Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
 Política exterior. 
 Las constantes han sido modificadas     
 
 Ya.    16/02/1977.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

POLÍTICA EXTERIOR

LAS «CONSTANTES» HAN SIDO MODIFICADAS

Ya no se trata de una vocación europea, sino de buscar una integración Todo intento de entrar en la

OTAN antes de las elecciones es prematuro

Son tan pocas las veces que uno puede aprobar sin reservas las cosas de la política activa que cuando se

presenta la ocasión de hacerlo se experimenta una satisfacción especial. Parece como si un duende interno

nos dijera: ¿Ves cómo no era tuyo el defecto cuando encontrabas faltas en todo? Esa satisfacción es la que

yo experimento en "el momento actual, tanto en lo que se refiere a los hechos como a las recientes

declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores. Ha dicho él, al ser preguntado por las "nuevas"

directrices u orientaciones de esa política, que no es fácil hablar de novedades en las relaciones exteriores,

porque hay unas "constantes" a las que debemos atenernos. Prácticamente cierto, en el momento actual

español. No es que sea imposible definir una política nueva mediante la superación de viejos puntos de

vista.

HACE poco he publicado en YA un artículo sobre Gibraltar y nuestras plazas de soberanía en el que se

ofrece un modesto ejemplo de cómo se puede mejorar el punto de vista que ha constituido "constante" de

nuestra política exterior durante cuarenta años.

Y es que hay constantes y "constantes". Las primeras son las verdaderas; las segundas no pasan de

simples hábitos (a veces "contra natura política" y con frecuencia producto de inoperantes letargos). Es

corriente que los grandes políticos, que imprimen giros positivamente trascendentes a la actuación

internacional de su país, respeten las verdaderas constantes y que lo que revolucionen sean las

"constantes-letargo". Con esto no quiero decir que las primeras sean eternas y no deban cambiar, pero

para que el cambio resulte realmente posible a veces hace falta más que el talento dirigente. La política

exterior de Alemania occidental y la japonesa suponen rupturas con constantes tradicionales que no

responden a ninguna genialidad política, sino a un cambio de la situación objetiva de esos países.

HAY también circunstancias que pudiéramos 1lamar subjetivas, que contribuyen a forzar o impedir

cambios. A veces me he referido en mis artículos a la gravísima crisis de hombres por que atraviesa

nuestro país, que constituyó una fuerte limitación de nuestras posibilidades políticas. Tal crisis es una

realidad visible, que cada día se ve corroborada en múltiples sentidos; por ejemplo, por el insólito número

de los que públicamente intentan dar al mundo civilizado lecciones teóricas de política. Es asombrosa la

cantidad de españoles que creían sinceramente que nuestro sistema político y sindical del inmediato

pasado (o nuestra Seguridad Social) estaban adelantados respecto al resto de los países occidentales,

como la es el de los demócratas de nuevo cuño, que penetran en el para ellos nuevo mundo pontificando y

corrigiendo los límites de algo que nació en la antigua Grecia y se ha ido forjando a través de los siglos.

Ejemplo imperfecto de tales correcciones, que señalo porque está relacionado con artículos míos

anteriores, es el de los que dicen que en una democracia no cabe un partido antidemocrático, como el

comunista. Para "demostrar" su afirmación recurren a argumentos tan curiosos como el de que en la

Alemania de Adenauer ese partido estaba prohibido, sin comprender que eso es efecto de algo y no razón.

Porque la Alemania que ellos citan no era aún democracia, sino un Estado que se reeducaba para la

democracia. Para llegar a serlo plenamente tuvo que cambiar muchas cosas; entre ellas, tuvo que

abandonar la visión totalitaria (excluyente) de la democracia.

En situaciones coma la actual lo prudente es no tratar de improvisar programas de política exterior

demasiado revolucionarios u originales, porque lo que en los hombres o grupos favorecidos por la fortuna

puede resultar inevitable y beneficioso, en los desfavorecidos tiene muchas probabilidades de devenir

prueba de subdesarrollo. Nuestra política internacional ha sido referida a tres constantes por el ministro

correspondiente.Esas tres constantes son: amistad con los países árabes, relaciones especiales con

Iberoamérica, e integración en la Comunidad Europea. Nada nuevo, dirán algunas despectivamente.

Mucho nuevo, digo yo, dentro de la "constancia". Nuevo en la forma y en el fondo, en la programación y

en los hechos. En la forma, porque aunque la política proárabe y proiberoamericana haya sido pregonada

siempre en nuestro país, la integración en la Comunidad Europea se ha incorporado hace muy poco a los

objetivos declarados y decididos de la política exterior española. Antes se hablaba de "vocaciones", de

aproximaciones a Europa, etc., pero casi siempre jugando a los equívocos; las veces que a niveles

oficiales u oficiosos se aludía a las aspiraciones integracionistas de los españoles se ponía mucho cuidado

en no aclarar si quien quería integrarse era el pueblo o el Gobierno y en calificar la integración de

económica, procurando sustituir la expresión Comunidad Europea por la de Mercado Común (el primero

es el nombre legal de la Organización). Sólo los crédulos por principio (que son bastantes en todas las

sociedades) podían estar convencidos de que la política española buscaba realmente la integración en

Europa, cuando simultáneamente se afirmaba lo que de ella nos separaba sin remedio. Lo que sí se

buscaba con ansia, aunque evitando declararlo por plausibles razones de dignidad, era la integración en la

OTAN, en la que se veía un alimento sucedáneo para el hambre europeísta de España.

PUES bien, en las declaraciones de nuestro ministro el problema de la eventual integración de España en

la OTAN se plantea en términos correctos. Es decir, se reconoce que la cuestión no debe ser resuelta hasta

después de unas elecciones en las que se definirá el futuro político de España. Todo intento de entrar en la

OTAN antes de esas elecciones es prematuro, tanto desde el punto de vista de la Alianza como desde el

nuestro. Los dirigentes de la OTAN lo han manifestado así repetidamente; en cuanto a nosotros, cualquier

hipoteca política que se intente dejar al futuro Estado democrático español ha de estar mucho más

justificada de lo que puede serlo nuestra integración a "tumba abierta" en una organización fuera de la que

hemos vivido muchos años sin detrimento para nuestra seguridad, fuera de la que viven países

occidentales y democráticos, como Suecia o Suiza (por no hablar aún del caso de Francia), ya la que ni

siquiera puede asignársele una vida futura probable grande. Estas afirmaciones las aclararé en artículos

posteriores. Hoy me limito a hacer constar que mi actitud no es anti-OTAN y que mi pretensión es sólo

contribuir a que el pueblo español resulte informado sobre una cuestión muy compleja para que si el día

de mañana terminamos integrándonos en la Alianza nadie pueda llamarse a engaño.

HA sido modesto nuestro ministro al hablar de la política exterior actual de España. Todavía en el terreno

"formal", voy a llamar la atención del lector sobre otra novedad. No hace mucho que para las más altas

autoridades españolas los tres pilares de nuestra política extranjera eran tres amistades: países árabes,

Iberoamérica y Estados Unidos. Como se ve, en la trilogía citada por el ministro hay un nombre de más y

otro de menos. No quiere esto decir, desde luego, que la amistad con los Estados Unidos haya dejado de

ser fundamental para España. Hoy más que nunca necesitamos de esa amistad. Además, la cuestión se ha

hecho más fácil por el cambio político producido en las dos partes: una España que se democratiza y una

América (la de Carter) que empieza a hablar de moral donde antes sólo se hablaba de dominio e intereses,

tienden a un entendimiento más espontáneo, menos forzado que el pasado. Lo que ocurre con la trilogía

del ministro es que es una trilogía de constantes geopolíticas (y empleo esta palabra con disgusto) y la

amistad con los Estados Unidos no pertenece aún al dominio de las constantes. Quede claro que la

política no se hace sólo con constantes y que éstas se forjan. Las relaciones con Estados Unidas ofrecen

hoy posibilidades más prometedoras que en cualquier otro momento de la historia.

NUESTRA política exterior ofrece novedades programáticas, sin romper con aquella parte del pasado

que se puede definir como intereses de la nación española (que no son los de un sistema o gobierno). Pero

en el terreno de la ejecución, de los hechos, los cambios experimentados se pueden calificar de

revolucionarios. En el pasado, un poco porque era el estilo de la época, otra poco debido a que nuestro

divorcio político con el exterior abonaba las posturas narcisistas, la amistad hacia los árabes e

Iberoamérica era en alto grado verborreicamente autocontemplativa. Como en el caso de Europa, el

destinatario de discursos y escritos solía ser el propio pueblo. Pues bien, hoy las palabras se dirigen a su

auditorio racional (en este caso, el exterior) y van acompañadas de hechos. Respecto a éstos, el Rey está

empezando a mostrarse como formidable instrumento del Estado. Lo digo con pleno conocimiento del

alcance de mis palabras, y en la creencia de que a, un rey moderno le agrado ser instrumento (útil) del

Estado. Si los españoles empezamos a abandonar el sistema de competir en declaraciones aduladoras y de

fidelidad (las fidelidades serias no se airean) para sacar el jugo a la monarquía, aprovechando las

cualidades de los monarcas, quizá el monarquismo del país pierda su folklórico bullanguerismo, pero

podrá convertirse en algo tan seguro como el de ese otro pueblo (el inglés) en el que se considera de mal

gusto deshacerse en halagos y referencias a la Corona en los medios de difusión y en los discursos

públicos, pero en el que he visto brindar por la Reina en almuerzos privados y familiares. Y es que una

monarquía de hoy, en mi opinión, no es fuente de honores, recompensas, títulos y privilegios, sino foco

polarizador de simbólicos y desinteresados afectos.

Juan DE ESPAÑA

 

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