Autor: Saiz, José Ramón. 
 Fernando Suárez. 
 Me va a costar mucho ser hombre de partido  :   
 Mi conciencia está tranquila; no tengo la menor duda: no hubo traición a Franco. 
 Pueblo.    10/12/1976.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 43. 

"Me va a costar mucho ser hombre de partido”

FERNANDO SUAREZ:

"Por parte del Gobierno y de Alianza Popular dominó la comprensión"

"Mi conciencia está tranquila; no tengo la menor duda: No hubo traición a Franco"

No sé si por intuición de lo que horas más tarde iba a ser nuestra larga conversación, Fernando Suárez, ex

vicepresidente del Gobierno de Arias Navarro, brillante parlamentario y leonés de nacimiento, me dió en

un pequeño rincón de las Cortes, sobrio y acogedor, donde, tal vez, tantos pactos políticos se han

fraguado en los últimos tiempos. Fernando Suárez fue hace pocas semanas protagonista directo de un

Pleno histórico: al de la reforma política, al de un «sí» mayoritorio al Gobierno para colocar la primara

piedra del edificio democrático, reformando la estructura autoritaria. Yo creo que Suárez lleva a gala lo

de ser procurador en Cortes por designación directa del Rey Don Juan Carlos.

—¿Pero qué ha pasado en este país desde entonces?

Nos lo va a decir e1 mismo Fernando Suárez, un hombre que vivió muy de cerca el desgaste físico de

Francisco Franco: «Creo que desde entonces el momento político ha evolucionado muy deprisa. Primero,

se produjo el proyecto de reforma del Gobierno de Carlos Arias, y después, la crisis de julio planteó las

cosas de manera muy distinta. De una manera o de otra, lo cierto es que estamos en un momento

interesantísimo, en el que la propia legalidad heredada se propone alumbrar una situación plenamente

democrática. Creo que por parte de lo que viene siendo el "stablishment" se han dado los pasos

necesarios, y ahora quien tiene que demostrar que, efectivamente está dispuesta a aportar sus esfuerzos

para consolidar la democracia, es la oposición.

—Suárez, hombre cercano a Carlos Arias, sabrá el porqué cesó el presidente del Gobierno, ¿no?

—La verdad es que desconozco los pormenores, intuyo, que el presidente Arias se movía en un respeto

mayor a la continuidad y, sin embargo, paradójicamente tuvo menos comprensión por parte de los

sectores que ven excesivos riesgos en el cambio.

—Pero, de cualquier forma, los dos fueron protagonistas del momento sucesorio...

—Efectivamente. Y puedo decir que las previsiones se cumplieron rigurosamente. Desde el momento en

que falleció Franco, y días antes incluso, nos habíamos dedicado a preparar los actos a que obligaba el

caso, y pienso ahora que se logró con más normalidad de la que se podía suponer.

Pasados los momentos de la muerte y coronación del Rey, se planteaban los temas más estrictamente

políticos. Yo veía que era absolutamente inevitable, y oportuno además, un cambio de Gobierno;

consideraba, no obstante, muy delicado un cambio o sustitución inmediata de presidente. Por esta razón,

en la medida que pude, traté de convencer a Arias de que siguiera sacrificándose —en el sentido más

literal del término— a la vez que, naturalmente, le puse el cargo a su disposición con toda sinceridad,

explicándole que era inevitable que nos sustituyera, y relevándole, incluso de la normal cortesía de

anunciármelo cuando se produjera. De esto tengo prueba documental.

COMPRENSIÓN GOBIERNOALIANZA POPULAR

—Las Cortes en noviembre se erigieron en máximas protagonistas del país. El clima político tenía algo

parecido, en ambiente, expectación y por historia, a cualquier momento clave de unas constituyentes.

—Al ser nombrado para la ponencia sentí una sensación da tremenda responsabilidad. Se había creado

una imagen de las Cortes tan obstaculizadora de la reforma, que era muy preocupante la posibilidad de

que fracasara porque no estuviéramos los ponentes a la altura de las circunstancias. En ese sentido, la

verdad es que trabajamos de manera concienzuda para convencer a los procuradores. La realidad

demostró que algunos medios de difusión exageraron y, en el fondo, las cosas resultaron más fáciles de lo

realmente previsto.

—¿Cuál fue su primera impresión al estudiar las enmiendas?

—Desde el mismo momento que tuve conocimiento de las enmiendas que se habían presentado deduje

que la inmensa mayoría se mostraba conforme con las líneas generales de la reforma y que, sin embargo,

había muchos aspectos de la misma que iban a ser objeto de fuerte polémica; fundamentalmente, la

composición del Senado, las exigencias de las futuras reformas constitucionales y, por supuesto, el

sistema electoral. A medida que el Pleno se fue desarrollando quedó claro que el tema eje era la ley

Electoral, y en ése las posiciones estaban distanciadas.

Yo estaba convencido de que el sistema tenía que ser proporcional y convencido también de que los

argumentos de los enmendantes, frente a los excesos a que puede llevar el sistema proporcional, estaban

muy fundamentados. Por eso, el problema consistía en evitar los excesos sin ceder en el principio y

las conversaciones paralelas al Pleno cristalizaron en una solución sumamente razonable.

Hubo, en definitiva, mucha comprensión, por parte del Gobierno —que no es lo mismo que debilidad o

concesiones incómodas— y hubo mucha comprensión, también, por parte de Alianza Popular.

LA INCOMODIDAD SOLO FUE MÍA

—Aquellos días, los periódicos hablaban de discrepancias en la ponencia, ¿recuerda?

—Es inexacto, absolutamente incierto. La ponencia estuvo en todo momento cordialísima, aunque

tampoco estuvo unánime, como es normal, discutiendo a fondo los temas, sin llegar a una actitud de

discrepancia por parte de nadie.

La reunión con el presidente Suárez, tuvo por objeto recibir alguna explicación en algunos preceptos y

explicarle los motivos por los que entendíamos se debían modificar otros. Pero todo se produjo con la

más absoluta cordialidad y sin la más leve tensión. Puede ser que a los periodistas de las Cortes, les

trascendiera alguna sensación de incomodidad, pero eso no era entre los ponentes, sino mía personal ante

la presencia del presidente de la Comisión de Leyes Fundamentales en las reuniones de la ponencia. Dado

que al presidente no firma el dictamen, yo reclamé mi derecho a opinar únicamente y solamente ante

quienes iban a firmar el dictamen. La presencia de ton testigo silencioso, que de acuerdo con el

reglamento no podía intervenir, era una presencia que no entendía, y lo que no entiendo, me irrita. Por

eso, el presidente de la Comisión, no asistió permanentemente a las reuniones y, aunque ha dicho en un

periódico que a la chita callando se había puesto la reforma en sus manos, la verdad es que tuvo una

intervención prácticamente decorativa.

—¿Qué enmendante le impresionó más?

—Por supuesto, Martínez Esteruelas. No he oído nunca en esta casa (recuerdo que la entrevista se

desarrolló en un salón de la Cámara) un discurso tan bien construido como el que pronunció Cruz en su

segunda intervención y, como le conocía de antes, sabia que era capaz de hacer piezas oratorias maestras.

Sonríe al momento, cuando le pregunto que si en las Cortes fueron rivales, ¿qué fue de aquellos tiempos

en los que se sentaban en la mera del Consejo, allí en El Pardo?

—¿Y quién le dice a usted que no discutíamos seriamente en algún Consejo de Ministros? —me replica.

«AQUELLOS DÍAS LEÍ TEXTOS DE FRANCO»

—Hay una pregunta que tengo curiosidad en conocer su respuesta. Oiga, señor Suárez, ¿cuando defendía

las bases de la reforma y votó «sí» pensó que había traicionado a Franco?

—Es un tema demasiado serio como para no haberlo tenido en cuenta. Durante aquellos días yo leí textos

y discursos del Generalísimo y quedé convencido de su pragmatismo y de su permanente servicio a lo que

él consideraba lo mejor para España. Me convencí también de que lo mejor para España no podía ser lo

mismo con Franco que sin él y, por fin, en ningún momento pude olvidar la petición de su testamento de

prestar al Rey la misma colaboración que le había prestado a él. Creo que la ley de Reforma consolida a la

Monarquía, y no tengo la menor duda ni la menor intranquilidad de conciencia.

Pensé también que mis actitudes, que se podían llamar entonces aperturistas, fueron anteriores a mi

nombramiento de ministros lo que de alguna manera prueba que Franco era mucho más comprensivo que

algunos de los que ahora (y en vida de él) pretenden monopolizar la lealtad.

—Ya, por último, agotamos el temario de aquellas tres jornadas de las Cortes. ¿Qué recuerdos le quedan?

—Sinceramente, algunos votos en contra, otros a favor y algunas obstenciones difíciles de entender.

—¿Ha escuchado ese rumor de que el Gobierno le quiere recompensar...? ¿Tal vez algún ministerio?

—No creo que se nombren ministros por un simple discurso. Lo que he escuchado es el rumor de un

posible reajuste, si bien yo no soy partidario de que haya cambios en el Gabinete de Suárez antes de las

elecciones.

EL P. C.: "Que DEN PRUEBAS DEMOCRÁTICAS"

—Señor Suárez: los partidos están en marcha, las corrientes electorales se concretan, pero ¿en qué

organización va a militar usted?

—A mi me va a costar mucho ser hombre de partido. Creo que tengo espíritu critico suficiente como para

sentirme cerca de partidos distintos, según el tema que se trate. Por eso, me gustaría mantener la

independencia de juicio. Eso no quiere decir que en las visiones de conjunto no me sienta cerca de lo que

se llama gente de orden, siempre que en el orden no se incluya la injusticia.

—Tres preguntas rápidas: ¿Alianza Popular?

—Es un intento muy estimable que moverá mucha gente y a la que ha perjudicado alguna concreta

presencia.

—¿Socialistas?

—Este partido podría prestar a España un servicio histórico si se desvinculara de compromisos con

sectores totalitarios.

—¿Se refiero a los comunistas?, ¿eh?

—He dicho hace poco que el P. C. tiene que dar pruebas de que, incluso, en el supuesto de que llegara al

Poder, garantizaría la libertad que ahora propugna para él. Como esas libertades no existen en los países

en los que ya gobierna, tiene que comprender muy bien la desconfianza que suscita. Por otra parte, no es

fácil ir abandonando los modos, las banderas y los símbolos que aglutinaron a un sector de españoles

durante la guerra civil y que se pretenda algo parecido a la glorificación de las banderas contrarias.

—¿Tres problemas actuales?

—El económico, la mayor homogeneización social y la moderación política.

«HARÍA OTRA LEY DE HUELGAS»

—¿Y la huelga? ¿Firmaría ahora mismo un decreto más progresista?

—Sí, por supuesto. Nadie me ha demostrado que con la Organización Sindical vigente en 1975 se pudiera

hacer una legislación más avanzada que aquélla. Al alterarse de forma radical el planteamiento sindical,

las consecuencias son ineludibles. Hoy haría otra ley de huelgas.

Nos despedimos. Han sido casi dos horas de conversación. Hemos recorrido los últimos pasillos de las

Cortes, y, en la calle, cuando nos acercamos al aparcamiento, veo que algunas gentes se quedan

observando, al reconocerle, a este caballero de la política de alta figura. Esas gentes van a votar el día 15.

Entonces e1 señor Suárez me interrumpe.

—Sí, las tres opciones están claras. Primera, que abstenerse es renunciar a un derecho fundamental del

ciudadano y que además es estéril, porque la abstención podría servir para cuantificar a un sector, pero

está claro que las abstenciones no van a pinar. Segunda, que votar "no" equivale a que siga vigente la

democracia orgánica, cuya falta de plenitud, desde hace años, la hace hoy inviable. Y tercera, que yo voy

a votar «sí».

—Es lo que creo va a hacer mayoritariamente el pueblo español.

José Ramón SAIZ

PUEBLO, 10 de diciembre de 1976

 

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