Autor: Cano Hevia, Juan Luis (CANEVIA). 
 La democracia como disyuntiva. 
 Democracia y totalitarismo     
 
 Ya.    22/04/1973.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

La democracia como disyuntiva

DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO

EL ser humano es limitado. Sus posibilidades creativas no pueden rebasar ciertas "marcas" esenciales, que .en Jo político fueron alcanzadas ya hace muchos sigilos. Digo marcas esenciales, porque tan evidente como nuestra limitación-natural parece ser la variabilidad continuada de las situaciones históricas, que a veces nos induce a creer que estamos viviendo o creando algo absolutamente nuevo. Tal creencia es intelectualmente imperdonable, y en mi opinión desacredita en su base a todos los movimientos totalitarios y seudototalitarios de nuestro tiempo, que ya se puede asegurar serán consideradas en el futuro como uno de los factores de desconcierto e inestabilidad del siglo. Su común denominador ideológico es que se creen en posesión de la verdad, que "no aceptan deba competir con el error". Ellos, como algunos creyentes que también usaron y usan a su capricho de esas y otras expresiones, no "parecen comprender que la verdad (y esto ya lo explicó San Agustín) carece de sentido para los hombres si no está referida a su antítesis (el error). como lo alto sólo lo es si se refiere a lo balo.

Con lo anterior se quiere decir que una de las dimensiones de la verdad humana (contingente) es el error.

Limitándonos a la verdad política y social, está claro que no es inmóvil; se genera continuamente y sólo tiene una forma posible de generarse: la dialéctico-existencial. A la verdad político-social le es aplicable lo que el Concilio Vaticano II dijo de la paz: "No es algo que ge haga de una vez para siempre, sino un continuo quehacer."

La verdad política no podría existir en el imposible supuesto de que por procedimientos coercitivos se eliminara el error. Y no podría existir por impensable. La consecuencia apodictica de esto es que la verdad que puede florecer en. un sistema político-social depende fundamentalmente de la libertad y posibilidades de crítica que el sistema ofrezca (voluntariamente o a su pesar). Esta ha sido siempre la gran baza teórica de la democracia. Insistiremos en el hecho de que en el terreno teórico la democracia verdadera nunca s« ha presentado a sí misma como síntesis de perfecciones (caso típico de los totalitarismos ideológicos), sino como principio o posibilidad de mejoras de diversos órdenes. El ideario teórico del demócrata no viene a ofrecer la verdad, sino un terreno de cultivo en el que pueden florecer y perfeccionarse muchas más verdades que en cualquier otro. Naturalmente, con las verdades florecen sus antítesis. Pero no debemos confundir nunca nuestro dilema político teórico, que no es ni puede ser entre verdad y error, sino entre formas de sociedades en las que caben ambos: las -humanizadas al máximo y las animalizadas también al máximo.

LO que se acaba de señalar es conveniente recalcarlo en nuestro país, en el que siempre hubo (y supongo que sigue habiendo) muy pocos demócratas verdaderos. La razón de esto, según algunos sociólogos extranjeros, es que aquí se desconoce, la democracia. Igual que hay quien entiende la libertad (para ejercerla o para atacarla) como libertinaje, gran número de "demócratas" hispanos creen que la democracia es la perfección política en sí misma, cuando no es más que una problemática vía hacia la máxima perfección política práctica aleanzable.

Naturalmente, con esa visión de la democracia, en enírentamiento con 3i realidad produce en muchos hombres una gran desilusión. Esa desilusión de los simplistas ha tenido que ver con la gesíación de esos movimientos .totalitarios fascistas y militaristas que han proliferado en nuestro siglo. Tales movimientos devienen reacciones contra !a libertad (pretextando antilibertinaje) y contra la democracia (pretextando antidemagogia). No comprenden los totalitarios que la "novedad" que ellos ofrecen es esencialmente vieja, aunque en su manifestación accidenta] (actual) les parezca nueva. Porque lo que diferencia esencialmente los sistemas políticos no es el programa u objetivos inmediatos (reivindicaciones políticas, territoriales, sociales, etc.) que la mayoría de las veces pueden ser transferidos de un sistema a otro, sino el modo de acción (la política es, ante todo, acción) y en el modo los totalitarismos son la versión moderna de la tiranía griega, el cesarismo romano o el absolutismo renacentista. No es casualidad que en los sistemas totalitarios prolifere, por ejemplo, el "culto a la personalidad", que tantos puntos de contacto presenta con las antiguas deificaciones de déspotas y dictadores tie Grecia y Roma, o con las de los monarcas absolutos modernos. Incluso en los casos aislados en que el totalitarismo no esconda sus "miserias" tras la figura d« un dictador individual deificado, las tiranías colectivas totalitarias (por ejemplo, las de las "secretarias del partido") tienen (Continúa en pág. siguiente)

(Viene de la página anterior) Democracia sus antecedentes de excepción en otros tiempos (recuérdense los "Treinta Tiranos" de Atenas). De aquí que no resulte inoportuno referir el segundo artículo de esta serie al pensamiento de la antigua Grecia sobre el tema. Ese segundo articulo se titulará "Aristocracia y democracia".

CANEVIA

 

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