Autor: Marco Linares, Victoria. 
 Lo que no se dijo del Sahara (XXX). 
 Última jura en el Sahara     
 
 El Alcázar.    18/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 41. 

ULTIMA JURA EN EL SAHARA

Lo que no se dijo del Sahara XXX

FUE como despertar de un mal sueño. Como si nuestro Caudillo no siguiera luchando con la muerte;

como si la Marcha Verde no hubiera existido o, al menos, como si hubiésemos dado un salto atrás en el

tiempo.

PRIMERA NOSTALGIA

Aquel domingo 16 de noviembre, soleado y radiante, en el B.I.R. n° 1, en la cabeza de playa de Aaiun,

más de dos mil soldados del cuarto llamamiento del reemplazo de 1974, juraban lealtad a la Bandera de

España y aquella ceremonia, en momentos tales, había querido solemnizarse con particular esplendor

dentro de la austeridad que en si encierra.

Por ello, el B.I.R. se engalanaba con todas las banderolas y gallardetes de las demás Unidades y su fla-

mear embravecido y multicolor llenaba los ojos de gozo y el corazón de alegría.

La banda de música del III Tercio, dirigida por el capitán Alemany, lanzaba al viento un alegre desafío de

notas marciales y la impresión de normalidad se debía a que aquella mañana, inesperadamente, el B.I.R.

se engalanaba también con la presencia de muchas mujeres que, excepcionalmente, habían vuelto al

Sahara y allí estaban de nuevo como antes, como siempre, en una aparente normalidad que confortaba el

espíritu aunque todos sabíamos que cualquier circunstancia tenia ya la tristeza solemne de "la última vez",

en una nostalgia aún remota pero presentida.

Esta vez habían venido menos familiares desde España, cuando en la jura an-, tenor, sólo de Barcelona,

llegaron más de cien en un vuelo especial.

"NO LO HUBIERA ESCATIMADO A ESPAÑA"

Casualmente coincidí con un matrimonio de Zaragoza, llegado para presenciar la jura de su hijo, Félix

Ortiz, soldado de Infantería de la II compañía del B.I.R., y comentaban asombrados el ambiente de

normalidad que no esperaban, ya que, al parecer, algunos periódicos eran demasiado alarmistas.

No obstante, el temor de un enfrentamiento no se anteponía en ellos a cualquier otro sentimiento cuando

les pregunté si les parecía bien el giro de los acontecimientos.

—Lo que sea mejor para España —dijo el padre.

—¿Vd. piensa igual? —solicité de ella.

—Si hubiera tenido que ser soldado, ante todo, yo hubiese sentido el mismo temor que cualquier madre,

pero nunca se lo habría escatimado a España y a orgullo lo tengo; además, bien se lo encomendé a la

Pilarín».

Ante nosotros, los nuevos soldados formaban ya con los uniformes de sus nuevas unidades, uniformes

que poco después habrían de ser substituidos por otros, como el hijo del capitán de La Gala, que juraba en

Nómadas, y al ser disuelta la Unidad pasaría poco después a la Legión, como su padre, o sus tíos, uno de

ellos caballero laureado, el glorioso brigada Fadrique.

Aparte de los reclutas, nunca vi en el Sahara en otras juras tal afluencia de soldados, y es que había de

todas las Unidades que la posibilidad de un enfrentamiento había reunido allí.

TAMBIÉN ELLOS

El teniente coronel Murga resaltó con frases emocionadas el alcance de aquel compromiso de honor y

pensé en tantas madres españolas, ausentes sólo en presencia física. Si el acuerdo de Madrid se había

ultimado por evitar unas bajas, qué precio más alto tuvo que pagar en este caso nuestra patria para ello,

pero qué asombro comprobar luego que entre tantos soldados no pude encontrar uno siquiera contento

con la solución, porque también a ellos les parecía un precio demasiado alto.

Acabada la misa oí mil comentarios destacando el gran esfuerzo que habían hecho para compensar con

voluntad y corazón el poco tiempo de instrucción inferior al de otros reemplazos y que les valió una

felicitación oficial del gobernador del Sahara, Federico Gómez de Salazar.

Una mujer, reducida como una pavesa, con medias de algodón y pañuelo a la cabeza, una de esas mujeres

que ya casi no existen, comentó al pasar junto a mi mientras miraba hacia las formaciones inmóviles, en

la gran espía-nada:

—Madre de Dios, qué guapo está mi hijo.

"YA ERES SOLDADO DE ESPAÑA"

Luego vino él momento solemne de la jura, en que el oficial les fue acercando a los labios la bandera

como se da a besar una reliquia.

Es probable que preocupados por descubrirse oportunamente y saludar, dentro del más perfecto

ceremonial, muchos no tuvieran en ese instante la consciente emoción de aquel beso, pero en cambio, tras

la frase sacramental, fue atronador, sobre el desierto africano, aquel último juramento de nuestros

soldados que trajo a mi memoria toda la emoción de otro juramento oído, muchos años atrás, en la

General de Zaragoza, cuando una nueva promoción de oficiales juraba también su lealtad y besaba la

enseña Patria, haciendo solemne compromiso de amar a los soldados, compartiendo con ellos cuantos

riesgos y fatigas hubiere y morir antes que ellos si fuera menester.

—Ya eres soldado de España, hijo —dijo alguien a mi lado cuando pasaron junto a nosotros tras desfilar

bajo la bandera, de tres en tres.

El sol era ya despiadado al comenzar, poco después el desfile con él último esplendor de gloria militar de

España en aquel desierto.

—Madre de Dios, qué guapo está mi hijo —volvió a comentar la sencilla mujer de pañuelo a la cabeza, y

no dudé que debía tener razón.

ESTA GUERRA SE ACABO

Luego encontré a muchos amigos que, próximos ya a repatriarse con sus Unidades, se fueron

despidiendo, como el teniente Serrat, a quien pregunté si era cierto que regresaba a las Palmas el Canarias

50.

—Creo que sí, pero aún no sabemos cuándo.

Coincidí igualmente con Manuel María Meseguer, del diario ABC, otro de los mejores profesionales que

pasaron por el Sahara.

—Me voy mañana —dijo.

-¿Y eso?

—Esta guerra se acabó.

—¿Tú crees?

El coche estaba muy lejos y al sol, y yo soñaba con tomar algo fresco.

Había un puesto ambulante de helados que me señaló Meseguer y no lo dudé, pero al ir a pagar fue

imposible.

—Tengo gusto en ofrecérselo a la señora si ella lo permite. En estos años le serví muchos helados y

como seguramente éste será el último que se tome en el Sahara, quisiera ofrecérselo si ella lo admite.

VISION PROFETICA

Tenía el ánimo tan sensibilizado aquellos días que tales palabras bastaron para arrasar mis ojos de

lágrimas, mientras estrechaba su mano con gratitud al reconocerle. Estaba siempre con "el Canario", y "el

Canario" era una verdadera institución en el Sahara y más concretamente en el Tercio, del que era

proveedor. Años atrás llegó con un modesto carrito de helado que rápidamente fue popular y poco a poco

había ido prosperando con esfuerzo y trabajo. Ahora él también se iba, igual que Meseguer, o como al fin

nos iríamos todos.

De regreso charlamos sobre los acontecimientos; Meseguer creía que ante la enfermedad del Caudillo era

conveniente eliminar problemas y que la escasa población saharaui no hacía posible pensar en la

independencia. Probablemente el tratado fuera la mejor solución.

—Dios quiera que tengas razón y esto sea lo mejor —dije despidiéndonos ya cuando llegamos a Aaiun—,

pero temo que aún está el rabo por desollar.

Creo que nada hubiera podido ser más profetice; 6 días después, exactamente el sábado siguiente, tendría-

mos ya en casa a los marroquíes.

Victoria MARCO LINARES.

Fotos: ARCHIVO.

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