Autor: Aranguren Egozkue, José Luis. 
   Poder, oposición y neotacitismo     
 
 Índice.     Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

PODER,OPOSICÍON Y NEOTACITÍSMO

COMO era de prever, el Referéndum ha condicionado la política dei Gobierno español en 1967. Ahora bien, ¿se han realizado las promesas que encerraba la Ley Orgánica —una evolución hacia formas más democráticas y el mantenimiento de la disyuntiva Monarquía o Regencia—? La primera de ellas no se mantuvo: «la reiterada repulsa de entrada en el Mercado Común y hasto la decisión lomada contra el primer anteproyecto de Ley de Libertad Religiosa, limitaron el efecto de la Ley Orgánica al reequilibrio entre las fuerzas de los grupos afectos al Régimen y a la conversión en involución de la soñada evolución». Esto ha sido posible porque se ha interpretado que el sí masivo del Referédum era un si al Régimen. Pero ¿qué es el Régimen?

Desde su origen, el Régimen se ha identificado con el Movimiento, palabra que tiene dos acepciones: la unión de los españoles —de una mayoría, según se desprende de los resultados del Referéndum— bajo la dirección de Franco; la unión de diversos grupos políticos contra los enemigos del Régimen. Esta segunda acepción ha sido desechada al transformarse en las Cortes la Ley sobre el Consejo Nacional en Ley del Movimiento, y al definirse éste no como comunión, sino como organización. lo cual supone que el Movimiento no es sino F.E.T. y de las J.O.N.S. El objeto de esta «regresión» es restablecer el equilibrio entre los diversos grupos políticos en el Poder, y facilitar el juego de la «oposición» entre los mismos. , Pero existe otra oposición.

LO que pasa es que, suele agregarse, aparte de ser militantemente poco numerosa, está completamente dividida, hasta la atomización, y, por tanto, es incapaz de ofrecer seriamente una alternativa. Pero ¿por qué esa atomización? ¿A qué se debe? La Oposición no puede estar integrada porque, en su mayor parte, no es ella misma una Oposición entera, enteriza, firme y sabiendo lo que quiere y cómo lo quiere. Pero nótese que no estoy haciendo ningún reproche de confusión doctrinal, incompetencia, indecisión´, inoperancia ni nada por el estilo. La cosa es más honda. Descartada como está a los ojos de todos la violencia, todo el mundo se ve empujado por la fuerza de las cosas a una Situationspolitik (doy a la expresión un sentido afín al de la Situationsethikj: una política en la que los principios son reducidos al mínimum, por ser considerados como «abstractos» y se aspira a que aquélla se ajuste, como el guante bien ceñido a la mano, a la concreta situación histórica de cada momento. De cada momento, sí, porque la situación política ha sido vivida siempre, a lo largo de estos años, como en transición; y sobre ser de hecho, en mayor o menor grado, cambiante, la constitutiva ambigüedad es su nota más característica. De ahí que la voluntad de aprovechar en cada coyuntura todas las posibilidades operativas, conduzca a que nadie tenga una posición firme, determinada, entera, a que el simple transcurso del tiempo abra un interrogante sobre la cuestión de dónde estarán ahora los demás y a que el propio observador-actor, igual que el viajero de un tren con otro tren al lado, no sepa en ocasiones cuál es el vehículo que se pone en movimiento o si ambos se están moviendo a la vez.

A algo en estrecha relación con esto, al regimiento no por principios (por «summas»), sino por lo que caleidoscópicamente va dictando cada situación (por «aforismos» y «conveniencias»), y refiriéndolo por modo expreso a Enrique Tierno, es a lo que Juan Morichal ha llamado oportuna y agudamente neatacitismo. Yo creo que, si no como Tierno, según Morichal, en la doctrina, en la realidad, todos somos hoy, en mayor o menor medida, tacitistas, es decir, además de todo lo anterior, y aun a pesar nuestro, semímaquiavélicos: hombres a la espera, que ciframos nuestra intención, para decirlo con Gradan, ocultamos nuestro juego, nos enmascaramos. Pero ¿se trata de un enmascaramiento? ¡No ocurre, más bien, que politicamente no puede haber hoy rosfros, sino solamente máscaras? Este vivir políticamente enmascarado, si en efecto se da en iodos, ha de depender de la situación en que todos nos encontramos. El neotacítismo aparece así como un rasgo constitutivo del comportamiento político español, que trasciende toda inclinación o falta de inclinación personales a la «doblez» ético-politica, toda mala 0 buena fe individual.

POR supuesto, y por cuanto vengo diciendo, este neotacitismo es un rasgo común a la Oposición (del que participa el Poder), con la excepción, tal vez, de algunos políticos de la oposición exterior, que, simplemente, no han tenido ocasión de aprender las «reglas del juego», y de algunos inoperantes, anacrónicos integrtstas. Los demás —v no menos los Que carpíamos He ambición política — estamos incursos. queramos o no, en neotadtisma. En efecto, pasemos revista rápidamente a los distintos grupos.

Los católicos posconciliares, en cuanto «progresistas», son continuamente denunciados, de abierto modo o con reticencias, como semimarxistas, «marxistes cristianos» o filocomunistas, denuncia de la que no pueden defenderse adecuadamente, so pena de caer en lo que a toda costa quieren evitar, el «anficomunismo». Pero lo que nos importa más no son las malévolas acusaciones, sino el medio ambiente en el que están inmersos y la imagen social de si mismos que, inevitablemente, proyectan, imagen sin perfiles netos, confusa silueta. ¿Dónde están, políticamente, estos «católicos de izquierda», estos «curas jóvenes»? Imposible determinarlo con una cierta precisión. Ellos mismos no lo saben, ni siquiera — característica general— creen posible, por ahora, decidirlo: dependerá de las situaciones concretas y de las posibilidades operativas que aquéllas abran.

LOS demócratas cristianos oscilan entre la posición anterior, con la que, si son jóvenes, a los efectos prácticos se identifican el centrismo de la democracia cristiana clásica, la residual influencia de la antigua CEDA y hasta una lealtad personal a la «imagen paterna» del Jefe del Estado.

¿Y muchos miembros de la jerarquía eclesiástica española? ¿No es constutivamente tacítista su forzosidad de decir «sí» al Concilio y, a la vez, el no poder aplicar sus directrices en todo lo que ellas políticamente connotan o implican?

¿Qué decir de los marxistes? Hay «marxistes monárquicos», hay una forma burguesa de marxismo, hay los socialdemócratas, los comunistas ortodoxos, los heterodoxos y los de nuevas ortodoxias, los que tienden la mano a los católicos y ios que todavía se muestran incapaces de controlar sus antiguos reflejos anticlericales. En amplios sectores, especialmente juveniles o con voluntad de juvenilización, el marxismo es una postura de moda, que guarda escasa correspondencia con la instalación real en la sociedad y con las expectativas rea/es de tales «marxistes». Mas, por otra parte, sería erróneo tomar a la ligera este tipo de «juegos»: al «aprendiz de marxiste» puede ocurrirle como al «aprendiz de brujo». En cualquier caso, y esto es lo que nos importa aquí, ninguno de esos marxistes esfd en un lugar bien determinado: la mayor parte de nuestros comunistas pide la implantación en España de la democracia formal; la existencia de un marxismo burgués, y hasta aristocrático y plutocrático, es patentemente ambigua, etc.

ESTE tacitismo se extiende también a los grupos que componen el Régimen. Así, los falangistas gustan de representar el papel socialmente más avanzado—«el socialismo de los llamados falanaistas de izquierda podría algún día autentificarse»—; los tradicionalistas jóvenes defienden «otra» tradición, socialmente progresiva; una fracción del Opus Dei se «liberaliza»...

En lo que respecta a los periódicos, «el confusionismo que en su época más brillante, y ya pasada, ha estado sembrando el diario Pueblo ha constituido la obra maestra del tacitismo falangista»; «el periódico tradicionalista más conocido, El Pensamiento Navarro, dedica en la actualidad algunas de sus columnas al relato de las entrevistas celebradas por sus redactores con personalidades notoriamente izquierdistas del mundo intelectual»; «ABC es un ejemplo de rudimentario neotacitismo», y algo análogo ocurre con «la nueva significación del diario Madrid».

En suma, «el neotacitismo es la nota común y fundamental del comportamiento político español, real y verbal. Y lo es, porque la ambigüedad en que el tacitismo se basa está inscrita, nos guste o no, en la actualidad política española, en su juego». «Se trata de algo así como un juego de la gallina ciega en el que la ceguera, los ojos tapados, se extendiese a todos los jugadores. Nadie sabe dónde está nadie, no ya los demás, pero ni tan siquiera uno mismo. Todos se mueven a tientas en un campo de fuerzas cuyo control se les escapa, porque desconocen el sistema y sus leyes..., porque la impredecibilidad define la situación misma.» «España, o la historia de una inseguridad», podría decirse.

JOSÉ LUIS L. ARANGUREN

«Cuadernos para el Diálogo», junio-julio 1967.

 

< Volver