Autor: Barra, Alfonso. 
 ABC en Londres. 
 El bloqueo español obliga al aplazamiento de las elecciones en Gibraltar  :   
 El gobernador de la ciudad-colonia, almirante Varyl Begg, pierde la serenidad. 
 ABC.    15/06/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ABC, DOMINGO 15 DE JUNIO DE 1969

ABC EN LONDRES

EL BLOQUEO ESPAÑOL OBLIGA AL APLAZAMIENTO DE LAS ELECCIONES EN GIBRALTAR

Desaliento de los gibraltareños al descubrir que Inglaterra sólo ofrece buenas palabras

«Se agravarán los problemas económicos y psicológicos en la Roca», pronostica «The Guardian»

EL GOBERNADOR DE LA CIUDAD-COLONIA, ALMIRANTE VARYL BEGG, PIERDE LA SERENIDAD

Londres 14. (Crónica de nuestro corresponsal, por teléfono.) Cuando un almirante de la Flota, sir Varyl

Begg, gobernador de la ciudad-colonia de Gibraltar, rompe las tradiciones de hidalguía que son

características de los hombres de mar, para insultar a la nación española, los negocios propios de su

mando no deben de marchar muy bien. Sir Varyl libra aquel tipo de ofensiva con el propósito de

proclamar que España no es un país recomendable para los vecinos de la plaza de su mando, aunque los

fundamentos de su disgusto son precisamente las dificultades actuales que impiden a aquellos que sigan

disfrutando de la "siniestra" hospitalidad española como antaño.

La incongruencia de esa propaganda queda bien de manifiesto al recordar que no son los españoles los

que aspiran a gozar de las ventajas del régimen militar de la plaza a las órdenes de sir Varyl. Quienes se

lamentan son los gibraltareños, porque no pueden ir y venir sin cortapisas por el puesto de La Línea, a

pesar de las falsedades con que el almirante británico pretende describir el panorama español. La actitud

del gobernador de la colonia confirma una vez más la prudencia de nuestras autoridades al reducir al

mínimo las relaciones con la plaza, porque nada constructivo puede´ derivarse del contacto con una

guarnición cuyo Jefe practica el pasatiempo de agraviar a España.

La locuacidad de sir Varyl, que contradice la idea acerca del talento diplomático de los dirigentes

británicos, sólo tiene una justificación: como Londres no pudo discutir la legalidad de las medidas

españolas, y por tanto ha tenido que archivar el capítulo de las llamadas represalias, el único consuelo que

ofrece a las minorías extremistas de la plaza es el fogueo verbal. Pero las palabras de sir Varyl no calman

el malestar del vecindario, que poco a poco va comprobando el alcance de las promesas británicas.

Informaciones publicadas en Londres confirman el desaliento que cunde en Gibraltar al descubrir que la

metrópoli sólo es capaz de decir buenas palabras a los vecinos civiles de la base, mientras el gobernador

dedica palabras destempladas a la nación española.

El diario "The Guardian" dice hoy: "Aunque parezca extraño, es posible que hay» en Gibraltar más

"palomas" - partidarios de un entendimiento con España - eme lo que se podría pensar a la vista del

resultado del referéndum de 1967." Admite el corresponsal enviado por ese diario a la plaza que la

retirada de la mano de obra española ha paralizado prácticamente la Industria de la construcción y que el

turismo sufrirá un gran quebranto. "El presente espíritu de Dunkerque que exhiben los gibraltareños no

puede durar siempre. Existe un grave problema psicológico, una sensación de claustrofobia en esta plaza

sitiada. Tanto los problemas económicos como los psicológicos se agravarán", pronostica "The

Guardian".

En la misma crónica se recogen los argumentos de un "distinguido gibraltareño" partidario del

entendimiento con España. Admite que la situación empeora rápidamente y recuerda que las propuestas

del señor Castiella podrían haber servido de base para negociar. Asegura que nuestro país no está

interesado en intervenir en los asuntos internos de la plaza, y que se limita a pedir el reconocimiento de su

soberanía sobre el territorio. Señala también que para los gibraltareños serían inmensos los beneficios

económicos de un arreglo amistoso entre Madrid y Londres.

Se ha concedido relieve a las informaciones sobre el aplazamiento de las elecciones en Gibraltar debido a

las medidas españolas. Lo que constituye otra prueba de que la Plaza no está sometida a bloqueo -

término impropio cuando las rutas del mar están despejadas -, sino privada de la asistencia española. Ha

bastado que nuestras autoridades hayan adoptado algunas medidas de orden interno para que las

previsiones de la flamante Constitución no puedan ser aplicadas, según se había proyectado.

Empieza a sonar el despertador en la Plaza y los sueños ceden ante una realidad poco prometedora. Hasta

ahora, las autoridades predicaban la teoría de Gibraltar británico, y los vecinos entendieron que esta

fórmula les garantizaría siempre la situación privilegiada de antaño. El error fue considerar que la

soberanía inglesa sobre la Plaza, en contra de la Resolución de la O.N.U., era capaz de asegurar

indefinidamente la situación española ante los abusos del poder colonial. En territorio español, bajo

bandera española, llegaron a celebrar reuniones de Gobierno los llamados ministros de Gibraltar para

adoptar medidas contrarias a nuestros intereses. Era la época, según acaba de recordar la televisión

comercial de Inglaterra, en que las actividades fundamentales de la colonia quedaban limitadas al

contrabando.

Bastantes vecinos de Gibraltar tenían sus residencias en España, donde no pagaban los impuestos legales

e iban diariamente a la Plaza para hacer profesión de fe británica, dirigir sus negocios "reexportadores",

vigilar el trabajo de nuestros obreros y beneficiarse de las corrientes turísticas que los españoles, con su

esfuerzo y su dinero, habían conseguido canalizar hacia su país. El ideal era que esos viajeros hicieran

una visita obligada a la calle Real de la colonia para adquirir sin tasa miles de objetos, en competencia

desleal para nuestra industria y nuestros establecimientos comerciales de la región andaluza.

Ahora se demuestra sencillamente que la bandera británica sobre Gibraltar y la presencia del almirante sir

Varyl en el antiguo convento español transformado en residencia, no aseguran la buena vida ni garantizan

la vuelta de los años de Jauja. Y ante esa realidad, el diario "The Guardian", advierte que hay muchos mis

partidarios de la amistad con España de lo que pretende ocultar el almirante y su auxiliar, el señor Hassan,

que reciben sus estipendios oficiales para impedir precisamente aquel entendimiento. - Alfonso BARRA.

 

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