Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
 A fines de 1963 estuvieron a punto de establecerse. 
 Las relaciones con la Unión Soviética     
 
 Ya.    11/02/1977.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

A FINES DE 1963 ESTUVIERON A PUNTO DE ESTABLECERSE LAS RELACIONES CON LA

UNION SOVIÉTICA

LA normalización diplomática anunciada hace unas horas en Madrid entre los Gobiernos español y

soviético cierra un largo paréntesis de incomunicación que se abrió con la guerra civil que fue, poco a

poco, a partir de 1958, tratando de reanudarse, por encima de graves dificultades y obstáculos. Por

razones ideológicas los gobiernos de la República mantuvieron durante la guerra española una estrecha

vinculación con el régimen de Moscú que suministró ayuda militar y civil a la zona republicana y recibió

una importante parte del oro del Banco de España, en depósito, enviada por el Gobierno de Madrid. La

división de voluntarios españoles que años más tarde combatió en, las filas del Ejército alemán de

invasión, en el frente ruso, señaló otro de los hitos del grave malentendido que había de separar durante

un largo período a nuestros dos países.

SE había creado—como en tantas ocasiones-una mitificación del "enemigo soviético" que era al propio

tiempo un símbolo de la amenaza, interior comunista. A esta simplificación contribuía, no poco, el clima

predominante de la guerra fría, que a partir de 1948 se hacía presente en el contexto internacional como el

factor decisivo de la tensión ruso-americana. Nosotros, insertos desde 1953 en el dispositivo estratégico

de los Estados Unidos con los convenios de las bases, parecíamos olvidar la existencia de ese abismo que

nos separaba de la Unión Soviética, cuya sola mención sería en aquellos años para despertar alergias

viscerales en determinados círculos de poder.

PERO este esquema que los medios de comunicación del franquismo pregonaban incesantemente no

correspondía a la realidad. La política exterior soviética era, ya entonces, pragmática y calculadora. Tuve

yo la primera experiencia de ese realismo cuando gestioné en noviembre de 1954, siendo embajador en

Washington, la entrada de España en las Naciones Unidas, como país observador, para dar paso después a

la admisión como miembro de pleno derecho. Mi sorpresa, fue el sentido de flexibilidad que en todo

momento encontré en el jefe de la delegación soviética, Sobolev, que más tarde se confirmó, al ser ella la

que propuso precisa-mente nuestra candidatura, juntamente con otros, al ingreso en la Organización. Esa

misma impresión la obtuve en París, durante mi jefatura de misión de 1960 a 196,. Mi antecesor,

CasaRojas, hombre de muchos saberes, mantuvo con Sergio Vinagradoff, su colega ruso, una primera

negociación, entre otras cosas, sobre el tema del oro que, aunque no prosperó, sirvió para romper el hielo

protocolario. Recogí la noticia de labios de mi predecesor, y a poco, a través de Manlio Brosio, eminente

diplomático italiano, luego secretario de NATO, establecí con Vinagradoff una sólida relación que abrió

una serie de contactos en profundidad entre los dos Gobiernos.

CASTIELLA dio su plena aprobación a las gestiones, si bien advirtiéndome sobre las enormes

reticencias y rígidas oposiciones que el tema levantaba en los círculos más cerrados del franquismo. El

general De Gaulle, que siempre tenía abierta "la línea de Moscú", para contrapesar el monopolio atlantista

apadrinó la idea con alguna manifestación pública.

HABIAMOS previsto empezar por los intercambios comerciales; abrir representaciones consulares,

realizar contactos culturales y deportivos y culminar en una normalización diplomática. El plano para

completar dicho programa no sería superior a dieciocho meses. A fines de 1963 podían haberse, pues,

establecido las relaciones diplomáticas de España con la Unión Soviética. Krutchev estaba de acuerdo con

ese planteamiento general.

LA ejecución de Julián Grimau dio al traste con el proyecto, que se congeló definitivamente poco

después. Krutchev envió un mensaje a Franco solicitando la conmutación de la pena. Poco antes había

transmitido una nota sobre la desnuclearización del Mediterráneo en que por primera vez se dirigía el

Gobierno soviético al Generalísimo, dándole, oficialmente, el tratamiento de Jefe de Estado español, lo

cual suponía implícitamente un reconocimiento. Parece innecesario recordar que el gobierno republicano

en el exilio no fue nunca reconocido por Moscú.

TRAIGOa colación estos detalles para mostrar qué acumulación de años perdidos produjo el dogmatismo

cerril de nuestra más alta política en éste como en otros asuntos importantes de la acción exterior. Hace

poco escuché con asombro a cierta personalidad, en una emisión televisiva, decir que Europa había ido

perdiendo hoy los injustos prejuicios que tenía contra España por las supuestas incompatibilidades

políticas de nuestras instituciones con las del Occidente. Creo que hay que decir la verdad cuando se

habla de temas tan importantes. No es que en Europa se hayan acabado los prejuicios, sino que en España

se ha acabado la dictadura: Y con ello ha venido, a medida que la Monarquía avanza en el camino hacia la

democracia, una generalizada actitud de amistosa cooperación y normalidad.

A SI, ahora, la Unión Soviética y España establecen sus vínculos diplomáticos plenarios. Los

antecedentes inmediatos hay que buscarlos en el mensaje de la coronación del Rey cuando se habló de

relaciones diplomáticas con todas las naciones, sin excepción; en los acuerdos de Helsinki y en la misma

carta de las Naciones Unidas. Rusia tomó ante el advenimiento del nuevo régimen una actitud de

cautelosa expectación. A los pocos días de formarse el primer Gobierno de la Monarquía, el día 10 de

enero de 1976, me entrevisté en Paris, en nuestra Embajada, que regentaba don Miguel Lojendio, con

Chervonenko, su colega soviético en aquella capital. Fue una larga y sustanciosa conversación en la que

abordamos el problema de la normalización diplomática plenaria entre España y Rusia, que ya habían

establecido entre sí, desde 1961 y a lo largo de esos años, numerosos contactos y acuerdos de carácter

comercial, sobre todo. Es preciso decir que si por un lado el Gobierno soviético amansó con prudencia en

el tema, marchando con deliberada lentitud, debido a la pesadez habitual de su máquina burocrática y a

ciertas reticencias procedentes de los informes partidistas que recibía, también por parte española

surgieron fuertes resistencias en los rodajes que aún subsistían de la intransigencia anterior y que hacían

cuanto era posible para retrasar la iniciativa, y aun torpedearla, por toda clase de conductos. Pero sobre

esas últimas dificultades se ha impuesto la fuerza de la realidad. Y el impulso irreversible de la evolución

española hacia la democracia, ha traído consigo la serie de normalizaciones diplomáticas a las que hoy

asistimos y que se completará dentro de poco con alguna más. La cosecha hábilmente recogida por el

ministro Marcelino Oreja no puede ser más fructífera y espectacular y representa, un acontecimiento

importante en la historia de nuestras relaciones exteriores.

En el contexto internacional de nuestros días, la dialéctica de las dos superpotencias nucleares, que se

halla en la fase de distensión, rivalidad competitiva y cooperación, constituye el panorama de fondo sobre

el que se debaten los grandes temas mundiales que afectan prácticamente a las ciento cincuenta naciones

del mundo. España, que dentro de su dimensión y poder, de tamaño medio, tiene una indudable

proyección europea y americana, no podía quedar amputada, de esa conexión que ahora se inicia y que le

facilita una serie de elementos nuevos para apoyar su política exterior con más amplios márgenes de

maniobra. La era del maniqueísmo ideológico se ha terminado para dar paso a una etapa de realismo

pragmático y de racionalidad al servicio de los intereses de España.

José María DE AREILZA

 

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