Autor: Fuente y de la Fuente, Licinio de la. 
   Gobernar y hacer política     
 
 El Imparcial.    29/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

GOBERNAR Y HACER POLÍTICA

LA recién nacida democracia está corriendo un serio riesgo de descrédito que convendría a toda

costa evitar, porque, aparte los valores de la democracia en si como forma de Gobierno, un

pueblo no puede permitirse el lujo de cambiar de régimen cada pocos años.

Y el recelo popular está surgiendo por algo que la sabiduría del pueblo traduce en una frase

que cada vez se oye más: una cosa es gobernar y otra hacer política. Que va seguida inmediatamente

de esta otra: ahora se hace mucha política, pero se gobierna poco. Y la gente, que fue con gusto

a votar, y celebró la ocasión que le daban de ser protagonista, y hasta llegó a creerse una parte

del sinfín de cosas que le dijimos en la campaña electoral los políticos, empieza a sentir un

escepticismo, que crece a medida que ve que sus problemas diarios no se resuelven, sino que se

acrecientan.

EL hombre de la calle contempla con los ojos muy abiertos el despliegue impresionante de reuniones,

mítines, acuerdos, controversias, comisiones, ponencias... Nunca se discutió tanto, nunca se habló

tanto, nunca se escribió tanto de temas políticos. Periódicos, revistas, TV... describen cada día,

adobados con los más sabrosos comentarios, las discusiones de los políticos, los encuentros de los

políticos, los acuerdos y desacuerdos de los partidos, la vida y milagros de cualquiera que tenga

un papel en la representación... Y ciertamente, el hombre de la calle se interesa por todo esto, y

a veces, hasta se divierte un poco con todo esto, y le gusta, incluso, sentir la sensación de que

todo esto se hace para que él se sienta más importante. Pero la dura realidad de su empresa, de su

negocio, de su trabajo, de su familia, de su casa... le sacude cada día con nuevos problemas, con

mayores dificultades. Y ahí empieza su recelo, y hasta su malhumor.

PORQUE la realidad es que el empresario se encuentra cada mañana con nuevos problemas en su empresa:

de personal, de créditos, de ventas, de papeleo con la Administración, que no despacha sus asuntos...

Y el trabajador siente que cada día da para menos su salario y que en el taller le complican la vida

con el tira y afloja de cada sindicato... Y el que acabó su carrera, o su formación profesional, o

simplemente, cumplió 16 ó 18 años, no encuentra dónde colocarse... Y el que perdió su trabajo no

encuentra un nuevo empleo... Y el pensionista, ya ni haciendo milagros, puede vivir con su pensión...

Y el que se quiere casar no encuentra vivienda... Y el que se quiere ir de viaje se encuentra con una

huelga... Y cada día, unos y otros se enteran de nuevos actos de terrorismo, de robos, de violencias,

etcétera.

Y claro, el que más y el que menos se pregunta si no sería posible hacer compatible tanta actividad

de los políticos con la solución de los problemas. Y es por ahí, por donde decía yo antes que empieza

a nacer el escepticismo. Y la gente empieza a pensar que se hace mucha política, pero se gobierna

poco. Y siguiendo sus razonamientos acaba echándole la culpa a la democracia.

Y ese es el peligro que se nos viene encima, y a cuyo paso hay que salir, demostrando que en la

democracia los problemas pueden resolverse, y que se puede hacer política y gobernar. Yo diría más.

Para el hombre de la calle, el gobernar, el sentir el país gobernado, es presupuesto de la política,

debe ser el principal efecto de la política. Todo lo demás esta muy bien, pero sobre la base de que se

cumpla con este objetivo primario, sin el cual todos los demás se vienen abajo o se quedan sin sentido.

¿Por qué se está produciendo este fenómeno en nuestro país?

Es frecuente que nos echemos las culpas unos a otros y que, en definitiva, el pueblo entero parezca

que, siendo la víctima, es además el responsable. Los trabajadores echan la culpa a los empresarios,

y los empresarios culpan a los trabajadores; los consumidores a los comerciantes y los comerciantes

a los consumidores; los del campo a los de la ciudad y los de la ciudad a los del campo... En

definitiva, todos. Por esta vía el pueblo español sería el gran responsable. Y no es que diga yo que

no tenemos todos un poco de culpa y que no debemos todos sentirnos responsables y arrimar el hombro

a las soluciones. Pero sería injusto culpar a nuestro pueblo de la difícil, problemática y, a veces,

crítica situación actual.

NUESTRO pueblo es tan formidable, que a pesar de todo, el país sigue en pie, y va adelante. Deseando

encontrar una racha de viento favorable para lanzarse a la ilusión de que un futuro mejor está al

alcance de la mano. No, no podemos culpar al pueblo; que habla mucho, sí, pero que entre quejas y

acusaciones se le va la fuerza por la boca; y es, en su gran mayoría, pacífico, trabajador, moderado

y prudente.

Lo que ocurre es que los políticos no estamos haciendo bien las cosas. Lo que ocurre es que parece

que se nos ha olvidado, que además de la alta política, es necesaria, lo que se llama, la ordinaria

Administración y que, incluso, uno de los objetivos de la alta política es que la ordinaria

Administración ruede fluida y eficaz. A cada español, a cada familia española hay que posibilitarle

la solución de sus problemas diarios, y garantizarle la tranquilidad y la seguridad de su vida; y a

partir de ahí, empezaría a dar crédito a los discursos y a las operaciones de alta política.

PERO nos las hemos arreglado para tener al país en un estado de provisionalidad, reforma y período

constituyente dos años, y lo que colea; para desmontar un sistema sindical sin tener otro de repuesto,

lo que dificulta tremendamente la solución de los problemas diarios de las empresas y el diálogo entre

la Administración y el mundo del trabajo, a la hora de ordenar la actividad socioeconómica; para estirar

el mandato de las corporaciones locales, pero manteniéndolas permanentemente entre la «contestación»

de su representatividad y la ineficacia de su gestión; para sumar y entrecruzar reformas administrativas

con las reformas políticas y con las medidas económicas; para retrasar éstas hasta el límite de lo

soportable... Y el resultado de unas y otras cosas es que la Administración no funciona o funciona a

mitad o a la tercera parte de su rendimiento, tanto a nivel nacional, como a nivel local; que los

expedientes se resuelven tarde, mal y nunca, que no se programa la mejora del nivel general de servicios

de la comunidad y si se programa, no se realiza; que los problemas, en definitiva, se acumulan y la

vida de los españoles se hace más incómoda, más difícil y más insegura.

Porque ocurre también que hemos dejado la calle al aire de los más levantiscos; que hemos confundido

la exaltación de la libertad con los ataques a la autoridad; la generosidad, con la impunidad de los

delincuentes... Y hemos llegado a creer que se puede acabar con la delincuencia y con el crimen con

altisonantes declaraciones de indignación y de condena, declaraciones que no hay rubor en mezclar con

nuevas peticiones de indultos y amnistías para los delincuentes y con la falta de respaldo a quienes

con su vida están defendiendo la nuestra.

Y por ello, el pueblo no se siente gobernado. Está, por supuesto, muy al día de las ideas y venidas

de Suárez, de Felipe González, de Fraga, o de Carrillo; de sus pactos o sus enfados; de si unos se

unen y otros se separan; de las maniobras de las Cortes para ganar o perder una votación; de las

incontables reuniones de comités ejecutivos, comités federales, o asambleas plenarias de partidos

y partidillos, sindicatos dependientes o independientes; de manifestaciones en pro de esto y de

aquello... Pero no se siente gobernado, no sabe dónde va el país, y tiene la sensación de que sus

problemas se agravan en vez de resolverse.

Por ello, aunque todo este ajetreo político le interese (y a veces le divierta), el pueblo empieza

a decir «menos política y más Gobierno». Y seguramente tiene razón.

LICINIO DE LA FUENTE

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