Clara, tenaz y estéril persistencia     
 
 ABC.    17/07/1962.  Página: 29. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

CLARA, TENAZ Y ESTÉRIL PERSISTENCIA

La magnifica exposición del miiiistro de la Gobernación—soldado y gobernante—en la sesión de Cortes del pasado sábado puede resumirse, en último término, así: la reunión de Munich tomaba como pretexto el ingreso de España en el Mercado Común para, en nombre de - una democracia absolutamente desacreditada e´incapaz de enmascarar sus verdaderas intenciones, combatir el régimen del Caudillo sin otro fundamento que el del firme y seguro caminar de España hacia su íesurgimiento y su´grandeza.

En realidad, ésta ha sido siempre la meta perseguida por la vieja campaña antiespañola, con la particularidad de que el truco se ha montado muchas veces, no ya a lo largo de la Historia, sino incluso a la vista de nuestras generaciones, poniendo de relieve que los enemigos de España están tan sobrados de. soberbia como faltos de imaginación y de realismo.

Por otra parte^—¡ya lo ha recordado el Caudillo - esas generaciones han de contar con esa clara, tenaz y estéril persistencia, sin que, como por fortuna sucede, demos la menor importancia a las maniobras de un gíuipo de soberbios o pretenciosos para los que el interés supremo de Kspaña queda subordinado—no importa a qué precio—a la satisfacción de sus ilegítimas ambiciones, de sus rencores personales o simplemente de sus humores ácidos.

Decimos que esto lo conocen oien nuestras generaciones, y como testimonio de que así es, recordemos, por ejemplo, lo sucedido en relación con Tánger al término de la segunda guerra mundial en 1945.

Cuando se terminó aquella tremenda conflagración existía, fácil es suponerlo, un número considerable de graves y complejos problemas; no solamente producidos por la guerra misma, sino también los que habían originado los desaciertos políticos de los vencedores y especialmente como consecuencia de las actuaciones personales -del presidente Boosevelt, que dejó al Occidente como triste herencia la preponderancia del comunismo. Sta1in no pudo encontrar mejor aliado y que más favoreciera con desconocimiento y ligereza notorios sus ambiciones de dominio universal.

Bastará recordar el problema vergonzoso de Berlín, que está todavía sin resolver y sin esperanza próxima de lograrlo al cabo de diecisiete años de declarada la paz. Bastará con pasar una ligera revista a las cuestiones coloniales con derivaciones tan aleccionadoras como las del Congo» Argelia el PróximQ yLejano Oriente, Israel, etc., para apreciar bien cuántos problemas gravísimos hubiera sido conveniente resolver o, al menos, encauzar.

A pesar de ello, la verdadera urgencia se centra para los vencedores en la minúscula cu:stión de Tánger.

¿Qué cuestión era ésta? Muy sencilla: en contra de la doctrina africanista española, que exigía un Marruecos indivisible, las presiones de Francia e Inglaterra habían llevado a dividir el Imperio de Marruecos en cuatro zonas: la zona Norte o de Protectorado español; la aona Sur, o de Protectorado francés; una pequeña zona en lo¡ confines meridionales de Marruecos confiada al protectorado de España; y uní zona de Tánger, internacionalizada y cor un Estatuto especial.

Se conoce hasta la saciedad que la segunda- guerra - mundial y, sobre todo, el armisticio de Francia y Alemania en junn de 1940 hicieron imposible la pervivencia del régimen internacional de Tánger. Ante esa realidad, incontrovertible, España incorporó la zona de Tánger a la de su protectorado marroquí,- conservando, sin embargo, cuanto tenía de fundamental e Estatuto tangerino: Tribunal mixto, líbertad comercial, circulación de moneda extranjera, etc.

En 1945, y apenas terminada la guern los vencedores entendieron—sin darse cuenta de que servían a la U. B. S. S.— que el problema más urgente que habla que acometer era el de restablecer en Tan ger la pureza (?) del régimen internacional. Con ello, la U. B. S. S. conseguiría estar presente en Tánger, posición importantísima respecto al Norte de África, espalda de Europa, y además, humillar a España obligándola a poner fin al régimen, tan justo y tan normal que había establecido en Tánger.

Todo ello, sin embargo, no era más que lo exterior, la corteza. El fondo era más claro y más preciso. En el acuerdo final de las conversaciones de París el 31 de agosto de 1945, se acord» que España no estaría presente en plenitud de derecho en el régimen estatutario tangerino "hasta que no se hubiese puesto fin al régimen de Franco".

Pese a ello sucedió, claro está, lo que tenía que suceder. Que España se imspuso por el acierto y la energía de Francisco Franco, y que su posición en Tánger quedó ampliamente consolidada.

Pero el propósito era claro y perfectamente coincidente con el de Munich: intentar oponerse a que España continúe la ruta segura de su resurgimiento y de su grandeza, en el orden y la justicia. Olvidan, sin embargo, que claro y firme es también el tenaz propósito de los españoles de continuar esa ruta sin que les afecten lo más mínimo unas maniobras que los españoles contemplan con la más olímpica indiferencia.

 

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