Autor: Mestre Vives, Tomás. 
 Ante el triste aniversario de los Acuerdos de Madrid. 
 Los devaneos de nuestra política exterior     
 
 Diario 16.    05/11/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

5-noviembre-79/Diario16

Ante el cuarto aniversario de la firma de los Acuerdos de Madrid —14 de noviembre de 1975—, por los

que España entregó el territorio del Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania, el papel de nuestro país

ha pasado de ser protagonista a antagonista para después llegar a comparsa. El comportamiento de los

partidos que de repente «sufrieron el síndrome de levántate y anda», respecto del conflicto, y la actitud

contradictoria del Gobierno son comentados en el trabajo cuando todavía, en las tierras calientes del

desierto, se combate con fuerza.

Ante el triste aniversario de los Acuerdos de Madrid

Los devaneos de nuestra política exterior

Tomás Mestre Vives

Ni el mundo es un ensamblaje de cortijos ni los pasteleos a que propende el gobierno interior de un país

son susceptibles de aplicarse a la escena exterior. En este ámbito se suele usar la mano izquierda

poniendo atención para no pillarse los dedos. La buena voluntad no acompañada de un poderío adecuado,

con disposición de usarlo llegado el caso, suele conducir a argumentos de epitafios de común

observancia.

Entre los distintos puntos problemáticos y aún conflictivos de nuestra política exterior —Israel-

palestinos-visita Arafat, OTAN, no alineados-La Habana, problema sahariano...— se destaca este último,

tanto porque ya hace demasiado tiempo que nos escuece, cuanto por los replanteamientos que en los

últimos tiempos se presencian en España unido a los giros y clarificaciones diplomático-militares de los

últimos días.

Ya va por el cuarto año de los Acuerdos de Madrid (firmados el 14 de noviembre de 1975), que nos

permitieron salir del gatuperio sahariano. No hubo en ello deshonra ni gloria, sino un mal trago y un mal

menor. No debe olvidarse que todas las «partes interesadas» jugaban con España como se tira al pichón, y

todo ello quedaba muy progresista, puro cuando inesperadamente nosotros decidimos jugar fuerte la

interpretación siniestra se abrió camino.

Partes interesadas

Quienes disparaban contra nosotros ni siquiera escondían la mano e incluso se disputaban la hazaña de

reivindicar el oportuno cadáver. Los polisarios proyectaban su imagen publicando partes de guerra. Pero

las «partes interesadas» nunca se mataban entre ellas. «Hay que echar a España, pero contamos con

España para que nos entregue lo que es nuestro». Y como lo que es de uno no puede ser de otro debía

haber sido evidente que si España se esfumaba, el pleito quedaría circunscrito entre las «partes

interesadas».

La inesperada «marcha verde» puso en evidencia que la procesión iba por dentro del impasible general

que nos gobernaba. La crisis que siguió fue paralela a la larga agonía del que monopolizaba el timón de la

nave España. Sería Arias Navarro, el que luego leería y nos recomendaría entre lágrimas el «testamento»

del General, quien empezaría a desfranquizar de golpe el punto más caliente de la herencia: la política

sahariana de su amado Caudillo, jefe superior y oráculo inapelable. Con ello Arias abría la caja de las

«traiciones» convirtiéndose por este mero hecho y, en este caso, en un hombre de Estado. Sería la primera

y última vez que le diría no a su dueño y señor, para desdichas de los Cortina Mauri y Piniés, más

rígidamente programados.

Pero he aquí que los partidos antifranquistas por excelencia -PSOE y PCE-que durante la acumulación de

la crisis estuvieron —o eran— ciegos, sordos, mudos y paralíticos, de pronto sufren el síndrome del

levántate-y-anda y desde entonces es que no han parado ni un instante. Sus remordimientos han querido

plasmarlos comprometiendo al Estado, aún más, a la España eterna, para desgracia de todos. Para

desgracia suya, a los remordimientos y a las tomas de posición a destiempo suele llamársele oportunismo.

Tanto que ni siquiera airean el tema durante la campaña electoral. ¿Es que desfacer entuertos en el Sahara

no es rentable en las urnas?

De protagonista a comparsa

España pasó en el Sahara de protagonista a antagonista y de antagonista a comparsa. Lo definitivamente

saludable es que pudiera pasar de comparsa a simple recuerdo ignorado. Sin embargo, el proceso seguido

nos llevaba a una reinvolucración, sobre todo a partir del viaje del secretario de Relaciones

Internacionales de UCD a Argel y sus palabras pro Polisario (y. se trataba de palabras de un diplomático

que fichó por el partido del poder, no de un ginecólogo más o menos indocumentado, en igual cargo,

purgado últimamente del partido de la competencia).

Marcelino Oreja se disparó automáticamente poniendo vaselina para remediarlo, pero luego sería el

propio Adolfo Suárez el que, también en Argel, incurriría en aquel ya no desliz, desautorizando por tanto

a su ministro de Asuntos Exteriores. Sin duda éste debió sentirse amenazado en su puesto, así que decidió

pujar en la subasta rectificándose a sí mismo y poniéndose a tono con el presidente del Gobierno, quien

poco antes lo había piropeado como el «mejor» ministro de Asuntos Exteriores que haya tenido España.

Ni más ni menos. Desmadrado Oreja, soltó su conferencia de prensa medio fatídica nada menos que en

«Le Monde». Marruecos ni siquiera tuvo que rugir. Los apaciguamientos llegaron con el mismo auto-

matismo que después del invierno se reanuda la primavera.

Principio básico de cualquier política exterior es el de ser lo suficientemente fuertes como para imponer

en la medida de lo posible el propio criterio o, en su defecto, ser lo suficientemente listos como para pasar

inadvertidos una vez consumado un desenlace que ha levantado ampollas. Hace cuatro años evitamos lo

peor sin haber llegado a lo mejor.Otra cosa es que por mecanismos de declaraciones y ritualismo nos

encaminemos por un proceso de involucración, es decir, de empeoramiento.

Nuestra política exterior adolece de demasiados portavoces, demasiada charla y demasiado viaje. La

diplomacia no sólo es hablar sin comprometerse, sino también permanecer callados cuando nada obliga a

otra cosa. Y si no hay mas remedio que decir cosas debe calibrarse de antemano si se está en situación de

no tener que desdecirlas o «matizarlas» días u horas después. El prestigio se mantiene no

desprestigiándose gratuitamente.

 

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