Autor: Barra, Alfonso. 
 ABC en Londres. 
 Alec Douglas-Home llega a Madrid sin que el gobierno español haya modificado su postura sobre Gibraltar  :   
 The Guardian dice que Inglaterra no hará concesiones a España que puedan afectar al Peñón. 
 ABC.    27/02/1972.  Páginas: 1. Párrafos: 24. 

ABC. DOMINGO 27 DE FEBRERO DE 1972.

ABC EN LONDRES

ALEC DOUGLAS-HOME LLEGA A MADRID SIN QUE EL OBIERNO ESPAÑOL HAYA

MODIFICADO SU POSTURA OBRE GIBRALTAR

«The Guardian» dice que Inglaterra «no hará concesiones» a España que puedan afectar al Peñón

Londres 26. (Crónica telefónica de nuestro corresponsal.) Las opiniones expresadas últimamente en

Londres con la visita del secretario del Foreign Office a Madrid pueden quedar condensadas en el

comentario del redactor diplomático del diario «The Guardian»:

«Para poder recibir a Sir Alec Douglas-Home en Madrid, el Gobierno de Franco ha cedido lo suficiente

ante el Reino Unido en lo que afecta a la disputa sobre Gibraltar..»

Ese comentario del periodista Patrick Keatley, recuerda el caso de simpáticos catadores de los caldos de

Jerez, en una taberna inglesa, durante los bombardeos de la guerra. Al caer un cohete cerca del

establecimiento, uno de los parroquianos se tira al suelo para buscar el amparo del mostrador, mientras el

otro se mantiene erguido con la copa en la mano. Pasado el susto, se incorpora aquél, se sacude el polvo

de la americana y pregunta a su amigo: «¿Tanto miedo tenías que no fuiste capaz de practicar el cuerpo a

tierra?»

En el Parlamento y en el Ministerio del Foreign Office el estribillo diario era que «no podrá haber

conversaciones hispano-británicas, mientras España no dé marcha atrás con el fin de que la Colonia

vuelva a disfrutar de los desafueros de antaño...»

Ahora, sir Alec va a Madrid, sin que nuestras autoridades hayan descorrido ninguno de los cerrojos que,

en parte, ajustan el «status» de la Colonia a las disposiciones del Tratado de Utrech.

En ese conflicto, una de las partes se ha quedado en pie, con la copa en la mano, para recibir a la otra en

Madrid.

«The Guardian», rectifica hoy: «Sin deshielo sobre Gibraltar». Asegura que el Gobierno británico «no

hará concesiones» a España que puedan afectar, en cualquier medida, a la soberanía y a los derechos de

los 25.000 vecinos de la Plaza.

El argumento de Londres es recordar que no puede haber alteraciones en el régimen de Gibraltar sin la

aprobación del Parlamento británico...

También España tiene sus Instituciones y sus promesas solemnes. El 3 de abril de 1988, el ministro

Castiella exponía ante el Pleno de las Cortes Españolas las directrices de nuestra política para recuperar la

soberanía sobre aquella fortaleza de la provincia de Cádiz.

El refrendo de la Cámara a esa aspiración constante fue tan firme y tan solemne como puede ser la

insistencia de los Comunes en retener una Colonia en territorio español.

Ningún Gobierno podría alterar el rumbo de esa reivindicación nacional, sin comparecer ante las Cortes

para explicar las facetas de ese supuesto juego de prestidigitación con la unidad de nuestro país.

No hay dirigente español, a la vista, que se preste voluntariamente a ese suicidio político, para agradar a

un secretario del Foreign Office.

Desde la conquista de la fortaleza de Gibraltar. España tuvo que aceptar los abusos de fuerza de la

potencia colonial. El primer parón en seco y el primer paso efectivo hacia la recuperación de la Plaza

fueron dados en los años anteriores con el apoyo aplastante de la O. N. U.

Igual que en Hong-Kong, Londres consiguió el territorio conquistado en Andalucía como una cabeza de

puente para ensanchar su ocupación militar. También, como en aquella colonia de Asia, España soporta

«nuevos territorios», bajo el pabellón británico, con la diferencia de que en Hong-Kong las sucesivas

conquistas inglesas fueron amparadas por un arrendamiento, que expirará muy pronto. Los españoles han

sido tratados peor que los chinos, cuando Inglaterra se apoderó de una parte del istmo, sin más título que

el de la fuerza... y con la intención deliberada de no devolver nunca lo usurpado.

Ahora se trata de ampliar aún más «esos nuevos territorios», con la prolongación de la pista de aterrizaje,

a costa de aguas españolas.

La pretensión de muchos ingleses, cuando sir Alec hace las maletas para ir a Madrid, es realizar aquellas

obras, que dejarían sin aguas jurisdiccionales a La Línea.

No hay un caso igual de colonialismo rampante en la segunda mitad del siglo XX.

Sir Alec llega a Madrid, bastante vapuleado, porque las iniciativas para sostener situaciones neocoloniales

se han transformado en descalabros espectaculares. Los acuerdos angle-rhodesianos, con el propósito de

sostener la hegemonía de 300.000 ingleses sobre tres millones y medio de africanos de color, han sido un

escándalo internacional.

En Irlanda del Norte, el argumento es a la inversa, y se pretende santificar la superioridad, de un millón

de protestantes sobre medio millón de católicos, a base de defender una línea divisoria de la isla irlandesa,

tan artificial como la levantada por Inglaterra en torno a la fortaleza gaditana.

La consecuencia de aquellas aspiraciones de Londres es un baño de sangre, o una invitación a la

catástrofe.

Malta, Chipre, Belice, Las Malvinas o la Guayana, «essequiba» reclamada por Venezuela, representan

otras cuentas del rosario de conflictos que Inglaterra deja al mundo por herencia.

La situación política del Gobierno británico en el frente interior y en el exterior no parece la más propicia

para hablar ahora, seriamente, de Gibraltar.

Sir Alec Douglas-Home no está en condiciones de hacer ofertas dignas de ser consideradas y negociadas.

El resto del campo de las relaciones anglo-españolas presenta un semblante satisfactorio. Los negocios

progresan en beneficio de las dos partes. Y comerciar es lo que siempre se ha podido hacer con los

ingleses, sin riesgos mayores.

Ahora se presenta, en definitiva, una oportunidad para hablar del entendimiento hispano-británico, para

firmar algún acuerdo secundario y para redactar comunicados protocolarios, sin plantear en primer plano,

el único problema que impide un sincero entendimiento hispano-británico...—Alfonso BARRA.

 

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