las frases del secretario general que acabamos de citar,

que el universalismo geográfico es fundamento y vocación de las Naciones Unidas y no tiene por qué

reflejarse en una uniformidad ideológica de todos sus miembros. Es más, una exigencia de esta índole

daría al traste con el universalismo de la Organización y aun con la Organización misma. La única

fórmula posible para una institución como la nuestra, en el mundo de hoy e incluso en el futuro, es la del

"universalismo heterogéneo", según la denominación del profesor Georg Schwarzenberger. Una pretendida

homogeneidad ideológica en esta organización internacional sólo puede ser producto de una

hegemonía política, es decir, de un imperialismo, sea éste del signo que fuere.

Pero nótese que no decimos ni hacemos decir a nadie que todo haya de sacrificarse en aras de la

universalidad de esta Organización. Hay límites que establece la propia Carta y que no pueden eludirse.

ESPAÑA EN ÁFRICA: NUESTRA ANTIGUA PRESENCIA

Dicho esto, permitidme que pase ahora a tratar de algunos problemas internacionales que afectan

directamente a España. En primer lugar, el tema de África. A él quiero referirme, como representante de

un país que siendo europeo es también africano.

España está en África no en virtud del colonialismo, fenómeno moderno, producto típico del siglo XIX,

sino por una profunda razón geohistórica. España está en África desde los primeros siglos de nuestra Era,

y ya en el siglo III el territorio norteafricano era una provincia de la España romana, que llevó

originalmente nada menos que el nombre de "Nova Hispania Ulterior Tingitana". Por las calzadas

romanas que cruzaban lo que hoy es Marruecos—al borde de templos y de ciudades cuyas ruinas son aún

en nuestros días testimonio de la historia romana de África—, iban y venían de la Península a la Tingitana

los hispanorromanos de entonces, y por ellas peregrinó Paulo Orosio, sacerdote e historiador español, en

busca de su maestro San Agustín, el gran pensador del África cristiana. Tánger, la vieja Tingis romana,

fue más tarde la capital, de la provincia ducal hispanovisigoda de África. Todo ello ocurría mucho antes

de que los árabes, en un formidable impulso expansionista, lleno de vitalidad y energía, llegaran en el

siglo VIII a las costas del norte de África y conquistaran toda el área sur del Mediterráneo, arrancando, en

una asombrosa marcha imperial, de su lejana cuna del Yemen, de Arabia o de Siria. Los peninsulares

regresaron a África en 1415, cuando Ceuta, la antigua Septa hispanorromana, fue recuperada, setenta y

siete años antes del descubrimiento de América. Cinco años después de éste, Melilla volvía a ser española,

es decir, doscientos setenta y nueve años antes del nacimiento de los Estados Unidos de América.

LOS EXCESOS DE UN NUEVO MONROÍSMO

Ignorar estos irrefutables hechos históricos es ignorar que España es un país situado en la encrucijada de

dos continentes y que participa del destino de ambos, como, por ejemplo, le sucede a Turquía emplazada

entre Europa y Asia; a la Unión Soviética, cuyas costas, ciñendo medio mundo, dan sobre el Báltico y sobre

el Pacífico; o a la República Árabe Unida, establecida también sobre dos continentes. Esto equivaldría

a caer en un equivocado concepto geopolítico que siguiendo las líneas de una especie de neo-monroísmo,

definiese las soberanías, nacionales sobre la base única de la continuidad territorial y en detrimento de las

razones históricas y de los más patentes motivos humanos.

EL ENCUENTRO HISPANOÁRABE

En realidad, lo que ha sucedido en ese espacio geográfico común en que se encuentran África y España, y

que constituye la razón, inmutable por la que España es también un país africano, es cosa muy distinta de

un proceso colonial o expansionista. Es un encuentro de dos pueblos, de dos civilizaciones, que llegaron a

producir a lo largo de siglos de vida, común un maravilloso mestizaje cultural. Mestizaje en el que el

pueblo árabe dio a España sus hombres y su cultura. Le dio su arte, aún erguido en tantos lugares españoles

que se adornan de alcázares o alcazabas. Le dio millares de palabras a su vocabulario, en un

espléndido legado idiomático que acompañó a la herencia técnica, y que en la geografía española se advierte

en la toponimia de villas y ciudades, de ríos y de montes; en la terminología de las artes y las

industrias; en el lenguaje diario y familiar, cuajado de palabras a las que una ligera inflexión o acento

apenas diferencian de su original y actual pronunciación en el idioma árabe. Y España devolvió en pago a esa

aportación humana y cultural la gloria de nombres ilustres de hispanoárabes, como Averroes, Ibn-Házam

o El-Idrisi; la originalidad de la poesía arábigo-andaluza, admirada en todas las capitales del Oriente

islámico; la belleza, tan española, del arte cordobés o granadino, que no sólo brilla en Medina-Azahara, la

Mezquita o la Alhámbra, sino que se refleja en la Kutubia de Marraquex o en las mezquitas de Attar. Y,

en fin, en una solidaridad y un reconocimiento histórico del patrimonio común que, como puso de

manifiesto el gran arabista Levi-Provençal, ha sido noblemente proclamado por los españoles.

ESPAÑA Y MARRUECOS

Semejante solidaridad, antigua y profunda, plantea en términos muy singulares el tema de nuestras

relaciones con Marruecos. Estas relaciones pueden tener problemas, como siempre ocurre entre países

vecinos, pero son pocas las cuestiones que no se puedan solucionar en un diálogo sereno. Nuestro cordial

vínculo histórico con los pueblos árabes y nuestro cumplimiento escrupuloso de las obligaciones

internacionales han hecho de España recientemente uno de los principales colaboradores en la

independencia de Marruecos y garantizan que en el futuro siempre hemos de abordar los temas comunes

con ánimo de amistad y deseo de perfecto entendimiento.

Es éste el espíritu que presidió la reciente entrevista de Barajas entre Su Majestad el Rey Hassan, de

Marruecos, y S. E. el Jefe del Estado español, punto de partida para próximos diálogos, que confiamos

han de ser fecundos.

COOPERACION EN EL GRAN DESIERTO AFRICANO

Al lado del Sahara español, que secularmente ha formado también un espacio común con nuestras Islas

Canarias, se abre la vastedad del desierto, en el que España mantiene igualmente diversas relaciones

vecinales dentro de ese mismo espíritu amistoso. Desierto que fue "reino inviolable del silencio" y que

aparece ahora a grandes voces en el concierto mundial y reclama de todos los países interesados que

pensemos con imaginación y agilidad la forma de potenciar, gracias, a un técnica adecuada, los recursos

encerrados en sus enormes espacios vacíos y la manera de encontrar una fórmula eficaz de colaboración

funcional que no se encierre en viejas competencias lineales de paralelos y meridianos, herencia de

épocas que están siendo superadas por la dinámica de los acontecimientos de hoy y por las grandes,

nuevas perspectivas que se abren a esos espacios casi inéditos de África.

Si todas estas consideraciones nos hacen ver claramente que África, geográfica e históricamente, no está

alejada de España, me importa puntualizar ahora que la acción española no responde, en absoluto, al

modelo del colonialismo moderno.

LA OBRA REALIZADA EN LA GUINEA-ECUATORIAL

Tenemos el ejemplo de ello en la Guinea ecuatorial española, en la que ya está en marcha el proceso de

autodeterminación de nuestros territorios, solemnemente proclamado por mi Gobierno.

Las Naciones Unidas y esta Asamblea están detalladamente informadas acerca de Fernando Poo y Río

Muni en todos sus aspectos, tanto políticos como económicos, sociales y culturales.

Sin embargo, quiero resumir aquí unas cifras, citar unos hechos que hablan por sí solos y que constituyen

nuestro orgullo, porque son la mejor definición de la política española en aquella región africana.

DEMOGRAFIA EN AUGE

Los territorios españoles del África ecuatorial se encuentra en el golfo de Guinea, es decir, en una de las

zonas que fue de las más insalubres del mundo y en donde la malaria, la fiebre amarilla, la lepra, la

enfermedad, del sueño y la tuberculosis diezmaban y debilitaban tradicionalmente a la población. Pues

bien, la política sanitaria del Gobierno español, política que era la más urgente, la humanamente más

importante que había que desarrollar, ha permitido que frente a un porcentaje medio de mortalidad del 27

por 1.000, que es la cifra que corresponde a las regiones del África tropical el porcentaje de los territorios

españoles sea solamente del 7,8 por 1.000. Prácticamente se ha logrado extirpar la enfermedad del sueño,

poner en vías de extinción la lepra, atacar masivamente la malaria reducir la mortalidad hospitalaria a

20 por 1.000 (la cifra más baja de África), organizar un control sanitario rigurosísimo y ejemplar y

normalizar casi totalmente los servicios clínicos de maternidad. No extrañará que esta obra de salud pública

haya dado como fruto un crecimiento anual de población del 2,6 por 100, bastante superior al que

arrojan las estadísticas en zonas vecinas.

LOGROS DE UN ESFUERZO EDUCATIVO

Paralelo a este esfuerzo e inmediato en urgencia era el de la enseñanza, sobre 1a que España ha

concentrado también todas sus energías. Hoy día, en Fernando Poo y Río Muni, por cada siete habitantes

hay uno escolarizado. Aunque pueda resultar enojoso establecer comparaciones, debo decir, para valorar

esta cifra, que es semejante a las que se dan en los países más adelantados de África. En las nuevas

generaciones, la alfabetización es casi total, y una densa red de instituciones educativas de los diversos

grados y especialidades comienza ya a producir una "elite" de estudiantes superiores que sigue sus

estudios en las Universidades, escuelas especiales y demás centros de enseñanza superior y técnica de

España, así como en las academias militares, en donde se forman los oficiales de nuestro Ejército.

UNA ELEVADA RENTA "PER CAPITA´´

Igualmente importante es el progreso económico de nuestros territorios. Un aumento general de las

producciones -tanto de las típicas de la región como de otras nuevas- y un notable desarrollo de las

comunicaciones han determinado un incremento de la riqueza de los habitantes, que hoy se cifra en 246

dólares de renta "per capita" para Fernando Poo y 91 dólares para Río Muni, siendo la primera cifra,

según datos de la O. C. D. E., análoga a la de algunos países europeos y americanos, y superior, por

ejemplo, a las de Argelia, Túnez y Yugoslavia, mientras que la cifra de Rio Muni sobrepasa a las de

Kenia, el Congo ex belga, la India, Pakistán y Corea.

CRECIENTE AYUDA ECONOMICA

Toda esa riqueza revierte íntegramente sobre los propios territorios que la producen, y sobre ella España

añade, además, ayudas subsidiarias para el sostenimiento de los precios africanos y la realización de los

planes económicos locales. Coronando este esfuerzo, está en marcha un Plan de Desarrollo Económico

que prevé una in-versión en el sector, público de 1.652 millones de pesetas en cuatro años con un ritmo de

crecimiento acumulativo del 7.6 por 100.

Todo lo que esto gravite sobre nuestra economía nacional está aceptado con entusiasmo y generosidad, en

el único interés de los habitantes de nuestros territorios y por el solo deseo de asegurarles un futuro

abierto y esperanzador y no una herencia de desorden y sufrimiento. En definitiva, con el espíritu propio

de la tradición de España, raíz de una familia de pueblos a los que dejó el legado de su civilización.

Mas no quiero exhibir aquí tan sólo un historial ni rendir únicamente las cuentas de una labor hecha.

Quiero también, y esto es lo más importante, anunciar la acción futura. Aunque Napoleón haya definido

al político como "un mercader de esperanzas", quien hoy os habla no va a manejar aquí unas vagas

ilusiones, sino explicaros en qué consisten las medidas concretas que a partir del 1º de enero de 1964

España va a poner en vigor en nuestra Guinea ecuatorial. Consecuente con el principio, que hacemos

nuestro, de autodeterminación de los pueblos, el Gobierno español ha enviado ya a las Cortes el texto de

una ley de Bases que establece la autonomía de Fernando Poo y Río Muni. Esto que digo significa que

España, en un clima de paz, sin actuar bajo la presión de la violencia, se adelanta a las aspiraciones de los

habitantes de sus territorios africanos y entiende que ha llegado el momento natural en que ellos se

gobiernen por sí mismos.

NUEVAS ESTRUCTURAS POLÍTICAS

En su virtud, la ley que el Gobierno ha elaborado concede la autonomía más amplia a los naturales de los

territorios africanos para la gerencia propia de sus asuntos y entrega el Poder ejecutivo a un organismo

que se llamará Consejo de Gobierno, a la cabeza del cual figurará un presidente, y que estará integrado

totalmente por naturales del territorio. Una Asamblea General, representativa de la población, ostentará el

Poder legislativo en materias de interés específico de los territorios, y un Poder judicial, independiente,

atenderá a la administración de justicia. Finalmente, en el régimen económico, la

Guinea ecuatorial contará con un Presupuesto autónomo, según el cual los ingresos se invertirán

íntegramente en la región, aparte de lo que España aporte como ayuda a su desarrollo, a través de

subvenciones indirectas o de inversiones directas. Este esquema de gobierno autónomo queda abierto,

naturalmente, a la evolución que el tiempo aconseje y a las decisiones que los interesados tomen en virtud

de ese principio de autodeterminación de los pueblos en que está fundamentado. Agradecemos su buena

fe a todos los que nos abrieron un crédito de confianza y contribuyeron a ese clima de paz dentro del que

han tenido realidad nuestros propósitos, haciendo de España, acaso, el único país que ha cumplido en

África este proceso sin tensiones, conforme sólo a su conciencia y responsabilidad.

FECUNDIDAD DE LA PAZ EN ÁFRICA

En esta acción española en el África ecuatorial podemos contemplar lo que España, puede realizar

cuando, en lugar de la violencia y la pasión, se la coloca frente a la paz, la serenidad y el diálogo.

Fuera de los límites de nuestra acción directa, ofrecemos también nuestra buena amistad a los nuevos

países africanos incorporados a la comunidad internacional, con el deseo de que vayan fortificando su

independencia y prosperidad a través de fórmulas políticas libremente escogidas de acuerdo con su

realidad sociológica.

En los organismos regionales africanos ofrecemos igualmente nuestra colaboración en pro de cualquier

medida eficaz, para el progreso de los pueblos, pero nos opondremos firmemente a toda determinación

apasionada que encubra intereses bastardos y arriesgue la pérdida de la paz y de la convivencia

internacional. Debemos defender el orden internacional no tolerar que la demagogia o la agresión lo

alteren o pongan en peligro. Consideramos que en ello se encuentra la mejor garantía de la independencia

y el progreso de los nuevos Estados.

DEFENSA DE PORTUGAL

Deseo recordar, precisamente aquí, que es hoy Portugal el gran acusado cuando se habla de África.

Resulta significativo y digno de meditación que lo sea precisamente ese país, la última nación europea

que aún gobierna vastas provincias de su soberanía en territorio africano. Digo que es significativo porque

Portugal fue también la primera potencia europea en estar presente en África, hace más de cinco siglos,

cuando, como ya hemos recordado antes, el moderno concepto del colonialismo no existía y cuando

aquella presencia portuguesa lo que significaba, en definitiva, era la apertura de unos caminos y unos

territorios a la civilización, el na-cimiento para unos pueblos africanos de la conciencia de existir en un

mundo en el que la vida de relación se iba imponiendo; era, en fin, el primer capítulo de una historia que

hoy nos permite estar aquí hablando de África con africanos. No es de extrañar, pues, que Portugal haya

permanecido firme en su posición africana, sin querer abandonarla con la frialdad y precipitación con que

se abandona un negocio que va mal o la participación en una sociedad anónima en quiebra. Pues para

Portugal tampoco sus provincias dé África son un negocio concebido según aquella mentalidad colonialista

del siglo XIX; mentalidad que hoy está siendo liquidada con mucha justicia. Portugal gobernaba ya

esas provincias con otro espíritu y otro criterio, con una idea de misión cuando muchas naciones europeas

aún no existían como unidades políticas y, por supuesto, la inmensa mayoría de las nacionalidades africanas

ni habían sido imaginadas. Si estos datos de la Historia fuesen sometidos a análisis sereno en vez de

entregarnos a actividades emocionales y rudimentarias, el juicio que recayese sobre Portugal sería, sin

duda, muy distinto.

PORTUGAL NO SE VENDE

Pues, me atrevo a preguntar sin ánimo polémico: ¿en definitiva, de qué se acusa a Portugal? Examinemos

fríamente los hechos. No podrá acusársele de discriminación racial, pues esta actitud es algo que a

Portugal—como a España—le ha sido siempre desconocida. Más bien habría que recordar aquí el

prolongado, sincero intento secular portugués de construir dentro de sus fronteras metropolitanas y

ultramarinas una sociedad multirracial e igualitaria que responda cristianamente a la diversidad humana

de sus pueblos. Valdría la pena comparar esta actitud con la capacidad de discriminación, desprecio e

incluso odio racial que alienta en muchos hombres de nuestro tiempo, en el seno de muchos países de

nuestro mundo. ¿Se le acusa de hacer primar en su obra un criterio económico? Con palabra gallarda y

firme, acaba el doctor Olivéira Salazar de decir al mundo que "el Ultramar portugués puede ser víctima de

asaltos, pero no está en venta". ¿Se acusa a Portugal de la ilegitimidad de su presencia en África? La

Historia responde negativamente a esa acusación. ¿Es que tal vez, únicamente, se le acusa de no practicar

la autodeterminación? Pregunto yo, a mi vez, si la agresión montada artificialmente más allá de las

fronteras, si la violencia provocada en los territorios que antes gobernaba pacíficamente Portugal facilitan

el proceso de la autodeterminación. Reconozcamos que no; reconozcamos que esos procedimientos

cruentos lo único que logran es endurecer las posiciones. En efecto, estimamos que la autodeterminación,

para que tenga sentido y sea un hecho respetable, no puede nunca venir impuesta desde fuera.

Imaginemos, en todo caso, lo que habría podido avanzar Portugal en ese camino si no hubiera sido

agredida, si no hubiera tenido que acudir con urgencia a atender a ese deber primordial de todo Estado

civilizado que es restaurar el orden y la paz.

Y es que el tema de África parece que engendra pasiones, levanta sentimientos de culpabilidad, pero no

provoca juicios serenos y objetivos ni actitudes tranquilamente valerosas.

Al defender aquí a Portugal no estoy solamente defendiendo a un país con el que España tiene un vínculo

fraternal irrenunciable, sino pidiendo serenidad y confianza en lo que un pueblo de su tradición histórica y

cultural puede hacer y hará, no frente a la violencia, sino frente a la paz y frente a su responsabilidad, de

la que nunca abdicó.

GIBRALTAR: LA ULTIMA COLONIA EN EL CONTINENTE EUROPEO

Sinceramente estimo que no nos falta autoridad para hablar así. No sólo por las poderosas razones de

hermandad histórica que nos unen a Portugal y por nuestra posición ante el colonialismo, sino por un

hecho mucho más relevante, que es el de tener una colonia en nuestro propio suelo.

Nosotros tenemos un problema colonial limitado, pero grave, porque se trata de un verdadero cáncer que

perturba la economía de nuestra región sur y se nutre exclusivamente a su costa. Pero es más grave aún

porque apesadumbra, desde hace varias generaciones, nuestro ánimo nacional. Este problema tiene un

nombre de amarga resonancia para todos mis compatriotas: Gibraltar.

ABSOLUTA UNANIMIDAD ESPAÑOLA

Todos los españoles desde el siglo XVIII a nuestros días, desde el Gobierno y desde la oposición, desde la

derecha y desde la izquierda, Monarcas reinantes o dirigentes obreros, grandes pensadores o sencillos

hombres de la ciudad o de la aldea, formando una nómina impresionante de figuras destacadas en nuestra

historia, que ahora es ocioso citar, han propugnado y pedido incansablemente la devolución a España del

Peñón.

Solamente nos hemos cerrado nosotros mismos un camino: el de la violencia. Por eso hemos manifestado

repetidamente nuestro deseo de iniciar conversaciones sobre este tema con la Gran Bretaña, país cuya

amistad hemos sabido y sabemos valorar. Pero nadie entienda por ello que ni en la reivindicación de

Gibraltar ni en ninguna otra cuestión, que como ésta afecte a los intereses nacionales vamos a mostrar

debilidad.

UN FIRME PROPÓSITO

Ocurre, sin embargo, que los españoles hemos acreditado ante Gibraltar y ante muchos otras problemas la

serenidad, la prudencia y la calma de quienes están seguros de sus propias razones. Pese a los repetidos

intentos bélicos de otras épocas para recobrar Gibraltar, nuestra generación ha dado una muestra

excepcional de respeto por los procedimientos pacíficos y de confianza de que por ellos se pueden

resolver todas las cuestiones litigiosas entre Estados; respeto y confianza que revierten precisamente

ahora en las Naciones Unidas, como órgano adecuado para resolver los conflictos internacionales.

Creemos y esperamos por eso que en el diálogo amistoso con la Gran Bretaña—y, si es preciso, en el

ámbito de esta Organización—podrá resolverse satisfactoriamente la justa reivindicación que

formulamos—sin dejar de tener en cuenta ningún legítimo interés—con respecto a la plaza de Gibraltar.

Considero obligado en este momento el referirme, aunque sólo sea someramente, a las reivindicaciones

de otros pueblos hispánicos, los cuales—justo es también decirlo—han dado muestras de saber afrontar

estos problemas con firme y serena confianza, negándose a sí mismos el fácil recurso a la violencia.

EL EUROPEISMO ESPAÑOL

Hemos hablado de África y acabamos de aludir a los fraternales pueblos hispánicos de América, porque

España, país geográfica e históricamente europeo, ha sentido secularmente la vocación de tender puentes

de comprensión y entendimiento entre las diversas razas, culturas y continentes. Podemos formularnos a

este respecto, con el gran pensador español Ortega y Gasset, esta pregunta: "¿Qué es España?"... ¿Qué es

esta España, este promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma continental?" No puede caber

duda en la respuesta. España es un país hondamente europeo que, por serlo, por sentirse proa

espiritual del Continente, alienta al mismo tiempo una vocación universal.

No voy ahora a definir la idea de Europa; idea que ha capturado la imaginación y la inteligencia de las

mejores mentes occidentales desde hace miles de años. Solamente quiero recordar que la actitud

europeísta de la España de hoy, sus relaciones amistosas con los países de Europa, su pertenencia a

múltiples organismos intergubernamentales europeos, su apertura a la formidable corriente de millones de

turistas de Europa que nos visitan anualmente, su intercambio económico, técnico, profesional y humano

con los vecinos del Continente y, en fin, su pretensión de ingresar en el Mercado Común europeo no son

posiciones oportunistas tomadas por un régimen político determinado, sino eco natural del sentir unánime

del pueblo español de hoy y de siempre.

Creo que no es necesario recapitular la historia europea de España ni hacer inventario del legado cultural

que España ha dejado en Europa. Tampoco necesito aludir a la gran pasión histórica española por la

unidad europea; pasión que podríamos encarnar en aquel ilustre español, el Emperador Carlos V, de quien

Schlegel dijo que fue "el hombre que, en su corazón y su espíritu, asumió, llevó y percibió a Europa".

UN PATRIMONIO COMUN IRRENUNCIABLE

A esta Europa, fiel a sí misma, es a la que deseamos servir los españoles sin prejuicios políticos, sin

definiciones dogmáticas y exclusivistas, sin hacer de nuestra idea de Europa algo así como un "club" con

arbitrarias reservas del derecho de admisión, pues sabemos que las fórmulas políticas de nuestro tiempo

están en evolución, que nadie tiene el monopolio de Europa y lo que verdaderamente permanece en pie es

la solidaridad en unas creencias fundamentales y en un patrimonio espiritual del que España se siente tan

legítima heredera como cualquier otra nación europea.

Es justamente ese interés superior que, dentro de un país, eleva a sus gobernantes por encima de los

intereses partidistas o de posibles adhesiones ideológicas o sentimentales, el que debe también primar en

Europa para que sus gobernantes dejen a un lado prejuicios políticos muy discutibles o nacionalismos

estrechos y piensen tan sólo en la común tarea solidaria de la que depende el verdadero destino europeo.

Pueden ustedes creer que es éste el ánimo con que España se acerca a Europa. La sola perspectiva de la

integración europea, el solo anuncio del propósito español de unirnos lo más estrechamente posible a

Europa, ya ha servido para crear en la sociedad española un ánimo de perfeccionamiento de estructuras

que gravitaban sobre nosotros como pesada herencia histórica, un impulso de evolución y progreso, que

es sumamente esperanzador y que se inscribe en la permanente e indeclinable vocación europea de

España.

EUROPA NECESITA DE UNA ALEMANIA UNIDA

Y es esta vocación la que nos lleva a pensar con inquietud en los problemas que hoy pesan sobre Europa.

Estimamos que el cuerpo histórico europeo no puede soportar a la larga graves mutilaciones como la que

comporta la división de Alemania y la que representa el aislamiento de una serie de pueblos situados en la

zona oriental del Continente.

España propugna, como siempre lo ha hecho, la reunificación que Alemania pide por vías pacíficas y

estima que la división, de este gran pueblo, lejos de ser una garantía para la paz—como opinan algunos

con imperdonable miopía política—es un peligro para la estabilidad del Continente y una remora para su

progreso.

RECUERDO A LA EUROPA QUE SUFRE

En cuanto se refiere a los pueblos del Este, aislados artificialmente del resto de Europa, a estos pueblos

que sufren en silencio, que guardan su condición europea, valerosa y tenazmente, como un tesoro oculto,

y a los que España no olvida porque ellos son una buena parte del pasado glorioso de Europa y serán, sin

duda, parte de su mejor futuro; a estos pueblos, repito, sólo deseamos que en un porvenir no lejano

puedan encontrar la ocasión de decidir por sí mismos su destino. Y ojalá, nuestra generación pudiera ver

otra vez una Europa en abierto intercambio de Norte a Sur y de Este a Oeste; una Europa en la que todo

hombre fuera libre y no hubiera muros ni fronteras para las grandes corrientes del espíritu.

IBEROAMERICA Y LA COMUNIDAD ATLÁNTICA

Esta idea de una Europa abierta y libre se inscribe dentro de nuestra preocupación general por el

Occidente, a cuyo servicio ha surgido el proyecto de una Comunidad Atlántica, que para nosotros no es

más que la plataforma de colaboración entre el Continente europeo y las dos Américas. Al mencionarlas

así, España quiere poner énfasis en su creencia de que en este diálogo intercontinental no se puede

prescindir de Iberoamérica, esa vasta parcela del mundo occidental en la que viven doscientos millones de

hombres de nuestra estirpe y que por sus características multirraciales constituye, un factor positivo para

el entendimiento entre todos los pueblos.

ESPAÑA EN LA DEFENSA DE OCCIDENTE

Reiterada así nuestra voluntad de presencia en Europa y el sentido trascendente que le atribuimos,

queremos manifestar, una vez más, en el clima de distensión que afortunadamente estamos viviendo estas

semanas, que España no busca adherirse a ninguna alianza militar, que ella para sí no necesita, y que si un

día participa en cuaquier acuerdo de esta índole será por haber sido requerida, por contar con el unánime

asentimiento de cuantos países lo hayan suscrito y por estar segura de que ha de servir eficazmente a los

intereses generales, que es tanto como decir a la verdadera causa de la paz.

Concebimos asimismo, con carácter defensivo, y por tanto con fines esencialmente pacíficos, nuestras

especiales relaciones de cooperación con los Estados Unidos del Norte de América. Los Acuerdos de

1953, que se encuentran en discusión entre ambas partes precisamente en estos días, no respondieron ni

responden a limitados intereses norteamericanos ni muchos menos españoles, sino a necesidades de orden

general, y desde luego nosotros afirmamos que no tienen sentido, en lo que a la colaboración militar se

refiere, sino en tanto en cuanto subsista para nuestros dos pueblos y para todo el Occidente la amenaza de

una ajena agresión. Ahora, bien, la amistad, entre España y los Estados, Unidos del Norte de América

trasciende los límites de cualquier instrumento contractual, porque está fundada en el mutuo

reconocimiento de los servicios que, aun en esferas de distinta amplitud, prestan ambos países al orden y

a la paz del mundo.

LA PAZ VIGILANTE

En estas coordenadas de nuestra política exterior se ha de situar la adhesión española—partícipe, de las

esperanzas de casi todo el Orbe—al Tratado que el 5 de agosto han firmado los Estados Unidos, la Gran

Bretaña y la Unión Soviética en Moscú. España no siente hacia nadie lo que Churchill ha llamado "el

temor a la amistad", ni mucho menos el recelo de que las grandes potencias nucleares hayan comenzado a

escuchar al fin la voz de la razón; es decir, los deseos expresados por todos, los pueblos de la Tierra y el

mandato de nuestra unánime conciencia moral.

Podemos terminar, por eso, con el ánimo iluminado por unas fundadas esperanzas de paz; con el espíritu

propicio a todos los diálogos, pero asimismo vigilante, porque—como dijo un clásico español, Francisco

de Quevedo—"el sueño es puerta abierta a la guerra y a la cizaña; el desvelo, a la paz y a la seguridad".

 

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