Oposición y dolor     
 
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OPOSICIÓN Y DOLOR

«Lo que ocurre es que los españoles hemos sido invitados desde el podio de nuestra vida pública, estricta y escarmentadamente dirigida, a construir unas instituciones representativas. Pero para que esta construcción sea eficaz se necesita configurar dentro de ella una oposición. Esto se dice con facilidad, pero ya se comprende que es una de las tareas más paradójicas que los seres humanos pueden emprender esta de construirse su propia oposición. Basta acordarse de los rótulos que etiquetan las reclutas oponentes en los diversos países y estamentos civilizados para darse cuenta de lo artificioso que es este virtuosismo político de elaborarse obstáculos. Así, en Inglaterra se dice la oposición de Su Majestad. Pero es rótulo bastante convencional, porque precisamente de lo que se trata es de proveer al juego político de una herramienta crítica que se pueda oponer a todo menos a su Majestad.»

Habla luego Pemán del «abogado del diablo», eclesiástico que suministra un contrapeso de oposición dialéctica a los expedientes de canonización, y prosigue...

«No pensemos, pues, que los españoles que ahora estrenamos representatiyidad vamos a lograr insertar en nuestro juego institucional una verdadera oposición, una facilidad legal concedida al diablo. No parece humanamente posible. Una auténtica oposición es algo punzante e hiriente. Sería necesario introducir en el área institucional política esa auto-objeción, esa inseguridad y amargor que algunas veces aloja en sí nuestro complejo psicológico en esos días en que decimos: No me puedo aguantar a mi mismo. La verdadera oposición no se logra hasta que se aguanta constitucionalmente algo vitalmente inaguantable.»

Alude seguidamente el colaborador de «ABC» a las numerosas elecciones que han tenido lugar en los últimos tiempos, y se refiere a «los compañeros y conmilitones de una misma empresa nacional (que) están haciendo de diablos domésticos y opositores requeridos».

«Uno tiene suficientes anos y suficiente escarmiento acumulados para desear de verdad que los españoles todos y la juventud toda se sientan tranquilizados por esa ancha función de colocaciones, reiteraciones, subidas y bajadas de personas conocidas. Le entra a uno la duda: ¡bastará? Porque los españoles salimos, con larga salida férrea e inteligentemente conducida y vigilada, de una guerra civil. Hubo una oposición material y bélica que necesitó tres años de tenacidad armada para ser anulada. ¡Bastará con nuestros opositores interiores, con nuestros abogados del diablo caseros para montar una suficiente oposición legal, con cauces y desagües suficientes para un juego limpio?»

Comprendiendo que no todo depende de la juventud y de la antigua oposición, se pregunta Pemán:

«¡Somos los de 1939? Nuestro modo de hablar o escribir, nuestras acogidas a otros nombres y cosas, la remoción de tópicos o tabúes, las rutas abiertas para bailar o jugar, y luego para comprar y vender como quien entra en un convento que ayer era de clausura, nos hacen ver un panorama del todo distinto ¿Tendremos que partir del dogma de que nosotros hemos evolucionado, pero los otros no? ¡Es seguro —contesten los que lo sepan—• que la oposición de S. M. lo que quiere, lo que sigue queriendo, es el darnos el paseo o quemar la parroquia de la esquina? ¡Es seguro que el diablo nos quiere embestir con los cuernos y no está dispuesto a nombrar abogado?»

«Calculo que todo esto es convicción de clavo pasado en las mentes que van constituyendo el futuro español. Ellas, eficacísimas en el freno, lo serán también en el acelerador.»

Y tras hacer unas consideraciones sobre la rapidez con que se tomó la medida de devaluar la peseta, y contar el chiste del león que se instaló en la portería de un organismo público y cada mañana se comía un funcionario, el escritor concluye:

«Es demasiado pronto para darse cuenta de si todo esto tiene ya un instrumento legal para lograrse. Acaso todo dependa de los reglamentos y costumbres que se implanten en la cima parlamentaria del país... Habrá que hacer podas rigurosas; establecer contribuciones dolorosos; modificar instalaciones confortables. O sea: habrá que hacer cirugía, lo cual requiere la anestesia que proporciona la presencia y testimonio de los opositores.»

JOSÉ MARÍA PEMÁN, en «ABC»

 

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