Autor: Sentís, Carlos. 
   Pido a cada uno que me apoye, pase lo que pase, dice De Gaulle  :   
 La autoderminación, añade, es la única política digna de Francia. 
 ABC.    30/01/1960.  Página: 31-32. Páginas: 2. Párrafos: 17. 

MADRID, SÁBADO 30 DE ENERO DE 1960 - EJEMPLAR 1,50 PESETAS

«PIDO A CADA UNO OUE ME APOYE, PASE LO OUE PASE», DICE DE GAULLE

«LA AUTODETERMINACION--AÑADE--ES LA ÚNICA POLÍTICA DIGNA DE FRANCIA»

"Ningún militar, so pena de incurrir en grave delito, debe asociarse, ni siquiera pasivamente,

a la insurrección"

"Ceder en este punto y en estas condiciones sería quemar todos los triunfos que aun tenemos en Argelia"

ABC EN PARÍS: EL JEFE DEL ESTADO NO HA OFRECIDO NINGUNA SOLUCIÓN

CONTUNDENTE EN SU DISCURSO

París 28. (Crónica telefónica de nuestro corresponsal.) En las calles de París se ha hecho algo así como un

repentino silencio a las ocho de la noche: casi todo el mundo ha acudido ante los receptores de radio y

televisión.

Un De Gaulle con el uniforme de gala, que los generales lucen especialmente, en las recepciones

nocturnas, ha aparecido, grave y solemne, ante las pantallas. Una sola condecoración: la Cruz de Lorena.

Pero la cruz que hoy lleva a cuestas De Gaulle es otra. Y mucho más pesada. ¿La mayor que ha soportado

a lo largo de su vida? Probablemente, este hombre, que se arrancó casi solo en la pasada guerra, lo cree o

lo ha creído hasta ayer, primer día de su recuperación moral. A uno de sus ministros, posiblemente porque

se considera ya incorporado a la Historia, le dijo anteayer: "CUANDO UN HOMBRE DE ESTADO

QUEDA APRISIONADO POR UN PROBLEMA INSOLUBLE, HAY QUE BUSCAR SIEMPRE LA

SALIDA MAS HONORABLE. LA MEJOR SOLUCIÓN PARA MI QUIZA FUERA TOMAR UN

AVIÓN PARA HACERME ASESINAR EN ARGEL."

Son varios los testimonios que me llegan estos días de un De Gaulle hablando demasiado a menudo de la

muerte. ¿Influencias también por haber asistido justamente ayer al funeral de su hermano, más joven? Fue

al funeral familiar, pero cumple también con otros actos protocolarios. Sus horarios no han variado, y hoy

mismo ha recibido a su embajador en Londres para hablar de los detalles del futuro viaje que va a realizar

a las vecinas islas. Pero aunque su misma serenidad tenga algo de ultratumba, De Gaulle se nos ha

aparecido esta noche como un hombre con voluntad y espíritu de vivir y de luchar.

"¡Pero no ha señalado ningún ultimátum a los insurrectos:", ha dicho alguien a mi lado, tan pronto la

imagen y la voz de De Gaulle se han apagado en el televisor.

No. De Gaulle no ha ofrecido ninguna solución contundente en su tan esperado discurso de diecisiete

minutos, durante los cuales no ha leído ningún texto ni se ha equivocado—maestro de la palabra—ni una

sola Vez. Ha hablado como un padre severo. Pero no cruel. Ha exhortado más que amenazado. Pero ha

despreciado, sin nombrarles, a los "aventureros"—Lagaillarde y Ortiz—, a cuenta de los cuales

desautorizó a Delovrier, porque en su discurso de ayer el delegado general ofreció su mano para una

reconciliación: "Iremos juntos a depositar un ramo de flores a la tumba del Soldado Desconocido."

Para De Gaulle, Lagaillarde y Ortiz son unos "desconocidos", tanto en vida como muertos, y todo su

exagerado orgullo, que se cifra en un imperceptible movimiento de nariz, se ha manifestado hoy al

aludirles. No ha anunciado contra ellos la preparación de un Consejo de Guerra, como había manifestado

en uno de sus últimos Consejos de Ministros, en oposición a otros colaboradores suyos enemigos de la

mano dura.

Ha suavizado De Gaulle hoy su mano para cobrar—a ellos aludimos exactamente ayer—, en sucesivos

toques (familiaridad, compañerismo, recuerdos, sentimentales), al Ejército de Argel, cuya unidad, a

diferencia de mayo de 1958, no ha podido ser salvada.

Para recomponer el castillo que se le ha desplomado mandó alejar De Gaulle a los puestos de manilo de la

virulenta ciudad de Argel, que hoy podría recordarle al general "La peste", una de las novelas de un hijo

preclaro de aquellas africanas y mediterráneas tierras: Albert Camus.

Para convertir a Argel en un lazareto cíe la insurrección ha retirado De Gaulle los mandos. El quietismo

es siempre lo peor. "Ya que no podría hacerles avanzar—pensaría el presidente—los hago reverdecer." El

Ejército, al comprometerse a no disparar contra los insurrectos, los acreció adrede para contrabalancearlos

frente al Gobierno de París. Su objetivo, si por un lado está cubierto, por otro se ha pasado tanto de raya

que bajo el Ejército, y a los pies de toda Francia, se ha abierto un abismo infernal.

"Ya es hora de reintegraros", les ha venido a decir o a adelantar De Gaulle, dispuesto a repetirlo

individualmente a los oficiales del Ejército en su viaje de la próxima semana a los puestos de mando ar-

gelinos. Esta visita constituye una tercera y complementaria explicación del traslado o emigración del

cuartel general de Challe y de la delegación general de Delouvrier a 35 kilómetros de Argel.

Con mayor o menor responsabilidad—en todo caso indirecta o anterior—implicada en la presente

situación, no por ello es menos cierto que De Gaulle vuelve ahora a interponer su persona para evitar la

crisis total del Estado francés y la secesión, así como en el 1958 evitó él solo la guerra civil. "En realidad,

la aplazó", podría objetar alguien. Pero aplazarla es una forma de evitarla, porque después de una

moratoria puede venir otra.

¿Se logrará ahora todavía una? Pese a eme en las barricadas de Argel cada día amontonan más adoquines,

desde hace cuarenta y ocho horas muchas gentes, por lo menos en París, abandonan su pesimismo, que

conoció el martes pasado su momento más intenso.

Esta noche—se dice—, más del 80 por 100 del Ejército de África obedecería a De Gaulle. Y, según unos

sondeos "gallup" rivalizados hoy, la adhesión de los civiles en Francia metropolitana se cifra en estos

momentos en un 75 por 100.

Las primeras reacciones francesas al discurso de De Gaulle—de Argel todavía no han llegado a la hora de

comunicar— son buenas, sin ser entusiastas. Se aprueba su firmeza en la defensa de la autoridad del

Estado y de la palabra dada a los musulmanes, así como la claridad con que ha desvanecido los equívocos

que se habían forjado en torno a su pretendido abandonismo.

El prodigio que algunos esperaban ,de este discurso no parece haberse producido.

El problema, en el fondo, permanece igualmente planteado. Solamente Jesucristo, cuando los apóstoles

sentían entibiar su fervor—ha recordado alguien—, era capaz de hacer un auténtico milagro.

Carlos SENTÍS.

 

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