Autor: Rico, Eduardo G.. 
   Soy socialdemócrata. No, al Estado-patrono. Sí, la autogestión.     
 
   01/04/1972.  Páginas: 2. Párrafos: 43. 

DIONISIO RIDRUEJO

"SOY SOCIALDEMOCRATA"

"NO, AL ESTADO-PATRONO. SI, A LA AUTOGESTIÓN"

Mi primer conocimiento de Dionisio Ridruejo se produjo, seguramente, a través de la lectura de un número cualquiera de «Escorial», allá por los primeros y difíciles cuarenta. O tal vez por un soneto aparecido en «Garcilaso» o en alguna otra de las revistas literarias d« la época. O por una noticia periodística, un artículo o una crónica... Luego, en Santander y en 1955 —curso de periodismo en la Universidad Internacional, con Mario Amadeo y Goyeneche preparando con celeridad la caída de Perón en la Argentina— una charla sobre Miguel de Unamuno nos proporcionó —a los muy jóvenes de entonces— una imagen del conferenciante, Ridruejo, brillante y sugestiva: la de un intelectual elocuentísimo, audaz e imaginativo.

Hoy la imagen se ha enriquecido y diferenciado. En su personalidad tan compleja, tan contradictoria a veces, tan humanizada siempre, podemos observar ciertos rasgos más acusados, más fuertemente marcados que entonces. Otros, sin embargo, se han replegado a la sombra, tal vez oscurecidos por los que han adquirido, al paso de los años, mayor relieve. Entretanto se ha sucedido una peripecia azarosa, traducida al lenguaje más usual como una serie de «apuestas», de «compromisos», de incertidumbres y, al mismo tiempo, por paradoja comprensible, de seguridades... Seguridades que atañen a la consolidación de unos supuestos indeclinables sobre los que ha instalado su vida.

Es, la de Ridruejo, una imagen polémica, porque tales supuestos no entrañan una fijación definitiva de su perfil. Día a día se salva de la persistente amenaza de congelación al inscribirse, con plena conciencia, en un proceso de incorporación de nuevos elementos y perspectivas tomados de la realidad, de sus condiciones cambiantes, de la lectura. Sorteado este escollo, contra el que tantos otros han naufragado, una personalidad como la de Dionisio Ridruejo se renueva paulatina y sosegadamente, y él nunca enmudece porque no dice la última palabra, sino que vive en permanente apertura. Los componentes intelectuales que integran esa personalidad contrapesan la cotidiana tentación de la política chata, pragmática y cerrada en sí misma.

Semblanza difícil la de Ridruejo. Imagen irreductible, por no ajustarse a esquemas fosilizados. En ella descubrimos la audacia atemperada por la reflexión, el ímpetu frenado por una larga y profunda experiencia. Su pensamiento —político, estético, religioso— es original.

Por todo ello, entendemos que Dionisio Ridruejo, su significación, su ejecutoria, se escapan a todo juicio definitivo, cualquiera que sea el nivel en que nos situemos para analizarlos. No podemos totalizar esa personalidad más que provisionalmente. Porque es una personalidad abierta. Así debemos verla.

EL ENCUENTRO

Sucede en Ibiza, 33. Casa de burguesía inedia, vivienda sobria, no desmedida en nada. Un cuarto de trabajo sin el excesivo desorden propio de un escritor precipitado. Muchos libros en torno. Buena información: periódicos, revistas, ediciones recientes... Una obra, de Juan Benet, la última, que acaba de presentar públicamente en Madrid, Dionisio Ridruejo. Una novela.

Piensa con rapidez y su discurso es fluido, abudante, desbordado. Por supuesto (nunca insistiremos lo suficiente), brillante. Y también ordenado, pues, aunque salte a menudo los límites temáticos para precisar un recuerdo, una argumentación, regresa y se ciñe al cauce inicialmente establecido.

Hemos venido para charlar sobre los azares de su vida pública, sus giros, meditaciones, revisionismos, frustraciones, esperanzas, riesgos, renovaciones... También sobre sus memorias, labor paciente de todos los días, evocación cuidadosa de hechos y personajes con los que se cruzó en los mil avatares de su biografía. Con Ridruejo, una entrevista magnetofónica resultaría imposible: unas horas de conversación dispersa, más que clarificar, sugerirían. Y hemos preferido lo claro —en un pasado que es historia— a lo que no pasaría de repertorio de propuestas de nuevos diálogos. Al menos, en esta ocasión. Por tanto, abordaremos la complicada empresa de una transcripción selectiva. El mismo dice que "hacer política es limitarse". Lo demás es literatura, pensamos nosotros. Y hoy nos interesa más la política.

PRIMER INTERCAMBIO: LA DERECHA

Le pedimos, de entrada, su opinión acerca de nuestra coyuntura política, de las fuerzas que hoy tienen alguna baza que jugar sobre este complejo tablero de la realidad española.

RIDRUEJO.—Hablemos de la derecha. Yo advierto actualmente la ausencia, no de una derecha poderosa, que está ahí, sino de una derecha responsabilizada, dispuesta a defenderse abiertamente. Esto supone un déficit grave, casi una enfermedad, porque carece de capacidad negociadora. Vuelta sobre sí misma, se despreocupa de la organización de la convivencia, seguramente porque no se siente en peligro.

CRIBA.—¿Qué englobamos en su concepto de la derecha?

D. R.—Por decirlo de una vez, la oligarquía bancaria y financiera, proveniente de la fusión o de la alianza del industrialismo vasco y el latifundismo andaluz. La situación, sigamos con el tema, es "quietista". La política española no está proyectada sino conservada.

CRIBA.—Pero hoy los problemas —como sabes— han cambiado. Se ha registrado una progresiva despoblación en el campo, por la. huida a causa de los salarios bajos e inestables. Ha habido una emigración masiva hacia los puestos laborales ofrecidos por el Mercado Común, o a las grandes ciudades del país.

D. R.—La República se encontró con este problema y no pudo resolverlo: el del campo. Sí, hoy las cosas han cambiado. Pero la agricultura ya no irá bien nunca más. El tremendo poderío industrial la convierte en lo que yo llamo "infraestructura". Tiende a exigir que se la prime, como compensación a la politización de los precios. Por lo demás, yo creo que las nuevas tensiones, bien evidentes por cierto ahora, cuentan con una formulación política insuficiente e inadecuada. Estas tensiones son de orden diverso. Hay las sociales, considerables y crecientes, que se expresan en dos zonas de la realidad: la obrera y la universitaria. Esto es obvio. Hay, también las tensiones que se producen en las regiones de tradición diferencialista y que son muy sensibles.

CRIBA.—¿Cómo considera la respuesta que se ofrece a las mismas?

D. R.—Insisto en que la derecha española es poderosa, y además se siente amparada. Tiene una visión corta. La previsión política es, en España, autobiográfica. Un pueblo sólo se constituye como tal cuando cada uno de los hombres que lo integran piensan en trabajar y en proyectar un país para sus nietos. Yo diría que hay una falta de espíritu de futurición. Por otro lado, pienso que la administración no está bien

dotada. Y en contrapartida, lo que entendemos como oposición sufre, por su marginación de la vida pública, los vicios de la falta de cualificación. Su peculiar "status" excluye todo elemento comparativo, toda competición capaz de cualificarla. Por tanto, es radicalmente deficiente. Sin contar con que las mejores cabezas del país —pienso en muchos especialistas que conozco, economistas, sociólogos, etc.— se desinteresan de las cuestiones políticas.

(¿Hablamos con un escéptico de la política; al menos de la política española? Razones le sobrarían. Planteamos otro tema: el de las ideologías.)

LAS IDEOLOGÍAS

D. R.—Toda ideología es penúltima. Toda verdad racional es discutible y, por tanto, también penúltima. Hay que dejar aparte el problema de ías creencias; ¡as creencias relieiosas, por ejemplo. La ideología está sometida al juicio de la experiencia. No soy partidario del liberalismo económico, quede esto bien claro, pero sí del liberalismo nolítico formal en el sentido de que, puesto que la historia es mutación y la sociedad abierta, el papel de cada uno de nosotros debe consistir en situarnos permanentemente en estado de crítica, de expectación de la realidad. Yo no soy marxista: admito algunos de los elementos del marxismo —el método de trabajo en el campo socio-económico, por ejemplo—, pero estoy alejadísimo de su simplificada concepción de las relaciones entre la realidad y el pensamiento. La reducción a superestructuras de muchas de las actividades humanas me parece una construcción muy insuficiente. El marxismo no ha sabido resolver este problema y ha caído en un dogmatismo estrecho. Se ha decidido por este dogmatismo en lugar de convertirse en un método de investigación de la realidad.

(La biografía de Ridruejo: la biografía de un español que ha vivido en el epicentro de una política y luego en la periferia. Una biografía, por utilizar la vieja palabra que "Revista", de Barcelona, por él conducida, manejó frente a Calvo Serer, el Calvo Serer de entonces, "comprensiva" más que "excluyente".)

UNA BIOGRAFÍA AZAROSA

D. R.—Mi extracción social no ofrece dudas. Pertenezco a la burguesía acomodada de Soria. Mi padre era un comerciante-pequeño banquero que murió en 1915. No hubo problemas económicos familiares nunca, pero vivimos siempre sin lujos, aunque mi madre nos matriculaba en los mejores colegios. Hice la carrera en El Escorial. Tuve, como otros muchos de mi generación, inclinaciones socialistas. Asistí al derrumbe de la dotada. Y en contrapartida, lo que entendemos como oposición sufre, por su marginación de la vida pública, los vicios de la falta de cualificación. Su peculiar "status" excluye todo elemento comparativo, toda competición capaz de cualificarla. Por tanto, es radicalmente deficiente. Sin contar con que las mejores cabezas del país —pienso en muchos especialistas que conozco, economistas, sociólogos, etc.— se desinteresan de las cuestiones políticas.

(¿Hablamos con un escéptico de la política; al menos de la política española? Razones le sobrarían. Planteamos otro tema: el de las ideologías.)

LAS IDEOLOGÍAS

D. R.—Toda ideología es penúltima. Toda verdad racional es discutible y, por tanto, también penúltima. Hay que dejar aparte el problema de las creencias; las creencias religiosas, por ejemplo. La ideología está sometida al juicio de la experiencia. No soy partidario del liberalismo económico, quede esto bien claro, pero sí del liberalismo político formal en el sentido de que, puesto que la historia es mutación y la sociedad abierta, el papel de cada uno de nosotros debe consistir en situarnos permanentemente en estado de crítica, de expectación de la realidad. Yo no soy marxista: admito algunos de los elementos del marxismo —el método de trabajo en el campo socio-económico, por ejemplo—, pero estoy alejadísimo de su simplificada concepción de las relaciones entre la realidad y el pensamiento. La reducción a superestructuras de muchas de las actividades humanas me parece una construcción muy insuficiente. El marxismo no ha sabido resolver este problema y ha caído en un dogmatismo estrecho. Se ha decidido por este dogmatismo en lugar de convertirse en un método de investigación de la realidad.

(La biografía de Ridruejo: la biografía de un español que ha vivido en el epicentro de una. política y luego en la periferia. Una biografía, por utilizar la vieja palabra que "Revista", de Barcelona, por él conducida, manejó frente a Calvo Serer, el Calvo Serer de entonces, "comprensiva" mas que "excluí/ente".)

UNA BIOGRAFÍA AZAROSA

D. R.—Mi extracción social no ofrece dudas. Pertenezco a la burguesía acomodada de Soria. Mi padre era un comerciante-pequeño banquero que murió en 1915. No hubo problemas económicos familiares nunca, pero vivimos siempre sin lujos, aunque mi madre nos matriculaba en los mejores colegios. Hice la carrera en El Escorial. Tuve, como otros muchos de mi generación, inclinaciones socialistas. Asistí al derrumbe de la monarquía como protagonista de los incidentes de entonces. Me hice periodista en un curso abreviado de la escuela de "El Debate". No te extrañe. Allí me llevó el marqués de Lozoya, un viejo amigo. Terminé Derecho. Leía. Leía muchísimo y desordenadamente como muchos españoles. Debo a Pedro Laín el haberme inculcado el rigor, la disciplina científica. (Aunque no lo parezca, Laín viene del campo de la química. Su vocación, digamos, humanista, se manifiesta con posterioridad). Pero mi cultura, mi formación, las obtuve a través de lo que llamo un "proceso de impregnación". Insisto: fui un lector voraz que pasaba de la literatura a la historia, de Nietzsche a Schopenhauer, de Ibsen a Bernard Shaw o a D´Anunzzio. Tolstoy me influyó en un sentido ideológico-moral con "Guerra y paz". Luego mantuve una estrecha amistad con Laín, durante la guerra y en la postguerra. A Laín le debo lo que podríamos denominar "el mapa". Me enseñó el método para fijar donde está cada cosa, en que región.

CRIBA.—¿Cómo se hizo falangista Dionisio Ridruejo? ¿Por su extracción de clase, por el contacto con sus amigos, por sus lecturas? Preguntamos.

D. R.—No cabe duda que mis prejuicios de clase me impidieron incorporarme a la izquierda clásica. Yo tenía un grupo de amigos, más tarde personalidades muy notorias, y a través de ellos conecté en Madrid con el prefalangismo. Entre ellos recuerdo a Eugenio Montes, a Rafael Sánchez Mazas. Cuando se fundó la Falange, no dudé en inscribirme. Yo fui un falangista joseantoniano. Conocí a José Antonio en una cena, en casa de un amigo común. Luego coincidiríamos bastantes veces.

JOSÉ ANTONIO

CRIBA.—¿Qué recuerdos guarda de esta relación?

D. R.—José Antonio Primo de Rivera era un hombre tímido, atento, poco dado a pontificar. Preguntaba y escuchaba. Lo que mejor conservo de su recuerdo es una larga conversación que sostuvimos una noche. Fuimos caminando, desde la plaza de Santo Domingo hasta su casa de la calle de Serrano. Se quejó de que se encontraba muy solo. Tenía un gran valor personal y una cabeza fría. Se advertía en él un constante frenaje respecto a sus tendencias de casta. Sentía un gran entusiasmo por Sánchez Mazas, aunque con ráfagas de irritación por razones de carácter personal y de matiz político. Eran grandes amigos pero poco parecidos y provenían de tradiciones intelectuales diferentes. Sánchez Mazas se había formado en Charles Maurras. José Antonio se inspiraba en el movimiento gremialista inglés, aparte otras fuentes más conocidas.

CHIBA.—¿Era orteguiano, como tantas veces se lia dicho?

D. R.—Pienso que no. De Ortega tomó su estilo, su fluidez de pensamiento. Lo admiraba. Pero debía más ideas a Eugenio D´Ors. Puedo recordar también lo que opinaba de algunos contemporáneos destacados en la historia moderna española. Admiraba a Sánchez Román por su dominio de la técnica jurídica. Sentía más admiración que simpatía por Manuel Azaña. Admiración y simpatía por Prieto. Poca simpatía y bastante admiración por las dotes de arrogancia expresiva de José María Gil Robles. Y aversión por Ángel Herrera, y por su catolicismo tecnificado. Había en el fondo de su personalidad un brote de romanticismo muy fuerte, aunque teóricamente lo negase.

BELICISTA

CRIBA.—Sigo preguntando. Ya estamos en los primeros años de la postguerra. ¿Y Serrano Súñer?

D. R.—Siempre he sido muy amigo de Serrano. Pero yo entonces era belicista y Serrano, no. Los belicistas creíamos en un cambio profundo de las estructuras europeas. Occidente iba a tener otro dueño.

Defendíamos un esquema imperialista, paralelo al tradicional inglés, éste levantado sobre supuestos liberales y el nuestro, no. Como consecuencia natural, pensábamos que deberíamos entrar en la guerra. Yo creía firmemente en esta opción y nunca lo he ocultado. Hoy me parece un puro disparate. Serrano, ya lo he dicho, no pensaba lo mismo. Conocía muy bien las condiciones en que se encontraba el país y fue un gran opositor a la entrada en la contienda. Desconfiaba de los alemanes.

DISCREPANTE

CRIBA.—¿Por qué el apartamiento de Ridruejo? ¿Por qué, su salida de urgencia, por servirnos de la palabra de Sikme que él mismo acaba de prologar?

D. R.—Por supuesto no tuvo nada que ver con lo que acabo de precisar. Fue la política interna, la orientación global del Régimen, los que la causaron. Hay una carta célebre que lo aclara todo. Yo era partidario de un programa reformista que contrapesara la influencia de la derecha. Lo vi, muy pronto, imposible. (Como compensación, influí en el ascenso de Salvador Merino a los Sindicatos. El nombre del periódico "Pueblo" lo propuse yo.) Era, en aquel tiempo, miembro de la Junta Política y del Consejo Nacional. Cuatro días antes de la salida de Serrano, que tampoco se produjo por razones de política internacional, pero que no estaba prevista, había presentado mi dimisión por conducto jerárquico. Por tanto, no hubo relación entre ambas. Dejé de ser militante en 1942, pero me mantuve cerca de la Falange, aunque en una postura de cierta discrepancia.

ITALIA

CRIBA.—Se ha hablado mucho de la experiencia italiana de Ridruejo. De la gravitación que ejerció sobre su cambio de actitud política. ¿Fue la restauración democrática, el demoliberalismo que sucedió a la guerra, lo que le influyó más?

D. R.—Fui a Italia, como corresponsal, días antes de la Navidad de 1948 y regresó a España a comienzos del verano de 1951. Efectivamente, a partir de esta experiencia pasé a actitudes, digamos, democráticas.

Pero no me decidió a ello el contacto con el nuevo régimen, sino el conocimiento histórico detallado de lo que habían significado en la Europa de este siglo los movimientos nazi y fascista. La "conversión" fue una consecuencia reflexiva. Esta es la verdad. No hubo, por mi parte, mimetismo de ninguna especie.

(Dirige Radio Intercontinental hasta 1957. Ruiz-Giménez le ofrece la Dirección General de Bellas Artes, que rechaza. No quería reintegrarse a la vida oficial, aunque creía en una posible reconversión del sistema desde dentro.)

D. R.—´El resto es conocido. Hubo una conferencia en Barcelona, a través de la cual abogué por emprender todo aquello que ayudara a los españoles a cobrar su conciencia civil. Vino un cambio. Pienso, y ya pensaba entonces, que un sistema consiste en un esquema de fuerzas sociales y políticas organizadas, subyacente a sus formas; debe contar con el asentimiento popular, y ser una transcripción política de intereses sectoriales. Esa transcripción incluye una cierta posibilidad perfectiva, también. Hay que establecer una superación de esos intereses hacia el interés general. Se trata, en definitiva, de establecer una convivencia entre las distintas fuerzas.

DISCREPANTE

CRIBA.—¿Por qué el apartamiento de Ridruejo? ¿Por qué, su salida de urgencia, por servirnos de la palabra de Silone que él mismo acaba de mologar?

D. R.—Por supuesto no tuvo nada que ver con lo que acabo de precisar. Fue la política interna, la orientación global del Régimen, los que la causaron. Hay una carta célebre que lo aclara todo. Yo era partidario de un programa reformista que contrapesara la influencia de la derecha. Lo vi, muy pronto, imposible. (Como compensación, influí en el ascenso de Salvador Merino a los Sindicatos. El nombre del periódico "Pueblo" lo propuse yo.) Era, en aquel tiempo, miembro de la Junta Política y del Consejo Nacional. Cuatro días antes de la salida de Serrano, que tampoco se produjo por razones de política internacional, pero que no estaba prevista, había presentado mi dimisión por conducto jerárquico. Por tanto, no hubo relación entre ambas. Dejé de ser militante en 1942, pero me mantuve cerca de la Falange, aunque en una postura de cierta discrepancia.

ITALIA

CRIBA.—Se ha hablado mucho de la experiencia italiana de Ridruejo. De la gravitación que ejerció sobre su cambio de actitud política. ¿Fue ¡a restauración democrática, el demoliberalismo que sucedió a la guerra, lo que le influyó más?

D. R.—Fui a Italia, como corresponsal, días antes de la Navidad de 1-948 y regresó a España a comienzos del verano de 1951. Efectivamente, a partir de esta experiencia pasé a actitudes, digamos, democráticas. Pero no me decidió a ello el contacto con el nuevo régimen, sino el conocimiento histórico detallado de lo que habían significado en la Europa de este siglo los movimientos nazi y fascista. La "conversión" fue una consecuencia reflexiva. Esta es la verdad. No hubo, por mi parte, mimetismo de ninguna especie.

(Dirige Radio Intercontinental hasta 1957. Ruiz-Giménez le ofrece la Dirección General de Bellas Artes, que rechaza. No quería reintegrarse a la vida oficial, aunque creía en una posible reconversión del sistema desde dentro.)

D. R.—El resto es conocido. Hubo una conferencia en Barcelona, a través de la cual abogué por emprender todo aquello que ayudara a los españoles a cobrar su conciencia civil. Vino un cambio. Pienso, y ya pensaba entonces, que un sistema consiste en un esquema de fuerzas sociales y políticas organizadas, subyacente a sus formas; debe contar con el asentimiento popular, y ser una transcripción política de intereses sectoriales. Esa transcripción incluye una cierta posibilidad perfectiva, también. Hay que establecer una superación de esos intereses hacía el interés general. Se trata, en definitiva, de establecer una convivencia entre las distintas fuerzas.

SOCIALDEMOCRATA

CRIBA.—¿Cómo se definiría?

D. R.—Me considero socialdemócrata. Creo en la virtualidad del esquema democrático. En términos programáticos, ese esquema sería para mí el de una economía mixta, con suficientes controles por parte de la empresa pública, y una reducción progresiva del campo económico "libre". La forma definitiva que defiendo no es la socialista del "estado-patrono" sino la de una federación de empresas de autogestión. El Estado debe ejercer dos funciones: una planificadora, coordinadora, y otra de defensa del consumidor, después de un estudio científico de las necesidades reales.

(Le digo a Ridruejo que sus presupues- > tos programáticos se alejan bastante de los que sirven de base a ciertos socialismos europeos, algunos en el Poder. Que nada tienen que ver, por ejemplo, con la revisión del socialismo alemán operada en Bad Go-desberg en 1959.)

D. R.—Me he inspirado más en Schurnpeter, aunque no al pie de la letra, y en André Philip. Lo de Bad Godesberg me parece realista, al renunciar al marxismo como centro ideológico. Pienso que el fenómeno proviene de una reacción contra el antiguo dirigismo nazi, que no era más que un neofeudalismo planificado. Por lo demás, en Occidente es imposible la revolución. "Mayo" lo demostró. La revolución supone un "gasto" excesivo e incluso no parece necesaria ni a sus hipotéticos beneficiarios. Al menos en Europa. En América Latina es otra cosa. Aunque allí no existe un "genérico homogéneo" llamado Latinoamérica. Existen países subdesarrollados, semídesarrollados y otros con una clase política con ciertos hábitos —caso de Chile— que hace viable un reformismo a fondo dentro de la democracia formal.

CRIBA.—¿Se siente europeísta?

D. R.—Europeísta decidido. Las razones son diáfanas: el mercado español resulta insuficiente si se quiere que prosiga el desarrollo; por otro lado, la incorporación al Continente significaría una desnacionalización de las fatalidades del país. Hay también una razón psicológica. Vivimos un complejo de víctima que nos inhibe. La entrada en Europa nos devolvería la confianza en nuestras capacidades; su puesta en prueba nos liberaría de todas las inhibiciones. Recobraríamos 3a confianza en nosotros mismos.

CRIBA.—¿Pesimista?

D. R.—Sí, a corto plazo. Estamos situados en una perspectiva de resistencias muy duras. El proceso puede ser largo. A plazo medio no soy ni optimista ni pesimista. Pero hay que encontrar la encarnación de la fórmula en nuevos servidores de un encuadramiento europeo. Y en esto soy, por el momento, pesimista obstinado.

SIN VOCACIÓN DE PODER

CRIBA.—¿Piensa que tendrá un papel en el proceso de integración?

D. R.—En el orden biográfico no creo ni me importa que vaya a tener un "rol" de importancia en la política futura. Me he asignado una función de trámite, de habilitación del pasaje. Por tanto, no seré un desertor ni un postulante. De todos modos, creo que debemos salir sin traumas y para ello hay que negociar con el país. Toda operación traumática conduce al autoritarismo. Tiene que producirse una distensión negociadora y hay que refundamentar democráticamente el poder por auténticas vías de participación. He entrado en la nolítica por razones éticas, no tengo ni interés ni vocación de mando. Soy sencillamente un ciudadano solidario. La imagen de un hombre en el poder, de mi mismo, por ejemplo, me produce malestar. Quizá suceda que me he vacunado muy joven contra estas tentaciones.

CRIBA.—¿Cree que los cauces que ofrece la actual legalidad pueden servir para desarrollar un proceso de democratización?

D. R.—Honradamente, no lo creo, aunque si se ampliasen y se autentificasen los fundamentos orgánicos, y se participase a través de ellos de un modo verdadero y auténtico, eso sería una mejora y un entrenamiento. Sin esta autenticidad imprescindible, nada cambiará.

Texto: Eduardo G. RIOO Fotos: Enrique MARTIN

 

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