Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La revolución y el estado totalitario     
 
 El País.    20/12/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

EL PAÍS, martes 20 de diciembre de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

La revolución y el Estado totalitario

MANUEL FRAGA IRIBARNE

Secretario general de Alianza Popular

Uno de los historiadores más penetrantes de este siglo, Guillermo Perrero, percibió antes que nadie la

trascendencia del fenómeno revolucionario moderno, para la naturaleza y funcionamiento del Estado.

Hasta la Revolución francesa había de vez en cuando asalto armado al poder establecido; pero en general,

pocos propósitos de cambiar la misma sociedad. Todavía las revoluciones inglesas, en el XVII, y la

americana, en el XVIII, fueron del tipo tradicional.

Con la Revolución francesa, con la rusa, la china, la cubana, y en general las de orientación marxista, el

problema cambia. No se trata de conseguir un Gobierno mejor, sino de lograr la sociedad perfecta.

Entonces, las cosas cambian. Inmediatamente los objetivos del Estado se convierten en ilimitados; los

medios para lograrlos no admiten ninguna clase de restricción; la población se divide, no ya en afectos "y

desafectos, sino en personas aceptables y aquellas que hay que liquidar, incluso físicamente; el terror es el

instrumento obligado de gobierno, y el Estado se convierte en totalitario.

Perrero concluyó que, en realidad, en el mundo de hoy no hay más que dos clases de Gobiernos: los

Gobiernos revolucionarios y los Gobiernos que no tienen este carácter. Estos últimos aceptan la

limitación de sus poderes y la moderación en su ejercicio, lo que incluye el turno pacífico con otros

Gobiernos. Los Gobiernos revolucionarios consideran saboteadores y enemigos del pueblo a los

disidentes, y los mandan a la muerte, a los campos de concentración y a las clínicas siquiátricas.

Ferrero aún esperaba que, con el tiempo, a todo Gobierno revolucionario acabaría por llegarle una

moderación, una adaptación, un Thermidor. No pudo prever la capacidad de organización que las técnicas

modernas dan a los Estados totalitarios, y su correspondiente capacidad de continuidad y supervivencia.

Pero lo importante es darnos cuenta de que la raíz del mal está en la admisión previa de la idea de que

pueda existir una sociedad perfecta, y de que su búsqueda justifique la previa destrucción de las

existentes, y después, la imposición dictatorial del esquema. La perspectiva de sesenta años de

permanencia del Estado revolucionario en Rusia es muy ilustrativa al respecto. Lenin afirmó que la

liquidación del régimen anterior exigía una fase de «dictadura del proletariado», después de la cual,

lograda la igualdad económica, vendría otra de «desfallecimiento del Estado»; es decir, de progresiva

desaparición de la dictadura. Después de tres reformas constitucionales, el Estado soviético sigue

omnipotente; con todos los controles económicos, administrativos y policiales en su mano; con un partido

único y listas electorales unificadas; y el famoso «desfallecimiento del Estado» se ha convertido para los

actuales intérpretes de Marx y Engels, «en una cuestión puramente teórica».

En Occidente, los marxistas han aprendido la lección y han suprimido, a su vez, de.sus programas la fase

de la «dictadura del proletariado», porque han comprendido que lo importante es el control ideológico y

el manejo ilimitado del aparato del Estado, así como la imposibilidad de que las libertades se mantengan

una vez establecido el control central de la economía.

Debemos, pues, volver la vista atrás, para bucear en el origen de esa idea envenenadora, que está en la

base de las revoluciones modernas y en la justificación de los mayores despotismos de todos los tiempos.

El tema está siendo analizado a fondo por los «nuevos filósofos» franceses, y ha dado lugar a un libro

estimulante de André Glucksmann, Los maestros pensadores.

Desde el Renacimiento, Europa ha entrado en una crisis religiosa, que comenzó por la fragmentación de

las Iglesias, continuó por la afirmación del racionalismo filosófico; siguió por la secularización creciente

de amplios sectores de la vida social y, en este momento, llega a la rebelión contra todas las

manifestaciones de la moral tradicional. Se niega que haya nada trascendente sobre la vida temporal, y

lógicamente, se rechaza todo freno a la realización personal. La revolución sexual es, tal vez, la más

profunda expresión de esta situación, porque su significado claro (y muchos jóvenes lo han entendido

perfectamente) es que todo goce es licito, y por lo mismo, es lícito también cualquier medio para

procurárselo.

Una sociedad no puede, evidentemente, funcionar sobre tal principio. Si yo tengo derecho a procurarme

goces ilimitados e inmediatos, y para conseguirlos, a usar una escopeta o una metralleta, no hay más que

dos soluciones: o la guerra de todos contra todos, «el hombre sólo para el hombre», o bien... aquí empieza

la gran cuestión.

Mao Tse Tung, en uno de sus más notables pasajes, dice lo siguiente: «El marxismo comporta múltiples

principios que, en último análisis, se resumen en una sola frase: uno tiene razón en rebelarse.» Esa es la

primera fase; en las universidades y en muchos otros lugares, las pintadas más increíbles lo recuerdan

cada día; uno tiene que sublevarse contra todo. Pero, ¿qué se hace a continuación?

El marxismo, en China como en Rusia, ofrece, para después de la rebelión contra todo, la solución, en una

sociedad perfecta, en la que no habrá que sublevarse contra nada. Y es cierto que, una vez establecida, ya

no se podrá sublevar uno. Sería absurdo, puesto que todo es perfecto.

Desde el Renacimiento, está en búsqueda Europa de esa sociedad terrestre perfecta. El pensamiento

utóp´co, inaugurado por Tomás Moro, ha propuesto diversos modelos de sociedad modélica, casi todos

con fuertes resonancias de la República de Platón. Rabelais nos presenta la famosa Abadía de Gargantúa,

en la cual se invita a cada uno a hace.r_ lo que quiera, pero, en la práctica, a hacer lo que mande la regla.

Las guerras de religión reforzaron al Estado en toda Europa, y en el siglo XVIII el «despotismo

ilustrado», con fuertes poderes administrativos en la mano, inició unos procesos de reformas en el sentido

de las propuestas perfeccionistas de los filósofos y enciclopedistas. Cuando la realidad demostró que la

perfección social tiene límites, los filósofos propugnaron el cambio de régimen y la revolución. Cuando la

revolución culminó en el terror y en la dictadura de Robespierre, la gente empezó a hartarse de la Diosa

Razón, y llamó a Napoleón.

Pero las revoluciones marxistas han hecho mejor las cosas. Disponían de instrumentos ideológicos más

poderosos. Hegel se impresionó de ver cómo los filósofos del XVIII prepararon la revolución, y afirmó

que hicieron verdad la sentencia de Anaxágoras: «La razón gobierna al mundo.» Pero él mismo inició un

planteamiento mucho más profundo, que, a través de la versión marxista, llegó mucho más lejos. Los

marxistas han sabido minar e infiltrar más profundamente las sociedades occidentales, fieles al principio

de Mao: «Para derribar un poder político se empieza siempre por preparar la opinión pública y por hacer

un trabajo ideológico.»

Hay mucha gente que coopera, porque no advierte la falacia de la sociedad perfecta, y piensa que, al fin y

al cabo, en algunos puntos, los revolucionarios tienen razón; les ceden sus periódicos y sus editoriales, y

otras ayudas. De pronto, no hay marcha atrás; llega el momento terrible en que, como dice Michelet,

«todo es posible». Viene el terror, la búsqueda del sospechoso, la guillotina y la checa. Hay que salir de la

anarquía; los ingenuos van siendo liquidados; los que saben a dónde van, establecen un «nuevo orden».

Como dijo Trotsky, «el río vuelve a su cauce»; la dictadura totalitaria está establecida, y es pocas veces

reversible.

En esta lucha sin cuartel, los revolucionarios denuncian implacablemente toda dictadura de derecha, no

dan tregua a Pinochet, airean cualquier ejecución, condenan el imperialismo y la bomba atómica. Usan las

bombas atómicas espirituales, mucho más eficaces que las otras; como las que destrozaron al ejército

americano y desestabilizaron su retaguardia en la guerra del Vietnam.

En esta lucha, al Estado totalitario precede la politización totalitaria de las sociedades. Carlos Sgorlon ha

hablado del «panpoliticismo» de nuestro tiempo. Hubo épocas, aún recientes, en que no era así; amplios

sectores de la vida social no estaban directamente politizados. Así como en la Contrarreforma todo se vio

en Europa bajo el prisma religioso; y en otros momentos ha habido intentos de interpretarlo todo desde

una visión de la moral victoriana, o del arte por el arte, ahora el marxismo, después de querer reducirlo

todo a la economía, lo ha convertido todo en política. La escuela, la cultura, la poesía, la diversión, todo

es político. Se politiza la Bienal de Venecia, la construcción de un teatro de ópera; el marxismo ha

llevado a todas partes la lucha de clases y la contestación ideológica. Ni la cultura, ni el arte, ni la calidad

de la vida han ganado nada con todo ello. Pero, además, se ha desnaturalizado la propia política, que no

puede concentrarse ya en sus temas esenciales, y anda a la deriva.

Sociedad con política globalizada es la puerta del Estado totalitario. Los reformistas ingleses del siglo

pasado inventaron la cárcel modelo, basada en el Panopticón de Bentham, en una disposición de galerías

que permitieran a los guardianes verlo todo a la vez. M. de Foucault habla del «panoptismo» político

actual, en que el poder lo ve todo, y por lo mismo lo puede todo. Cada zona de intimidad que desaparece,

cada secreto (como el bancario) que se liquida es un nuevo paso en la decadencia de la libertad.

Después de las matanzas masivas de la segunda guerra mundial, después de que se supo que unos pocos

hombres pueden desencadenar el terror termonuclear, después que se ha publicado El archipiélago de

Gulag, hay que tomar muy en serio el juego revolucionario, el mito de la sociedad perfecta y el problema

del Estado totalitario. Una gran parte del pesimismo y frustración de los tiempos actuales procede de

haber puesto todos demasiadas esperanzas en el bienestar organizado por el Estado. El intento de

reemplazar la vida religiosa por el mito revolucionario ha fracasado. Ni el nacionalismo ni el marxismo

han resuelto la felicidad humana.

Hay que restablecer el sentido de la vida personal, del orden social flexible, de la conservación de lo

conocido, de la obligación social, de las lealtades básicas. Sobre todo, del sentido de la medida en las

cosas humanas, volviendo a hacer de la política el arte de lo posible.

 

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