España y Rusia     
 
 Ya.    10/02/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 20. 

ESPAÑA Y RUSIA

El Gobierno ha anunciado la reanudación de relaciones diplomáticas entre España y la URSS.

Consideramos que el mejor comentario es reproducir el editorial que YA publicó el 6 de mayo de 1966.

El buen sentido del lector sabrá hacer las salvedades accidentales que aconsejan los casi once años

transcurridos.

Los anunciados viales a Moscú del general De Gaulle y del ministro Fanfani; la visita que hizo en su día

al Kremlin el "premier" británico, Mr. Wilson, y hasta la propia visita del ministro Gromyko a Su

Santidad Pablo VI, son sucesos que invitan a reflexionar sobre si ha llegado la hora de que España

modifique su actitud respecto de Rusia.

Ignorantes de lo que haya de cierto en supuestas negociaciones de las que habla desde hace tiempo la

prensa extranjera y plenamente confiados en que el generalísimo Franco y su Gobierno llevarán las cosas

con tino y las resolverán con acierto, nos creemos, sin embargo, autorizados a reflexionar en voz alta, por

nuestra propia cuenta y para nuestros lectores, acerca de una cuestión que interesa mucho al país y no

poco al mundo.

Se podría plantear el asunto de este modo: aun dando por más que justificada la conducta de España para

con la URSS durante los pasados lustros, ¿habría ahora razones para cambiarla, en el caso en que Rusia se

mostrara dispuesta a extender a España la política de coexistencia pacífica que brinda al resto del mundo?

A PENAS será necesario despejar la cuestión previa de si es libre nuestra nación para decidir en esta

materia o si debe contar con los demás países. Porque ninguno de éstos tiene el menor derecho a

inmiscuirse, en nuestra decisión ni título ninguno para ser consultado. Nuestra actitud de ruptura no sólo

con la URSS, sino con todo el mundo comunista, la adoptó España por su propia cuenta. Y lo hizo por

razones morales e Ideológicas y aun a costa de no pocos daños y de muchos perjuicios, singularmente de

orden económico.

Pocos, si alguno, de los Gobiernos extranjeros entendieron el gesto, y casi ninguno nos agradeció los

sacrificios. Mas durante todo un largo período, que no olvidamos fácilmente los españoles, por parle de

los poderosos del Occidente se intentó sacrificar a nuestra Patria en holocausto a Rusia, en aras de una

política que se llamó de apaciguamiento. Y luego, también durante largos años, otros países se lucraron a

costa nuestra de la falta de relaciones comerciales directas de España con los países de ese medio mundo

comunista.

Somos, pues, libres los españoles, enteramente libres, para decidir, según nuestros principios ya tenor de

nuestras conveniencias, sobre este como sobre los demás asuntos de nuestra política, así interior como

exterior.

SEGUN nuestros principios, acabamos de escribir; porque está claro que un país idealista como España y

un régimen como el nuestro, que pone a la cabeza de su escala de valores los de orden espiritual,

problemas como éstos no los decide mirando sólo a sus conveniencias.

Por eso, aunque serían respetables, no son razones de interés material o económico las que disponen

nuestro ánimo a favor de las relaciones diplomáticas con Rusia. Ni el lícito incremento de nuestro

comercio, ni siquiera la recuperación de las reservas boticarias de oro depositadas en la Caja de Metales

Preciosos del Comisariado de Finanzas de la URSS, que nos deberían ser devueltas, ya se entiende, tan

pronto como mediara el recíproco reconocimiento de los Gobiernos, sin necesidad de plantear la cuestión

ante los organismos de la justicia internacional.

CON razones de alta política internacional las que podrían movernos a cambiar el signo de nuestra

actitud diplomática respecto de Rusia. Tales: contribuir a que triunfe la causa de la paz en la tierra; poner

de nuestra parte cuanto nos sea posible para la convivencia entre los pueblos, y, en fin, ayudar a los países

oprimidos, si no a obtener la liberación, cuando menos a conseguir para su población el respeto de

sus convicciones y de las libertades personales. Análogas razones—análogas, no las mismas—que

aquellas que mueven a la Santa Sede a cambiar su conducta respecto de los países comunistas podrían

acuciarnos a nosotros a llevar nuestra política exterior en esa nueva dirección.

Con ello no sólo no habríamos renunciado a nuestra ideología, sino que, justamente por ser consecuentes

con ella, enderezábamos nuestra conducta con arreglo a lo que piden las nuevas situaciones

internacionales, los tiempos nuevos.

CABE preguntarse como recibiría la opinión pública española este cambio de actitud para con Rusia de

parte de nuestro Gobierno. Creemos que lo comprenderá perfectamente.

El mundo eclesiástico, tan importante en nuestro país, no habría de extrañarse, puesto que, a su tiempo,

recibió con respeto las audaces decisiones de Su Santidad Juan XXIII en orden a las relaciones de la

Santa Sede con los países del mundo comunista, y hoy acaba de aplaudir la visita del Kremlin al

Vaticano.

El sector militar, que tanto ha sufrido de la incomprensión extranjera, así sobre los motivos idealistas de

nuestra guerra como acerca de nuestro comportamiento en la última contienda internacional, no podrá

poner en duda que esa nueva política exterior, si llega a practicarse, no significa en modo alguno ninguna

rectificación ideológica de nuestro radical anticomunismo, sino tan sólo una rectificación de posiciones

requerida por las nuevas circunstancias.

En los medios universitarios e intelectuales, siempre despiertos para las novedades y enemigos de

anclarse en el inmovilismo, y en los círculos económicos realistas y ágiles no es de prever

que se produzcan reacciones contrarias al paso de que hablamos.

Y, en fin, entre el pueblo llano, no nos cabe duda que esa medida parecerá sagaz y hábil.

QUEDA por ponderar los riesgos y peligros que podría seguirse de la presencia activa de una misión

diplomática de la URSS y, en su caso, de otros países comunistas en la capital de España y de sus

Consulados en provincias. A ellos ha aludido Su Excelencia el Jefe del Estado en recientes declaraciones.

A esto se puede responder que, durante la negociación, se tomarían, es claro, las debidas cautelas para

que tales misiones sean verdaderas Embajadas y, no células de agitación y propaganda. Y también que

uno gran parte de la acción subversiva que hoy desarrolla el comunismo contra España, dentro y fuera del

país, podrá ser sofocada o reducida desde el momento que existan relaciones oficiales con los países

donde esa acción se forja o se realiza; pues cabrá usar de medios, diplomáticos para contrarrestarla, cosa

que hoy resulta imposible.

EN resumen, creemos que hay razones morales y de otros órdenes para reanudar las relaciones

diplomáticas con la URSS; pensamos que la opinión pública española recibiría, en su caso, esta medida

como justificada, y estimamos, en fin, que los peligros inherentes a la presencia en España de una misión

diplomática soviética se pueden conjurar debidamente.

 

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