Autor: Domingo, Xavier. 
   El mal francés     
 
 Diario 16.    24/05/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 19. 

XAVIER DOMINGO LA NACIÓN

El mal francés

Continúan las repercusiones de los ataques de campesinos franceses, respetuosamente contemplados por

su Policía, a los camiones españoles. Lo peor, según el autor, es la política de ceguera voluntaria que está

practicando el Gobierno español ante esos hechos.

El Gobierno socialista no dio a Francia la vigorosa respuesta que cabía esperar, después de los nuevos y

violentos actos de terrorismo galos contra nuestros intereses comerciales y contra la seguridad personal de

compatriotas trabajadores obligados a aventurarse en peligrosas travesías por el inseguro país vecino.

Incluso el órgano oficial del Gobierno, o sea, la TVE, trató de minimizar la importancia del vandalismo

de los labriegos franceses poniendo muy de relieve en sus «informativos» que no éramos las únicas

víctimas del gabacho histérico. Mal de muchos, consuelo de tontos.

No hizo tampoco suficiente hincapié la voz oficial, en sus cotidianos partes, en la absoluta complicidad de

las Fuerzas de Seguridad francesas con los gamberros organizados, cosa que no es un dato nuevo, pero

que conviene recalcar abundantemente porque es la prueba palpable de que los sindicatos de paletos

franceses no actúan sin la venia directa y electorera de París.

Entre ministros

A todo ese desorden se añade hoy la indiscreta e inoportuna petulancia de un embajador francés en

Madrid, cuyas cuistreries (él sabe de qué va) son posibles gracias al amparo que hallan en la cariñosa y

pública amistad hacia su jefe, el señor Cheysson, de la que hace gala con tan incontenible, como

impúdico, cariño nuestro ministro de Asuntos Exteriores, don Fernando Morán.

Ese caballero, el tal Gui-doni, el embajador, ha tenido incluso la osadía de afirmar que la demostración

pública de amor a Francia es para los españoles como una especie de sello de garantía de espíritu de

democracia y de libertad, mientras que lo contrario sería más bien la prueba de que se llevan en la piel

miasmas fascistas.

Lo cierto es que la demostración pública de un cierto afecto por Francia sólo indica, y en el mejor de los

casos, buen gusto en materia de cocina, quesos y vinos, así como una loable afición a las braguitas y

ligueros.

Por lo demás, es decir, en lo que toca a otros aspectos de la cultura, como las letras, el cine, las artes

plásticas, la música, y sobre todo la política y la diplomacia, hace mucho tiempo que Francia ha dejado de

ser el ombligo del mundo.

Ni en los momentos más bajos de la IV República se vio tal batahola de mediocres e incompetentes

instalados en el poder en Francia. Es incluso de admirar cómo y en qué poco tiempo han conseguido

llevar a uno de los países más ricos del mundo al borde de la bancarrota.

Sería de desear que el Gobierno francés fuera capaz de comprender, por lo menos, que los problemas de

sus agricultores son estricta y única responsabilidad suya, que los bienes españoles en tránsito por Francia

no tienen nada que ver con la poca competitividad de la producción agraria francesa, debida a

demenciales planificaciones y a una burocracia centralista y estatalista sin relación alguna con la vida

moderna.

Tomatazos

El bombardeo a tomatazo limpio de la Embajada de Francia en Madrid el viernes pasado, efectuado por

agricultores españoles y aplaudido por la población madrileña, fue, dentro de lo que cabe, una respuesta

moderada y ultracivilizada si se considera que sus autores son gente muy respetuosa del orden público,

pero que llevan ya muchos años aguantando la trágica testarudez francesa.

Yo sugeriría otras acciones comerciales y gubernamentales. Por ejemplo, denunciar los acuerdos de

Lisboa y otros por los que nos obligamos a respetar la denominación de origen «Champagne» y volver a

vender nuestros espumosos con este nombre en el mercado internacional, lo que supondría un serio

incremento de nuestras ventas con el consiguiente descalabro para las francesas, según aseguran todos los

expertos. Sobre todo ahora que varios champagnes españoles acaban de´ derrotar en una cata celebrada en

Nueva York, y en la que sólo se tenía en cuenta la calidad (y no también el precio), a los más prestigiados

de los franceses. El vencedor absoluto fue un Codorniú.

Es, de todos modos, inaceptable que ministros españoles traten de hacernos tragar que las cosas van mejor

con Francia en el dominio que sea. Francia hará todo lo que pueda, y hasta el final, para que no entremos

en la CEE, y cuando entremos, y entraremos, porque se la tragarán, harán todo lo que puedan para

hacernos la puñeta, como lo hacen con Italia. Desde las trabas y zancadillas políticas y burocráticas, hasta

la protección del terrorista aldeano local o español, pasando por las sesiones privadas de hipnosis al señor

Morán, para que llegue al absoluto convencimiento de que no es europeo, sino un indio miskito o un

antropófago guaraní, simpático gourmet, por otra parte.

Ser realistas

Todo eso, en efecto, tiene al menos la ventaja (o debiera tenerla) de situarnos en nuestra realidad eu

ropea, de clavarnos en el campo en donde tenemos la batalla que hay que ganar. Uno de sus aspectos es el

de obligar a Francia a que aprenda a convivir con una potencia agraria de primer orden, vigorosa y

agresiva, y con posibilidades bioindustriales impresionantes. O sea, a vivir con el próximo futuro líder

europeo en este dominio.

Resulta realmente aberrante, por inexplicable, que España busque caminar con Francia en política exterior

(o, mejor dicho, en retórica exterior), cuando Francia es el primer y casi único obstáculo para que nos

integremos plenamente en nuestro espacio político, económico y geográfico, o sea, militar.

Que los propios franceses sean incurables, pase. Pero que a determinados dirigentes españoles les cueste

tanto liberarse del mal francés, ya pasa de castaño oscuro. En fin, eso, antes, se curaba con palo santo,

que, paradójicamente, venía de las Indias.

 

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