Un editorial de Madrid. 
 La oposición leal y legal     
 
 Madrid.    29/03/1968.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LA OPOSICIÓN LEAL Y LEGAL

La vida pública se despliega en un conjunto de instituciones y de actos en interrelación constante. Pero tanto aquéllas como éstos cobran sentido en función de las ideologías que los fundamentan, de los intereses que representan y de las causas que defienden. Del mismo modo la forma de organización y el tipo de vida pública mantienen correlación con el principio de legitimidad que sustenta un sistema determinado. Por eso la vida política es de naturaleza radicalmente distinta en los regímenes totalitarios o autoritarios y en los democráticos. Los primeros, como es sabido, se basan teóricamente, al menos en sus comienzos, en la persona de un jefe o líder. En él viene a reproducirse el fenómeno propio de las Monarquías absolutas, es decir, el de la plenitud de la potestad constituyente y legislativa. Estos jefes son verdaderos hacedores o constructores de nuevos Estados.

El poder personal constituyente no admite oposición

En el momento inicial, en los comienzos de los sistemas totalitario o autoritario, los regímenes políticos de este tipo se reducen y concretan a la persona del fundador. Eti una fase posterior, a medida «me se

desarrolla el nuevo Estado su creador va autollmitando o autorregulando su poder: las nuevas instituciones creadas asumen funciones antes absorbidas o concentradas en el poder personal constituyente.

Una vez se cierre el ciclo de creación constitucional, el poder constituyente o personal habrá terminado. Habrá perdido su razón de existir y cobrarán entonces autonomía y sentido propio las instituciones políticas del nuevo Estado. Llegado este momento, el principio del gobierno de las leyes sustituye plenamente al poder personal.

Cuando ya esté erigido el complejo de instituciones políticas a las que corresponde desempeñar las funciones propias del Estado soberano en cuanto sujeto de las funciones del poder: legislativas, ejecutivas y judiciales; cuando estén creadas o autorizadas también las organizaciones políticas que encauzarán la participación de los ciudadanos en las decisiones del mismo poder, se habrá llegado a un régimen determinado, sea totalitario o democrático. Porque los regímenes autoritarios son, igual que las dictaduras, transitorios por esencia.

Las actividades de las fuerzas políticas, ya estén gobernando, ya desempeñando una función de crítica y de control, son diversas en uno y otro momento, el inicial y el de terminación, de los regímenes autoritarios. Si ejercen su actividad en el momento de origen, en la fase más neta del proceso constituyente personal, habrán de tener en cuenta la voluntad constituyente de la persona que dirige el período de transición desde el caos al orden. Las fuerzas y personas políticas deberán acatar y colaborar con las directrices de ese poder excepcional. Su intervención mediante la crítica y el control está limitada por esta previa adhesión. El será en aquel momento la ley política y el embrión del futuro Estado. Es lo que alguna vez se ha llamado hombre-institución, que ocupa el lugar de un sistema de instituciones, y que es por esencia transitorio. en el sistema autoritario

En esta fase no es viable una oposición tal como se entiende en el Estado de Derecho, pues todavía no existe la distinción entre el poder constituyente y la legalidad política establecida. Las libertades de asociación y expresión apenas existen y no hay garantías legales que puedan ser protegidas por parte de los Tribunales.

En tal situación cabe adoptar tres posiciones. La primera es la de colaboración abierta que implica una integración en el seno del Régimen que se está constituyendo. En el extremo opuesto, la de los que no aceptan la legitimidad del poder personal. Se ponen frente a éste y quedan por eso en una oposición que es jurídicamente ilegal, sin ningún acceso, por pequeño que sea, al juego político. Entre una y otra puede situarse la de los meramente disconformes que aceptan no sólo el principio de legitimidad sobre el que se asienta el poder personal, sino también los actos de este poder en cuanto gobernante. Ocupan así zonas discrepantes jurídicamente legales, pero considerados por el jefe o líder fuera de la ortodoxia política. Los discrepantes pueden ser marginados, pero no son eliminados.

En una fase posterior, es decir, cuando el Estado deja de estar concentrado en una persona y se va convirtiendo en Estado legal p de derecho, la situación varía. Porque existe ya el complejo de instituciones gubernamentales y existen también las instituciones propias de los gobernados, como las asociaciones políticas y profesionales, a través de las cuales participan en la vida pública. Al llegar ese momento la voluntad del legislador habrá cristalizado en gran parte en las leyes e instituciones. Estas tendrán una vida independiente del que las ha originado, porque tienen su propia razón de ser. Entre otras cosas porque el mismo procedimiento de redacción de las leyes incorpora valores, ideas y

propositos de varias personas lleguen a tenere elpuente y que apartir´.,´de´^entonces,´ ni .el propio fundador puede modificar su obra sin solicitar el refrendo popular, pues en la evolución se ha tenido que buscar la legitimación democrática.

La oposición legal aparece con el Estado de Derecho

En el marco del Estado de Derecho, en el que ya existen instituciones legalmente creadas y legitimadas,´ además, mediante el asentimiento popular, ya puede haber una actividad de fuerzas e individualidades políticas desde la sociedad en el ejercicio de una oposición. Porque ya pueden criticar, controlar y ofrecer alternativas de gobierno, dado que el nuevo cuadro constitucional lo permite. Para ello se sujetan al espíritu y normas de las leyes e instituciones y no a la voluntad ni de su hacedor, ni de los gobernantes en turno. De no precederse de este modo se empobrecería o empequeñecería la obra construida por el fundador, al negarle vida propia. Separadas ya las funciones del poder, corresponde a los Tribunales declarar la ilegalidad de los actos que se opongan a los principios y normas en que se basa el Estado. Bien entendido que a unos y a otros están sometidos tanto los gobernantes como los gobernados: todos tienen sus derechos y sus deberes. De no ser así no se habría llegado al Estado de Derecho, al gobierno de las leyes que sustituye al gobierno de los hombres.

Con la libertad garantizada por las leyes y protegida por los Tribunales las discrepancias en política pasan de la tolerancia al reconocimiento de su valor en la función gubernamental. El tema ha sido estudiado minuciosamente en el reciente libro "La oposición política en las democracias occidentales", editado por el profesor de Ja Universidad de Yale, Robert ,A. Dahl. Bajo sudereccion nueve especialistas analizan el problema en´ Gran Bretaña, Estados Unidos, Noruega, Suecia, Bélgica, Holanda, Alemania, Austria, Francia e Italia. De estos estudios se deduce que de los ciento quince países miembros de las Naciones Unidas tan sólo treinta aceptan el normal funcionamiento de la oposición. También es cierto que se trata de los países más desarrollados política, social, económica y culturalmente.

El mejor elogio que se puede hacer del creador de un Estado es que su obra adquiere autonomía e independencia. Las instituciones y leyes reclaman la atención y el respeto del que desea actuar de acuerdo con el espíritu del fundador. A ellas se debe toda la lealtad, que equivale a adhesión, y servicio. Por ello se establece que, tanto el sucesor como los funcionarios, presten juramento de fidelidad a los principios y leyes constitucionales, no a las personas que temporalmente desempeñan las funciones de gobierno, por elevadas que éstas sean. Según el proverbio aristotélico de que hay que ser amigo de Platón, pero aún más amigo de la verdad, en un orden de lealtades, están antes los principios, leyes e instituciones que sus representantes temporales. La lealtad personal que se debe a estos últimos está subordinada a la que se debe a los principios e instituciones.

La oposición leal parte, pues, de la aceptación de las leyes e instituciones y quiere que desplieguen todas sus virtualidades. Es decir, la oposición leal es ante todo una oposición legal. Porque en el Estado de Derecho quienes critican ¡a gestión gubernamental, al no participar directamente en las funciones del poder, tienen como misión especifica señalar sus defectos, impedir sus abusos y ofrecer nuevas soluciones. Y por el hecho de ejercerse dentro del marco de las leyes, la oposición leal es una oposición legalizada.

En el país que cffn más continuidad ha desarrollado el Estado de Derecho, Inglaterra, la oposición leal es constitucionalmente la oposición al gobierno de Su Graciosa Majestad. En el caso de un nuevo Estado surgido en el marco de un régimen autoritario, en evolución hacia una democracia pluralista, la oposición se hace dentro de la obra creada por el fundador, sea el Rey como símbolo de un Estado monárquico o dentro de una Constitución republicana.

 

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