Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La izquierda, inviable     
 
 ABC.    09/02/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

LA IZQUIERDA, ENVIARLE

GUSTE o no reconocerlo, España llega a los años setenta como un país en pleno desarrollo,

definitivamente despegado del Tercer Mundo y con un producto nacional bruto que es casi igual al de

países como la India o el Brasil. Ahora se trata de ver qué hacemos con él, en la nueva etapa política que

acaba de inaugurarse.

Son muchos los que pretenden que el país necesita lo que pudiéramos llamar una cura de izquierda;

haciendo lo contrario de lo practicado hasta 1975. A una política de unidad política, social y cultural debe

seguir una de máximo pluralismo, de lucha de clases, de autonomías de .todo tipo. A una de moral

pública a ultranza, simbolizada en las prácticas administrativas del señor Arias Salgado, otra de

permisividad total y abolición de las leyes conservadoras de la familia tradicional, con la apoteosis del

«travestí» y el mundo «gay». A una de exaltación de la tradición y de la vida religiosa, otra de

progresismo y de laicismo. A una de valoración del orden y de la disciplina, otra de condenación del

autoritarismo y de la represión. Y así sucesivamente.

Admito, por supuesto, que ha habido exageraciones y excesos, incluso pintorescos, en el planteamiento de

la defensa de ciertos valores, como a la hora de regular los trajes de baño, y un exceso de presencia de las

procesiones en nuestra pequeña pantalla. Acepto (como no sólo he aceptado, sino promocionado a lo

largo de quince años) la necesidad de reformas. Estimo convenientes los períodos de alternancia, de

experimentación (incluso arriesgada) y de revisión. Obviamente ésta no es la cuestión, y si lo fuere habría

sobre ella un amplio consenso.

Lo que deseo afirmar es que si nuestra España continúa un par de años más por el camino del bandazo, de

la exaltación de lo «progre» porque sí, del abandono de toda norma, y de la política de izquierdas como

panacea universal, es seguro que ni el sistema económico, ni la organización social, ni la continuidad

cultural y moral van a resistir, y nos esperaría un grave desastre, comparable al de los años 30 de este

siglo, o al del período que va del 68 al 75 en el siglo pasado.

Tengo un gran respeto por muchos hombres de la izquierda española, de antes y de ahora. Por razones

distintas, respeto a Castelar, a Canalejas, a Pablo Iglesias, a Besteiro y a muchos de los actuales. Pero

afirmo que España no tiene solución a la izquierda, en el momento presente, y que es un asunto del que

hay que hablar muy en serio.

Empecemos por la izquierda revolucionaria; los que dicen que hay que arreglar el país a golpe de

secuestros, de bombas, de asesinatos de guardias, y así sucesivamente; «grapos», etc., y demás

extremistas. Hay que tomarlos muy en serio; están dispuestos a usar la violencia, y lo hacen cada día. Han

logrado ya éxitos gravísimos en Guipúzcoa y en Vizcaya; muchos han vuelto a la calle en las últimas

amnistías, y han reiterado su deseo de lucha armada. Nadie se engañe: o el Estado español se defiende de

ellos con energía o agravará la situación hasta extremos increíbles.

Vengamos ahora a los tres partidos marxistas. Dejémosles discutir quién está más a la izquierda y quién

sabe mejor cómo convertir a España en un país socialista. De momento han aceptado una tregua, en los

pactos de la Moncloa, a un precio muy alto (sobre todo en el pacto político). Pero su objetivo es claro:

comunistas y P. S. P. rechazan claramente la social-democracia, y el P. S. O. E. no la ha adoptado

plenamente. Ninguno ha renunciado a otra cosa que a la lucha armada y la dictadura del proletariado, lo

que en el caso de España significa haber aceptado la lección de 1934 y de 1936, es decir, que la rebelión

armada lleva al fracaso. En lo demás, las ideas sobre el matrimonio, la escuela, la economía, la acción

reivindicativa, la lucha de clases, son las mismas. No ha habido siquiera una declaración terminante sobre

la forma de Estado.

En estas circunstancias no parece dudoso que la izquierda española de hoy, como la de períodos

anteriores, sería incapaz de resolver los problemas que ella misma plantearía. Como los exaltados de 1820

a 1823; como los progresistas en 1836, en 1841, en 1854; como los demócratas, en el reinado de Amadeo,

y los republicanos de 1873; como los nuevos republicanos, del bienio 1931-1933. En 1934 la izquierda, al

primer revés electoral, se fue a la Revolución de Asturias, apoyada en las reacciones erráticas de un

nacionalismo catalán, que ya tenía el Estatuto de 1932. Lo que ocurrió desde las elecciones de febrero de

1936 al asesinato de Calvo Sotelo no necesita mayores comentarios.

Supongamos un Gobierno socialista, o de izquierda unida. No intento emular los divertidos libros de

Fabre Luce o de Commines sobre la victoria de Mitterrand en Francia. Los programas son públicos y

conocidos; la presión sindical, imaginable. Las empresas, debilitadas y descapitalizadas, no podrían

aguantar. El resultado sería la nacionalización de muchas, y el hundimiento de otras; aumento de la

burocratización improvisada e ideológica; y, por otro lado, del paro y del descontento. Se querría

compensar con demagogias sancionadoras y retóricas responsabilizadoras del •pasado. El resultado

económico-social sería, sin duda, el desastre a corto plazo; el aumento del paro; la detención total de la

inversión social y extranjera.

En estas condiciones, el deterioro del orden público, en la ciudad y en el campo, aumentaría la

inseguridad actual, que ya no es pequeña. Los temas regionales se envenenarían aún más, y sería fácil

prever un avance aún mayor de la izquierda en los territorios autónomos.

Nadie podría razonablemente esperar, tampoco, una mejoría en las relaciones de la Iglesia y el Estado, y

en particular en materia de educación, donde hoy ya las espadas están en alto. La ocupación de los

Ministerios de Educación, Cultura, Trabajo y Seguridad Social tendría consecuencias importantísimas y

la filtración ya alta en una serie de puntos sensibles del organismo social llegaría a niveles imaginables.

La política exterior tendría nuevos problemas. Ya se ha visto lo que ha quedado del ofrecimiento de tener

la llave de Europa. Ya hemos oído las declaraciones irresponsables sobre el tema del Sahara, mientras se

halagan los oídos de un Gobierno argelino que mantiene su inadmisible presión sobre Canarias.

¿Dónde estarían las ventajas? Podría imaginarse que en unas mejores relaciones con las centrales

sindicales. Yo lo dudo; exigirían más y sería más difícil negárselo; tendrían todos los medios oficiales

para imponerse a la mayoría de los trabajadores.

Otros pensarán en un cambio social más rápido, hacia formas más progresivas de convivencia. También

lo dudo. Sólo se avanza por el trabajo, la productividad y la seriedad. Lo demás, son palabras.

Lo que sí iba a prosperar es el gran vicio nacional de la envidia. Pocos mejorarían, pero muchos se iban a

divertir viendo el_perjuicio de los más. Pero es un deporte peligroso. La ruina de éstos no enriquece a los

otros; testigo bien próximo, Portugal.

Habría, eso sí, un lado positivo: la experiencia. Pero es como el que decide no correr en moto después de

perder un brazo. Es mejor conducir prudentemente un dos caballos, con cuatro ruedas, desde el principio.

La izquierda es necesaria, pero hoy no es una alternativa seria de Gobierno. Debe llegar a serlo, para lo

cual tiene que ganar en profundidad y experiencia.

Hoy la alternativa es un centro-derecha reequilibrado, y cuanto antes se cree, "mejor. Lo demás es utópica

especulación o riesgo grave a la vista.

Manuel FRAGA

 

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