Autor: Cruz Fernández, Manuel. 
   Una iniciativa necesaria     
 
 Pueblo.    05/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

UNA INICIATIVA NECESARIA

LA política de amistad de España hacia los países árabes apenas ha dado como resultado, a lo largo da

cuarenta años, alguna que otra declaración platónica de adhesión y simpatía, alguna que otra

manifestación de solidaridad en las Naciones Unidas y algún que otro gesto de buena voluntad. Poco más

podía contabilizarse en este largo periodo de relaciones excelentes, que han estado basadas sobra todo en

la postura española contraria al reconocimiento de Israel como Estado asentado en tierras palestinas. ¿De

quién ha sido la culpa de este escaso rendimiento de los lazos de parentesco y de simpatía? No es hora de

plantearse tal cuestión ni tampoco hora de lamentaciones, porque es evidente que durante largo tiempo

España ha carecido de medios idóneos para capitalizar esta amistad permanente. Otros países, con más

posibilidades económicas, con más experiencia en comercio exterior, con más agresividad y visión de

futuro, han ido arrebatando • España el puesto que por naturaleza le correspondía ocupar en el marco del

desarrollo de estos países tan cercanos, pero a veces tan alejados.

Ha llegado el momento, sin embargo, de la «puesta a punto» de nuestra política exterior, de acuerdo con

las auténticas posibilidades económicas del país y de acuerdo también con la evolución política interna,

que no ha modificado, afortunadamente, las coordenadas de la acción exterior en el mundo árabe. Hace

muy pocas semanas, España votaba favorablemente, una vez más, una resolución de las Naciones Unidas

que reclamaba el derecho del pueblo palestino a establecer su hogar nacional. Se producía este gesto

cuando más arreciaban las presiones para que la política exterior española diese un giro de 180 grados y

orientase sus miras hacia Israel. Los avezados diplomáticos del palacio de Santa Cruz, conducidos desde

julio por el ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, ya advirtieron las consecuencias de un

cambio tan dramático de la acción externa española. Lo ideal seria que la política de apertura iniciada

tiempo atrás, de amistad proclamada con todos los países del mundo, sobre la base de la reciprocidad, no

tuviese lagunas como ésta de Israel, o la de Méjico, o la de la U. R. S. S. Pero ciñéndonos concretamente

al Estado hebreo, era y es normal que el buen entendimiento con los vecinos árabes pusiera un freno al

establecimiento de relaciones con Tel Aviv; el mismo que los propios árabes tienen echado y que soltarán

en el momento en que la convivencia sea posible en el Cercano Oriente, e Israel, lejos de ser un problema

para la seguridad de la zona, sea una plataforma de paz. Sólo faltaría para ello que un pueblo, el palestino,

deje de ser el paria de la Historia contemporánea.

Quizá sea necesario decir todo esto para entender el alcance de la iniciativa tomada en la Zarzuela,

conjuntamente con Castellana, 3, y el palacio de Santa Cruz, a fin de dar un impulso efectivo a nuestra

cooperación con el mundo árabe. Ha sonado la hora de emprender una política exterior agresiva,

vigorosa, cerca de unos países que repetidas veces han solicitado la aportación de tecnología española

para contribuir a su desarrollo. Es absurdo esperar un trato de favor en el aspecto comercial de los

suministros de petróleo, de los que dependemos. Pero es plenamente legítimo competir con otros países

para que nuestra presencia económica sea decisiva en la consolidación de unas relaciones de siempre

necesitadas de otro tipo de intereses comunes. En buena hora ha sido tomada esa iniciativa de los viajes

de Don Juan Carlos, Adolfo Suárez y Marcelino Oreja de viajar al Cercano Oriente, porque casi todo está

por hacer en nuestras relaciones con los árabes.

Manuel CRUZ

 

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