Autor: Fernández Figueroa, Juan. 
 Con libertad y en equipo. La oposición. 
 Lo verosímil     
 
 Índice.     Página: 11-12. Páginas: 2. Párrafos: 17. 

LO VEROSÍMIL

Lo que diga aquí ha de ser escueto. Dejo para otro día —con más espacio— el porqué de mis razones: ía explicación.

1. La oposición se opone y oposita, a la vez. ¿A qué se opone? Al "«poder constituido», que es su meta. Luego no ataca al poder en sí y porque sí, sino en sus defectos y para suplirlo. Poder y oposición, en un país donde existe democracia de base —a saber: libertad y nivel de vida en desarrollo—, son vasos comunicantes. No se excluyen, antes bien, se «necesitan», se completan. Trátase de un «pacto» que consiste en un reto.

—Tú me exiges —dice el poder— y yo te concedo ("me" sirvo de ti,), con tasa y medida.

—Tú me niegas —dice la oposición— y yo te pido (me entreno "en" ti), con prisa, con riesgo.

No hay que dejar a la vida que se duerma. No hay que consentirle que se desboque. Este es el juego de tensiones. Poder y oposición buscan un equilibrio —el de la paz y el bienestar— y se desafían a obtenerlo. Con un acuerdo tácito, lógico. El poder encarna la tesis: lo rea!, y la oposición su antítesis: lo ideaí... La oposición es, de suyo, profé-tica, en el sentido ético y cronológico de la palabra: se anticipa y censura. Y así cumple su cometido. Nada es más necio que la crítica por sistema, ni nada tanto como el elogio vicioso. De ambos males muere un país.

(En las naciones donde la justicia económica no se cumplió —o sea, sin democracia básica, con libertad ficticia—, la «dialéctica» acaba en un baño de sangre... Pues la antítesis se desenvaina como un sable contra la tesis del enemigo. Al revés que ocurre en las sociedades con suelo democrático, donde poder y oposición son dos premisas —una añadida a la otra— del silogismo político. Poder y oposición «debaten», pero no se baten y, menos, se matan. La oposición se opone de modo mecánico y lícito al poder, no le disputa su derecho a ejercerse. Equivaldría a negar su propio porvenir...)

2. Y aquí tocamos el punto flaco de la oposición. Basta que el poder se mantenga sensato —progresivo— para que sobreviva. Con un gobierno constituido razonable, la oposición nunca subirá a! poder. Han de darse dos condiciones, simultáneas, que modifiquen esta ley.

UNA: que el poder seque su raíz, no reverdezca ni evolucione.

DOS: que la oposición acredite su capacidad de gobierno, antes de tomar sus riendas, desde la «profecía», como quien dice.

Si el poder lleva en sí gérmenes vitalizantes, renovadores, la oposición languidece. Es más: casi se queda sin «papel».

Y otro tanto ocurre cuando la oposición cae en espejismo, y ataca o denuncia lo que no debe: «profetiza» en vacío... (Su pueblo la desoye.)

Deben darse, insisto, dos supuestos, a fin de que la oposición sustituya al poder: que éste se equivoque, que aquélla atine. Y no es fácil. Pues el poder invoca lo real, lo existente. Y basta que mueva un dedo hacia lo posible —meta de la política— para que lo ideal se aleje... No es que huya ni se oculte, es que se hace menos deseable; no apremia. Pues el hombre tiende a conformarse — descontento— con lo que puede, que es lo verosímil... (Pájaro en mano.) Lo utópico le atrae cuando lo evidente es injusto, invivible, insostenible.

3. A un poder con mediana lógica ¿quién le desanuda sus razones? ¿Y para qué? Tarea doble rehilar de nuevo el tapiz.

Ante el poder, la oposición ha de esgrimir una razón suficiente; no le basta con poca o bastante, la necesita toda.

Y ante la oposición el poder tiene que mostrar con obras que utiliza la razón necesaria. (Una razón germinativa que sirve hoy en vista de que prevé también su mañana y a él provee. Pobre razón la que no se deslía como un silogismo en el tiempo.)

El poder se consume, acaba cuando establece el desorden de lo inerte, y no mientras sostiene —a costa de lo que sea— el orden dinámico o progreso vital; que es más y abarca más que el simple nivel de vida. (Y es que ésta, la vida, no «ahija» su caricatura, ni en ella se reconoce.)

Nunca vence por sí sola la oposición. El poder la aupa —con su inopia—. Y todavía, llegado el caso, ha de ser realista la oposición, sabia en los últimos peldaños de su acceso al gobierno. ¿Cómo? Haciendo coincidir su utopía (la premisa segunda o «moderna») con lo verosímil...

Pues lo ideal, lo profético va a coincidir en seguida, un instante después —en el último tramo—, con lo verídico, lo reaí.

Así únicamente cae el poder en manos de la oposición.

J. FERNANDEZ FIGUEROA

 

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