Autor: García, Romano. 
 Con libertad y en equipo. La oposición. 
 Oposición y revolución     
 
 Índice.     Página: 9-10. Páginas: 2. Párrafos: 17. 

CON LIBERTAD Y EN EQUIPO

Hace dos meses debatimos el tema de esta sección, pensando publicarla en el número antecedente. (Luego no cupo.)E. García Luengo, que nos acompañaba, sugirió «La Oposición», y todos aceptamos; si bien faltan a la cita Iván Tubau, que no estaba, y Armando Puente, que no escribe.

Hemos decidido esta vez, dada la índole del asunto, incorporar otras voces, bien pidiendo un juicio de primera mano a Salvador Pániker, M. Cantarero del Castillo y J. C. Curutchet, bien tomando otros, ya publicados —y que nos ha sido indispensable resumir—, de J. L. Aranguren, M. Blanco Tobío y J. M." Pemán, citados por el orden que el lector ha visto en las páginas que anteceden, y citado también, en cada caso, el periódico que los publicó. Quizá sólo falte añadir que «abrimos boca» con un dibujo de Máximo, ideado por el sagaz y tierno dibujante para esta ocasión y para ÍNDICE. Ahí queda, pues, el tema, en´si candente. Todo añadido huelga. Con palabras de Rubén: «Toda otra•exégesis eludo.»

LA OPOSICIÓN OPOSICIÓN Y REVOLUCIÓN

OPOSICIÓN «FORMAL» Y OPOSICIÓN «REAL»

Cada cosa es ella misma y su contraria. «La cosa es un ser-para-sí..., pero este mismo ser-para-sí es tan sólo un momento, que no hace sino desvanecerse y trasponerse en su contrario, en el ser-para-otro» (Hegel). La regla ha de aplicarse también a los sistemas políticos; cada sistema engendra su propio contrario, su opuesto, su oposición.

Esta exigencia ha sido tan institucionalizada en algunos países que se ha vuelto algo inerte de tan pacífico, se ha convertido en algo «formal» —mero vocabio antitético—. Es el caso de Inglaterra. La contrariedad —la oposición— ha desaparecido prácticamente. Aunque Inglaterra es un caso excepcional, algo parecido habría que decir de los demás países, ya que las instituciones representativas están en evidente decadencia. La oposición «real» hay que buscarla fuera del Parlamento. En los Sindicatos —en el proletariado, para decirlo de un modo más radical— y en los «grupos» que le sirven. Este cambio en el sujeto de la oposición implica un desplazamiento en el objeto o «blanco», que ya no será el Estado, sino la base socioeconómica a la que sirve el sistema político.

OPOSICIÓN Y COLABORACIÓN

Ahora bien, los Sindicatos se limitan normalmente a una política reivindicatoría que respeta el sistema establecido. Se trata, en general, de un diálogo, especie de mezcla de oposición y colaboración. Se debe a que la política reciente del capitalismo ha tendido a reducir la tensión existente entre la clase detentadora del poder económico y ¡a proletaria.

Naturalmente, este fenómeno es propio de los países desarrollados, en los que la lucha del proletariado sufre un gran «handicap»: por una parte, la corrupción^ que implanta y «distribuye» el capitalismo; por otra, la moderna estnlcTuracion de lánrRTpresa-caTrttaiista —lo que Galbraith ha llamado «la tecnostructura»—, la cual implica una identificación de sus participantes con ella. La participación —y su correlativa identificación— se distribuye y va creciendo en una serie de círculos concéntricos: los socios corrientes, los grandes accionistas y, más hacia el centro, los obreros de la producción, los capataces, vendedores y personal de corbata; luego, los ingenieros, científicos y especialistas, y, en el centro, los funcionarios ejecutivos y la gerencia o el management superior.

Los socios corrientes no pintan nada en la empresa moderna. Los grandes accionistas se guían por alguna motivación: la pecuniaria; pero apenas deciden; se les preparan fiestas para hacerles creer que son los propietarios, mas ellos no se llaman a engaño.

En el obrero decide, primeramente, la motivación pecuniaria, pero intervienen otras motivaciones: goza de relativa seguridad, se siente ayudado por la técnica y la automación; por otra parte, al vivir en cotidiana e inmediata asociación con la empresa, se siente identificado en alguna medida con ella: se siente «el hombre de la General Motors, de la Ford, de la General Electric».:. Conforme se aproxima uno al centro y al top management, la motivación pecuniaria cede ante las otras motivaciones, y van creciendo la ilusión de que la empresa hace por él más que él mismo, la ilusión de acceso al poder, la ilusión de vivir en un miniuniverso —con sus luchas y rivalidades— en el que puede influir. Los fines individuales van siendo sustituidos por los de la organización.

OPOSICIÓN Y REVOLUCIÓN

A pesar de todo esto, a pesar de haber disminuido la tensión, el proletariado no l>|a desaparecido. La supuesta «socialización» del capitalismo, aunque proporcione bienestar y ocio a los trabajadores, no resuelve el problema esencial: la deshumanización. En los países capitalistas sigue teniendo «razón-de ser» la oposición y la lucha. Así lo prueban los sindicatos franceses, según André.Jeanson, y también, según André Gorz, la C. G. I. L. (Italia) y la F. G. T. B. valona (Bélgica): luchan por la desaparición del sistema establecido. Se trata, pues, de una oposición revolucionaria.

Si definimos al proletariado como «el conjunto de hombres que viven en la dependencia y en la inseguridad y que son víctimas de las des* igualdades sociales» (Chombart de Lauwe), hay que reconocer que el capitalismo no ha conseguido la extinción del proletariado. A lo más, habría que admitir: un nuevo capitalismo segrega un nuevo proletariado, una nueva deshumanización, pues el trabajador sigue afectado por el «no-tener» y por el «no-ser».

Por eso me parece correcto este razonamiento del P. Yves Calvez: «La cristalización política de la burguesía (la concentración del poder político, económico y financiero en manos de la burguesía) entraña la cristalización del proletariado. De esta forma, la lucha y la oposición que caracterizan al proletariado desde el punto de vista político, son esenciales al proletariado.» La «socialización» capitalista no resta validez a este argumento.

De lo que se trata es de que la clase trabajadora cambie el afron-tamiento y la estrategia, frente a un enemigo que ha «renovado» sus contradicciones.

OPOSICIÓN Y SUBDESARROLLO

El fenómeno que acabo de describir es más radical en los pueblos subdesarrollados y, en parte, también en los en vía de desarrollo, donde el proletariado posee las características con que lo describió Marx —el despojo absoluto, que lo capacita para la revolución— o Simone Weil —la ausencia total de deseos, excepto el de pervivir—. Aquí la oposición se desenvuelve como estricta lucha de clases.

LA OPOSICIÓN EN ESPAÑA

Hemos leído con frecuencia en la prensa que, después de la Ley Orgánica, en España no es posible una oposición legalizada, estructurada. Nadie lo duda. Pero eso no significa que no haya oposición. La hay.

Existe una oposicion "formal" en el seno del regimen, cuyos grupos de poder se «contrapesan» o son obligados a contrapesarse: Opus Dei, Falange burocrática, cierto sector de la democracia cristiana, monárquicos...

Y hay una oposición «real»: marxismo, izquierda católica con los sacerdotes jóvenes o posconciliares, algunos grupos de la democracia cristiana —marcadamente los jóvenes—; y algunos consideran «aprovechable» el sector izquierdista de la Falange, en el que ven ciertos brotes de socialismo.

De esta oposición «real», el grupo más organizado es el marxista, pero quizá el más eficiente v de más calado sea eLde los curas jóvenes con la izquierda, católica (por intervenir menos en el «juego» político, por recurrir a argumentos más sencillos y directos, como son los de índole religiosa y moral); bajo su actuación, a veces algo demagógica, late esta intención: j-v.si-a.uar de la oligarquía económica española y de las estructuras que la sirven aquellos va4eVes cristianos —justicia, libertad— con los que se escudan.

La misma Iglesia reconoce hoy que el constantinismo constituye una «alienación» de los valores éticos y religiosos que ella introdujo en la civilización occidental.

Pero, menester es reconocerlo, esto lo hizo, en parte, «presionada» por el socialismo y eí marxismo, cuya ética —velada por el lenguaje socioeconómico— se propuso «realizar» aquellos valores humanísticos (cristianos) cuya realización prometían, pero NO CUMPLÍAN los Estados capitalistas, a pesar de que la era industrial les proporcionaba unos medios excepcionales. ¿No proviene de esto parte de la fuerza del marxismo?

LOS CURAS JÓVENES están en la oposición «real». Por eso son tachados" de: «nereticos» por la clase dominante y sus servidores: «no creen en Dios», «son comunistas»... Y piensan que Roma, si no los alienta, tampoco los desautoriza. ¿Por qué? Porque piensan que, cuando lo permitan las condiciones políticas y económicas, será esa la conducta normaí del catolicismo español. Tienen conciencia de que la meta de su lucha está ya inscrita en el porvenir o, como se suele decir ahora, es irreversible.

ROMANO GARCÍA

 

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