Autor: Maverick, Ángel. 
   Los profesores alteran el orden     
 
 Madrid.    29/05/1971.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Los profesores alteran el orden

Desde hace algún tiempo, mi buen amigo Amando de Miguel viene avisando de una probable translación del eje sobre el que van a girar los problemas de orden público. En el último siglo, ese eje se situaba en la relación laboral patronos-obreros. Tanto han aprendido unos y otros, que es fácil hoy llegar a un acuerdo.

Los conflictos se pueden solventar muy bien cuando la lucha de Intereses ha dejado una buena parte de los simbolismos y se puede traducir en unidades tan mensurables como son los dineros.

Hoy, como siempre, los conflictos se localizan allí donde, a la cuestión de intereses, se añade una cuestión de principios. Los principios no pueden sujetarse a particiones. O todo o nada. Surge entonces la violencia, la amenaza al orden público.

El ámbito más propicio para que se polaricen hoy los conflictos sociales es el de la organización de la vida urbana, con todos sus servicios. La segregación de viviendas, el transporte, los servicios educativos, ahí es donde van a tener que vigilar las autoridades. Los cargos políticos tendrán que arriesgarse en la resolución de estos problemas.

La educación como campo de fuerzas

Me interesa señalar, por su especial gravedad, una singular fuente de tensión: el campo educativo. Por de pronto, son los estudiantes los que orean más problemas. Pero no va a ser éste el problema más ¿revé, entre otras razones, porque *e pasa demasiado de prisa por el estadio estudiantil. Los estudiantes no son siempre los mismos; de ahí que "el eterno estudiante" es el que en toda* paites, temen las autoridades académicas. A veces uno te pregunta si éstas han pensado alguna vez en la mecha revolucionaria que encienden con eso de la "educación permanente", la "Universidad a distancia*´ y demás inventos de la tecnocracia educativa.

Menos conocido es y da más que peonar el hecho de que los profesores se constituyan en una fuente potencial de alteración del orden, también por cuestiones de principios, esto es, irresolubles. Si los estudiantes pasan, los profesores quedan. Como todos los grandes problemas, éste no es privativo de España, sino que es en buena medida un asunto mundial. Sólo que en este país, como siempre, somos un poquito diferentes.

¿Faltan profesores?

Creo que es en el informe FOESSA donde se dice que el atasco de la reforma educativa se va a producir en la creciente falta de profesores. No sé si esto será cierto, pero el hecho comprobado es que cada vez se va deteriorando más el cociente alumnos-profesor (la ratio, que dicen los que se han educado en las matemáticas anglosajonas y, por lo tanto, más latinizados).

En las últimas décadas los profesores estaban tranquilos como consecuencia del funcionamiento de la más sencilla y más real ley económica: la de la oferta y demanda. Para cada puesto docente había una docena de candidatos esperando a que el titular falleciera. En esta darwiniana lucha solo prosperaban los ejemplares más capaces, esto es, los que mejor se adaptaban a las condiciones ideológicas, mentales, morales, etcétera, que dominaban. Complicados sistemas de oposiciones, pluriempleos, servilismo, todo se aceptaba cuando se tenía la "suerte" de llegar a sentar plaza en el ansiado escalafón.

Pero las cosas cambian. La selección es al revés. Terminan ahora de profesores (salvo casos excepcionales que todos conocemos, etc.) los que no han podido acceder a los más numerosos puestos de otras industrias y servicios. Llegará un momento en que el número de plazas convocadas, cuando se trata de escuelas rurales o de Universidades provincianas, será mayor que el de candidatos. Se inventarán "sabáticos" y otros reclamos para atraer a los futuros docentes. El sistema de oposición pasará entonces al museo de las instituciones, sin demasiadas lágrimas.

En esa supuesta (pero previsible, cercana, inmediata) inversión de la ley de la oferta y la demanda, el profesor no será ya un funcionario sumiso. Será un puesto de riesgo ocupado por los que están en la vanguardia de la evolución de las costumbres. He ahí la "oíase" ascendente, la que tendrá más héroes y más víctimas, la de los nuevos idealistas.

No se trata sólo de idealismos y de altura moral, sino de una pura y cruda lucha de intereses. Eso del "sacerdocio de la enseñanza" pasó a la historia. La vocación docente no es más espiritual que las demás.

Así, por ejemplo, los profesores se organizarán, en cerrado espíritu de cuerpo, en contra del hecho—tan escandaloso como inevitable—de que, en el proceso de organización de la enseñanza y hasta en la mismísima función docente, intervienen cada vez más personas que no son profesores, que no proceden de la Academia, que incluso (¡Santo Tomás de Aquino, protégenos!) no son universitarios. Los profesores se ven arrinconados en ese complejísimo edificio-maquinaria que es hoy el sistema educativo en donde el tipo que prospera hoy es el encorbatado, desodorado y pulcro ejecutivo en despacho de estilo y con terminal de ordenador. La docencia es "trabajo sucio", por lo menos mientras no se encuentre un sustituto para ia secular tiza.

El profesorado como Cuerpo único no existe ni podrá existir ya. No habrá nunca un Sindicato de trabajadores de la enseñanza. Un complicado y sutil organigrama separará los diferentes niveles de profesores. ¿Hasta cuándo podrá sobrevivir, sin graves alteraciones del orden, una Universidad sostenida mayormente por el trabajo de los "profesores no-numerarios"? Se trata de la profesión más joven, la que más se incrementa, la más arriesgada (después de piloto de pruebas, torero, etc.) y la menos segura en todos los órdenes, económico, social y político. Aunque los PNN carezcan de representantes en las Cortes, aunque no sean nada, lo pueden ser todo, como una vez sucedió con el "tercer estado".

Profesor viene de profeta

Aparte de la defensa de sus intereses, los profesores podrán alterar el orden en la medida en que se convierten en testigos de los males sociales. Estos profetas secularizados darán testimonio de los problemas. Para empezar, su problema en la organización de la enseñanza es el menor. El mayor, se ha dicho y redicho, la cantidad de niños que hay todavía sin escuela adecuada. En España la educación básica es obligatoria desde hace ocho años, pero nadie se escandaliza de ese gran pecado de nuestro tiempo, de los niños despachando en los bares. En mi plaza, donde hay una escuela, veo jugar a los escolares. También juegan otros niños que cuidan a sus hermanillos y que nunca los veo entrar en la escuela. Los guardias persiguen con saña a los pacíficos hippies que se sientan a tocar la guitarra, pero contemplan con indiferencia (los guardias no tienen la culpa, claro) las bandas de muchachos preadolescentes, prematuramente adultos, que no pisan la escuela (tampoco ellos tienen ninguna culpa) y juegan ya al futbolín, y saben pedir un duro a los turistas. ¡Lástima que no hayan traído aquí al señor ése, don Roberto McNamara!

Ángel MAVERICK

 

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