Autor: Marco Linares, Victoria. 
 Lo que no se dijo del Sahara (XVI). 
 Rumores inquietantes     
 
 El Alcázar.    18/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 1. 

Lo que no se dijo del Sahara (XVI)

RUMORES INQUIETANTES

AQUEL 7 de Noviembre, segundo día de la "Marcha", fue de máxima expectación. Habían llegado nue-

vos corresponsales y coincidían en decir que la enfermedad del Generalísimo, recientemente operado, y el

problema del Sahara, compartían por igual la atención mundial en todos los medios informativos.

Nosotros que apenas disponíamos de otro contacto con el exterior que los escasos periódicos que llegaban

atrasados y los transistores, estábamos prácticamente pendientes de las noticias de Radio Nacional.

Cuando se referían a la situación que nosotros vivíamos allí, nos producía una curiosa sensación

verdaderamente indefinible, sobre todo aludiendo a la Marcha Verde de la que tan poca distancia nos

separaba.

Aquella mañana salimos a la misma hora, pero en mejores condiciones porque el siroco había amainado.

Cerca ya de las posiciones más avanzadas, a la izquierda de la carretera, una compañía de soldados hacía

gimnasia, desnudo el torso y desafiando el frío, igual que dos horas más tarde, prácticamente sin

transición, desafiarían el calor, porque en el Sahara ya es sabida la brusquedad de cambios

climatológicos.

El color verdoso de los pantalones confundió a un corresponsal.

—¿Legionarios?

—No —respondió el oficial de gobierno que nos acompañaba aquel día—. Son paracaidistas.

—¿Y es que estos tíos necesitan estar más en forma?

UN EXTRAÑO CURA

Estuvimos luego en uno de los puestos de la División Acorazada, pero también aquel día deseaban mis

compañeros acudir cuanto antes a "primera línea", así que nos despedimos rápidamente del grupo de

oficiales que nos habían atendido, pero al ver al último de ellos con el emblema de una cruz que me fue

muy familiar sobre un bolsillo del pecho, no dudé en su identificación.

— ¡Adiós "pater", hasta la vista! -dije-.

—Pero qué pater ni que jaculatorias! —comentó un compañero cuando subíamos al Land-Rover—. ¿Le

tomas por un cura?

— No le tomo, ES. Se trata del capellán de la unidad ¿acaso no le has visto la cruz sobre el bolsillo?

—¡Hombre, te diré! ¡Como que es el teniente médico y lleva la cruz de sanidad militar!

Naturalmente mi despiste me hizo soportar bromas hasta llegar al puesto avanzado en el que encontramos

al general Timón Lara.

Recién ascendido, resultaba curioso verle de general, pero llevando aún el uniforme verde del Tercio en el

que días antes era coronel. Por eso precisamente, quienes se le acercaban estaban más propensos a

llamarle "mi coronel" que "mi general".

Todos los corresponsales le rodearon inmediatamente pidiendo las últimas novedades. Nos explicó que

los marroquíes se mantenían en el mismo lugar en que acamparon, aunque nuevos núcleos de voluntarios

habían ido engrosando el gran circo que se extendía ya en un frente considerable.

La víspera, cerrada la noche y a la luz de las hogueras, grupos folklóricos comenzaron exhibiciones

danzantes, entonando interminables letanías. Aprovechando el jolgorio, un grupo de voluntarios se había

aproximado a la zona minada como si fueran a explorarla, pero nuestras patrullas, no estimando adecuado

el momento para folklores ni reconocimientos, hicieron estallar una mina y al no bastar ésta, otra a

continuación. Ello hizo ver definitivamente a los marroquíes la conveniencia de no transitar a tales horas

sobre un campo minado, y a partir de entonces acabó la fiesta.

—Al menos apagaron las luces Y se hizo el silencio para el resto de la noche —concluyó el general

Timón Lara—.

NUESTRAS ORDENES SON CONCRETAS

Pero aún tuvimos todos los informadores materia sobrada de trabajo, porque a mediodía, más o menos,

aterrizó a nuestro lado un helicóptero del que descendió el gobernador general del Sahara, Gómez de

Salázar, seguido del coronel Bourgon. también de Estado Mayor, el teniente coronel Valdés, de Gobierno

y varios jefes y oficiales del Cuartel General.

Inmediatamente estuvo acosado por los corresponsales viendo surgir ante él una profusión de micrófonos

que me recordaron las lanzas de Breda, aunque a decir verdad éstas podían ser más incisivas que las de

Velázquez.

No obstante, no acusó ningún matiz de impaciencia, ni siquiera al contestar a uno de los corresponsales

extranjeros.

—Me extraña oír preguntas sobre la moral y la disciplina de las tropas —dijo—, cuando creo que es

evidente cómo están preparadas y los medios de que disponemos.

Otro preguntó si había posibilidad de que continuara avanzando la Marcha Verde.

—Sería absurdo; si avanzan serán ellos los que se metan en el fuego, tenemos un límite marcado y no irán

un metro mas allá de él; nuestras órdenes son concretas.

Momentos antes de la llegada de Salázar, dos corresponsales habían comentado, al oír que aquel puesto

avanzado tenía exclusivamente la misión especial de observar e informar, que nuestra actitud parecía ya

menos firme, y rumoreaban que nuestras fuerzas iban incluso a replegarse, así que pensé en la

conveniencia de concretar las respuestas para evitar interpretaciones falsas y enojosas preguntando por mi

parte.

— Pero esa línea, que hay marcada como límite ¿está muy lejos de aquí?

—Muy próxima, y aunque la radio marroquí señale que la Marcha Verde pasará, mis órdenes son disparar

contra quien sobrepase el limite.

RUMORES INQUIETANTES

Lo cierto es que, con la llegada a Madrid de Filali, embajador de Marruecos, que traía un importante

mensaje para nuestro gobierno, nuevamente comenzarían, a título de rumor, noticias inquietantes, por lo

que, ni siquiera allí, entre nuestro Ejército y los marroquíes frente a nosotros acabábamos de

convencernos que esta vez se habían acabado las contemplaciones y aquello iba en serio.

Y eso que nadie parecía que en aquel momento el inesperado viaje de Carro Martínez a Aaiún

acompañado por el embajador de España en Rabat.

Al despedirse de nosotros el general Salázar me preguntó si había sobrevolado ya la Marcha Verdo, y

ante mi negativa me ofreció una plaza en su helicóptero, poro no me hubiera gustado dejar en tierra

por mi causa al teniente coronel Valdés, que tristemente se prestó a ello, ni tampoco quería aumentar a

costar el disgusto de aquellos compañeros que aún no la habían sobrevolado y que tanto censuraban

otros aprovechar influencias amistades para hacerlo.

Así, aquel día compartimos sombra de unos carros de combate, la misma comida de nuestros soldados y

más tarde tomábamos café de unos termos providenciales.

Nos acompañaron el teniente coronel Travesedo, el comandante Trench y el teniente coronel

Prada, todos del Grupo Ligero. Más tarde se sentó con nosotros el capitán Repolles, recién

incorporado al tercio, porque daba la circunstancia de quedar muchos años destinado en él había

conseguido vacante en Valladolid, pero, al tensarse la situación en el Sahara, sin pensárlo dos veces

pidió volver a su Terreno Sahariano para ocupar la vacante que él mismo había producido

Victoria MARCO LINARES

Fotos: ARCHIVO

 

< Volver