Autor: Aguirre López, José María (AMÉRICO VÉLEZ). 
   El encuentro Suárez-Schmidt     
 
 Informaciones.    04/01/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL ENCUENTRO SUAREZ-SMITH

Por Américo VELEZ

LAS relaciones entre Madrid y Bonn son excelentes. El Gobierno de la R.F.A. desea ayudar con la masar

eficacia que resulte posible a la Monarquía constitucional española. Por eso el canciller Helmut Schmidt

ha resuelto pasar por nuestra ciudad luego de_ dar por terminado su breve período de descanso de finales

de año en la Costa del Sol y celebrar con el primer ministro de don Juan Carlos I una entrevista, que en el

mundo oficial oeste germano no place que se califique de «cumbre».

Por dos principales razones: a) Porque el término se aplica, en el lenguaje diplomático de la Europa

comunitaria, a encuentros bilaterales o multilaterales de estadistas de primer rango que se hayan

proyectado con tiempo y preparado con minuciosidad, y tal no es el caso con relación al diálogo

«improvisado y sin orden del día» que van a mantener el jueves en Madrid el presidente Adolfo Suárez y

el primer personaje del Gabinete federal de Alemania del Oeste; y b) Porque Herr Schmidt, no , quisiera

dar luego «cuenta demasiado minuciosa» de lo que discuta con el señor Suárez. Ni en su propio país ni en

el cuadro de los «nueve». No porque se proponga concluir tras la discusión «acuerdos secretos», con su

interlocutor, sino para que las cosas «no se compliquen con debates innecesarios».

De todos modos, en Marbella se ha elaborado —como tal vez haya ocurrido o esté ocurriendo en

Madrid— un esbozo de agenda sobre lo que eventualmente el visitante pueda decir o sugerir al visitado o

éste, por su parte, plantee o pregunte.

He aquí un esquema de las contestaciones que el canciller podría tal vez dar a determinadas posibles

interrogantes de su homólogo español:

• La República Federal Alemana es una de las grandes potencias del Occidente democrático que más

sinceramente desea —deseo que quizá no es meramente «platónico», sino que puede tener matices de

«interés propio»— que España adquiera naturaleza de pleno derecho como Estado adherido a los

Tratados de París y de Roma (constitutivos de las Comunidades Europeas) y también al de Washington

(por el que se creó la Alianza Atlántica.

• A fin de que Madrid, aparte los puntos de órdenes político y jurídico que debe acometer y resolver

«por sí mismo» para adquirir rango de capital de nación inequívocamente democrática, se ponga en

condiciones de hacer frente a los deberes que le impondrá su condición de miembro del Mercado Común

y de percibir cuanto antes los beneficios que ello le reporte, Bonn —el Bonn socialdemócrata-liberal

del momento presente— está dispuesto a prestar, «en el plano bilateral», cuantas asistencias se estimen

aquí necesarias, y a apoyar sin reservas, al nivel comunitario, la candidatura española.

• En cuanto a si este país entra o deja de entrar «formalmente» en la O.T.A.N., la R.F.A. hace suya la

doctrina que en torno a la materia sentó el señor Kissinger en Bruselas con motivo del último Consejo

ministerial atlántico: el tratado de defensa y ayuda mutuas Madrid-Washington incorpora «de facto» a

España, al dispositivo militar de Occidente. En caso de conflicto generalizado, el Ejército español

cooperaría con los de la Alianza.

• Bonn, en fin, parece resuelto a contribuir a la reconstrucción de la economía española con créditos

directos —algunos de ellos combinados, en el terreno bancario, con los de origen americano— y a

sostener presumibles demandas de Madrid al Fondo Monetario Internacional de empréstitos en Derechos

Especiales de Giro, como los concedidos a Italia y a la Gran Bretaña.

Al objeto de no verse obligado a «improvisar demasiado» en su conversación con el jefe del Gobierno

español, el canciller Schmidt habría hecho llegar a Mar-bella a un reducido equipo de consejeros de la

cancillería federal, con ayuda de los cuales probablemente se viene poniendo desde ayer en condiciones

de «ir tan lejos como sea posible» en su diálogo con el presidente Suárez.

El canciller va a esforzarse, subrayan fuentes germanas bien informadas, por no adoptar ante su anfitrión

actitudes susceptibles de ser interpretadas como «tentativas de injerencia» en asuntos españoles internos o

de magister» presuntuoso —acusación que con frecuencia le lanza la Prensa francesa— en el arte de

dirigir un Gobierno y de guiar a una nación. Sin embargo, si se le pidieran opiniones o consejos en cuanto

a determinados aspectos del futuro político de España, emitiría —con toda discreción— este

pensamiento:

El Gobierno del Rey necesita darse, en el plazo más breve previsible, tonalidades de índole «liberal y

civil». En tal orden de cosas, el señor Suárez debería:

1. Suprimir los Departamentos gubernamentales del Movimiento, de Sindicatos y de Información.

2. Acabar con ese extraño concepto, de «ministros militares», fundiendo las tres actúales ramas

castrenses del Gabinete gubernamental en un Departamento único de Defensa, regido por un prohombre

identificado con el ((pensamiento político» del presidente y de los demás miembros del «Gabinete de Su

Majestad»; y

3. Por lo que se refiere a los partidos políticos, a todos —incluso los que defiendan postulados

antidemocráticos— conviene emplazarlos en los márgenes legales. Sólo si alguno se sale luego de ellos

habría que considerar la eventualidad de «discernirle estatuto y trato especiales».

 

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