Autor: Marco Linares, Victoria. 
 Lo que no se dijo del Sahara (XX). 
 Objetivo: Las fuerzas armadas     
 
 El Alcázar.    26/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

Lo que no se dijo del Sahara

Objetivo: Las Fuerzas Armadas

Así, cuando llegamos a Daora y Luis Fernández me preguntó la razón de mi llanto, pues al ver antes mis

lágrimas no había podido confortarme más que con un apretón de manos, no supe sino responderle:

—Porque veo una maquinación a gran escala, en la que hay más intención que torpeza para

desacreditarnos; por el sudor y la sangre que nuestros soldados dejaron aquí, por el esfuerzo de tantos

españoles y por el futuro de los saharauis; y por lo que no entiendo o lo que entiendo demasiado. Pero,

sobre todo, lloro por España, porque nada que sea infamante puede beneficiarla, aunque se haya dado la

consigna de hacérnoslo creer.

Vaya si tenía razones para llorar, y eso que en aquel momento aún no intuía lo que pocos días después

empecé a prevenir como algunos recuerdan aunque sólo hallase entonces incredulidad a mi alrededor; una

colosal maniobra de inspiración comunista en la que sólo debió ser fortuita la muerte del Generalísimo

aunque colaborasen algunos otros factores ajenos e incautos. Una maquinación de la que su primer

objetivo serían precisamente aquellas Fuerzas Armadas en cuya lealtad y dedicación profesional plena,

que no propiciaba ociosidades para proselitismos subversivos, iban a estrellarse los planes previstos.

CONSIGNAS COMUNISTAS

Por ello, crear una situación humillante e insostenible, en que la provocación pusiera diariamente al

Ejército en el dilema de si su pasividad servía a la Patria o a los enemigos que la atacaban, fue el segundo

objetivo de una trampa gigantesca en la que esperaban sacar al menos un resultado seguro, o descrédito o

sedición, siguiendo las consignas dadas en Praga en 1973 y publicadas incluso algo después.

Consignas que, divididas en tres objetivos, se pretenderían ir cumpliendo, encubiertas en una renovación

del sistema político español, para arrollar al final a los mismos que de buena fe la hubieran creído

oportuna.

Unos 8 ó 10 días más tarde un oficial amigo, recién llegado del interior, coincidiría, sin saberlo, con mi

propio criterio.

—Resulta que nos vamos después de haber logrado en mayo que tanto la ONU como el Tribunal de La

Haya nos dieran la razón; cuando habíamos conseguido, al fin, liberar nuestros prisioneros; que el

Polisario se diese cuenta de los errores cometidos; teniendo aquí un ejército extraordinario, muy bien

preparado y con una enorme moral y ganas de escarmentar a Marruecos de una vez y sin más

comtemplaciones y, después de todo eso, y teniéndoles en frente, no a la Marcha Verde, pero sí a las

columnas militares que habían entrado, haberlas pulverizado. Y si la Marcha avanzaba, habernos metido

hasta Marruecos con Ejército, Marina y Aviación a ver qué pasaba, en vez de prohibir que se sobrevolara

para taparnos los ojos. Estoy convencido de que USA no hubiese intervenido a cara descubierta porque no

le interesa. ¿Que se nos cerraba todo? Ya habríamos salido como en otra ocasión y ahora, además, con

una gran experiencia. Pero había interés en vencernos y se nos impidió atacar a Marruecos y deshacer su

Ejército porque al parecer, en Madrid, no apoyaron nuestra postura: Por supuesto, nadie hubiera deseado

una guerra, pero es que así tampoco la evitamos retrasándola para un momento peor y costando mayores

bajas. Se diría, que todo ha estado preparado por nuestros peores enemigos para desacreditar al Ejército y

hundir a España. En otra ocasión, cuando Europa y el mundo nos cerraron las puertas, el tesón, la

dignidad, nuestra unión y una guerra ganada, nos hicieron salir adelante y dar al mundo una lección.

Puede que fuese éste el precio que querían cobrarse porque ahora sí que no tenemos voluntad y perdemos

nuestra unión. Con esta guerra perdida, por no haber osado afrontarla, Europa pretenderá escupirnos, y si

no al tiempo.

ENTRE LOS NÓMADAS

Aquel día, que fue el último en que nos llevaron a los periodistas frente a la Marcha, nos acercaron a otro

puesto español, después de visitar la playa por la zona de Negritas.

El día era bellísimo y el puesto español ocupado por Tropas Nómadas estaba situado cerca de una enorme

duna que se recortaba en el cielo de un azul deslumbrante. Los reporteros gráficos aprovecharon la

ocasión y se cansaron de hacer fotos, especialmente una gentil compañera enviada por una agencia

francesa, que era una auténtica especialista.

La mascota de los Nómadas era un mono al que nuestros soldados estimularon a lucir su repertorio de

gracias hasta que, invitados por el capitán Paulino Fernández, entramos con él en la tienda a compartir la

comida.

Yo escuchaba en silencio considerando cuantas circunstancias adversas había tenido que afrontar aquella

agrupación de Tropas Nómadas en la que sólo quedaban ya soldados españoles, pues igual que en la

Policía Territorial habían prescindido de los soldados saharauis, condoliéndome de un final que

nadie había esperado y mucho menos merecido.

Pero el capitán, deferente y hospitalario, respondía a mis compañeros bromeando sobre el confort de las

jamás y señalándonos cómo fregaban los soldados con arena de la duna el plato que nos serviría para

todo.

Ignoro hasta qué extremo, tanto él como otros oficiales que acudieron después, estaban al tanto de cuanto

yo sabía comprendido aquella misma mañana. Es más, ignoro incluso si sabían o sospechaban algo,

porque todos mantuvieron el mismo aire jovial y despreocupado, consolándome sin saberlo al

confortarme con la magnífica lección de su espíritu, insensibles a cualquier jabara y dispuestos por igual a

combatir que a echar raíces, si habían de permanecer, o a marcharse en cuanto se les ordenara, como si

nada dejaran detrás, aunque sólo Dios sabía cuánto significaba en esfuerzo y sacrificio.

DONDE ESTÉ ESA BANDERA

Sin embargo el disgusto me hacía mordaz e hiriente y siempre me reprocharé el derrotismo con que

respondí en Daora aquel día a otro capitán de las misma Agrupación de Tropas Nómadas, Fernando

Ferrando, que me preguntó mis impresiones sobre la Marcha Verde.

Recuerdo su mirada sorprendida al oír mis palabras escépticas, y después las suyas, sin matiz alguno de

reproche, pero con una firmeza y una lealtad que me emocionaron.

Yo lo único que sé es que donde esté esa bandera —señalaba la que había a su espalda— allí estaré yo

porque allí estará España.

Hubiera querido volver a coincidir con él posteriormente para que supiera cuánto me confortaron sus

palabras en aquel momento y en otros muy amargos que ya se nos venían encima, pero muy

especialmente aquella misma tarde, en una curiosa conversión que mantuve en el Cuartel General de

Aaiún, con unos señores en los que el sentido práctico se imponía a otro cualquier sentimiento.

Y es que en el Sahara se iniciaba ya la campaña anti-Patria.

Victoria MARCO LINARES

Fotos archivo

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26 — ENERO — 1977

 

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