La oposición     
 
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LA OPOSICIÓN

El artículo de Blanco Tobío en «Arriba» comienza con una interrogante: «¿Es posible la oposición dentro del sistema poli-tico español vigente?» Para contestarla, afirma «que cada sistema político genera su tipo de oposición; probablemente, la que el mismo sistema hace posible y puede digerir», pasando revista luego a diversos tipos de oposición y señalando que el modelo británico —único donde la oposición está institucionalizada— parece fascinar a los liberales españoles, quienes no advierten que «la leal oposición deS.M. se asienta sobre dos premisas: una, la lealtad al sistema; otra, la rotación de partidos en el Poder».

«No vemos —prosigue— cómo ese modelo británico podría funcionar bajo el actual sistema político español. El razonamiento es simple: los partidos políticos han sido eliminados de nuestro sistema por una ley de rango constitucional: la Orgánica del Estado. Esto invalida la premisa de la existencia de un partido político en la oposición como rueda de recambio. Y esta premisa no podría ser restablecida sin eliminar la otra, la de la lealtad al sistema, que — lo repetiremos— excluye los partidos políticos.»

El modelo norteamericano, en el que el Poder lo representa la Presidencia de la República, y la oposición el Congreso, aunque el Presidente y la mayoría en el Senado y la Cámara de Representantes pertenezcan al mismo partido, parece, en cambio, más apropiado a nuestras circunstancias, dice M. B. T.

«Si prescindimos del modelo británico, que, como hemos visto, no es único ni mucho menos, aunque sí el más incomunicable de todos, y si suponemos que todo sistema genera su propio tipo de oposición, ¿qué clase de oposición hemos de esperar del nuestro? En nuestra opinión, si estamos formalmente próximos a algún modelo, es al americano, y esto en un solo sentido: en el de que los polos de diálogo político sean, de un lado, el Gobierno, y de otro, las Cortes, articulándose este diálogo sobre algo que está en nuestro orden constitucional: el contraste de pareceres. A esta articulación del diálogo a niveles de Gobierno-Cortés se refería el Jefe del Estado en su discurso del 18 de noviembre, cuando decía: Queremos unas Cortes eficaces, ágiles, estudiosas, con un gran sentido de sus derechos y de sus deberes, dispuestas siempre a ejercer con alteza de miras y con aguda inteligencia su labor de fiscalización y de creación de la vida política.

El diálogo entre los Poderes ejecutivo y legislativo, así concebido, habrá de transportar, juntamente con la cooperación y el consensos mutuo, exigidos por una tarea común, lo que constituye categoría y no anécdota de la oposición: la crítica, el con/ras/e de pareceres, esa labor de fiscalización a que se refería el jefe del Estado. De esta manera quedará preservada la lealtad al sistema, y una oposición emanada de él mismo, de su funcionalidad, no de la imitación de un modelo extraño, lógicamente basado en otro sistema y en otros supuestos.

La plural composición de nuestras Cortes promoverá espontáneamente el contraste de pareceres y la acción fiscalizadora, o sea los factores constructivos de la oposición, marginando los factores negativos, entre ellos la lucha partidista por el Poder, por entrar en el turno de rotación, causa de tantas crisis intempestivas y de tantas inestabilidades políticas...»

«La esencia de una democracia es la separación e independencia de los Poderes ejecutivo, legislativo y Judicial, esta es su auienficídad Je estructura. La oposición, institucionalizada o no, es materia de funcionalismo. Juzgar la autenticidad de una democracia por factores no de estructuras, sino de funcionalismo, es una frivola inversión de valores. No incurramos en ella. No juzguemos la virtualidad de nuestro sistema por la forma en que se articule el contraste de pareceres y la acción fiscalizadora, porque esto, a la altura que estamos de nuestro desarrollo político, habrá de manar espontáneamente del sistema, nunca al revés.»

MANUEL BLANCO TOBIO, en «Arriba»

 

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