Después de la visita     
 
 Informaciones.    01/03/1972.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

INFORMACIONES

DESPUÉS DE LA VISITA

Nuestro colega «Arriba», en su edición de ayer, hacía diez precisiones editoriales sobre el tema de

Gibraltar y la visita a España de sir Alec Douglas-Home. En esas precisiones, «Arriba» establecía la

irrenunciabilidad española a la soberanía sobre el Peñón y hacía una llamada a la distensión Londres-

Madrid, a la moderación de las actitudes, ni desapasionamiento, en suma, en favor de las exigencias de la

política y la diplomacia.

«Arriba», en su edición de esta mañana dice en un editorial titulado «La dignidad española, ofendida»

«Está aún fresca la tinta con que finalizábamos ayer nuestro editorial: «Desde nuestra firmeza y fortaleza,

que es la de todos los españoles, creemos serenamente que el fomentar agrias actitudes de violencia o de

dureza, no sean el mejor camino para servir nuestros sagrados intereses.» Este lenguaje no ha sido

entendido por sir Alec Douglas-Horne. Lamentamos tener que recordarlo y aplicárselo a sir Alec

veinticuatro horas después de haber intentado cooperar en la tarea de crear la atmósfera de distensión

conveniente para resolver el problema de Gibraltar. Las inauditas declaraciones del ministro británico en

la conferencia de Prensa de ayer, con la publicidad y difusión que entraña el acto, nos obliga a hacerlo...»

Estos dos editoriales consecutivos de nuestro colega de la mañana resumen muy bien la actitud de

amplios sectores de la opinión pública española, que a cuenta de la estancia entre nosotros del secretario

del Foreign Office, han pasado de la moderación, el sentimiento de simpatía, la propensión al

establecimiento de un diálogo cordial con Gran Bretaña, a la indignación o la estupefacción. Pocas veces

un secretario del Foreign Office habrá sido recibido en Madrid en un clima oficial y popular (alborotos

callejeros aparte) tan sereno y amistoso como el dispensado a sir Alec Douglas-Home. Igualmente

podemos escribir que al fin y al cabo un diplomático de la talla y experiencia de sir Alec no ha hecho —

como era de esperar— sino servir los intereses de su política, que son en este caso evidentemente

contrapuestos a los del país que sin reservas quiere sentarle a una mesa de amistosas negociaciones.

Las tesis sobre Gibraltar de nuestro ilustre huésped, expuestas ayer en rueda de Prensa y que motivan

estas líneas, nos eximen de mayores comentarios sobre las causas de la decepción ante una visita en la

que muchos cifraban esperanzas. No se esperaba —por supuesto— la inmediata restitución de Gibraltar,

pero si se confiaba en que el Reino Unido accediera a negociar seria y abiertamente, al amparo del

«nuevo clima» hispano-británico propiciado por España, el problema de Gibraltar. Sólo eso: sentarse a

una mesa y negociar.

Sin embargo, sir Alec Douglas-Home dijo ayer claramente que no ha venido a España a negociar, sino a

"conversar", que el Parlamento británico no hará nada en contra de la voluntad de la "artificial" población

gibraltareña y que hay que tener en cuenta que "hay gentes a las que les gusta estar ´colonizadas´

por Gran Bretaña". Inglaterra se niega a tomar en consideración las resoluciones de las Naciones Unidas

sobre el Peñón y, en contrapartida, nos invita a tomar el camino de la "benevolencia".

Quienes no comprendieron en su exacto sentido nuestro editorial del pasado viernes "Gibraltar: dureza sin

retórica", advertirán ahora la apoyatura de nuestras opiniones. Plantearse el problema de Gibraltar desde

una óptica de dureza no implica en modo alguno una alternativa de violencia. En nuestra invitación a la

dureza diplomática —la misma que esgrime bajo su suave sonrisa sir Alec—, en nuestra sugerencia que

debía plantearse en sus justos términos "la crisis de Gibraltar", escribíamos: "No estamos hablando,

obviamente, de una crisis militar, que sería absurda..."

Por el contrario, lo que sugeríamos y seguirnos sugiriendo es que se fuerce a Gran Bretaña a la

negociación sobre Gibraltar. Hay que perseguir ese "forzamiento" porque el Reino Unido —insistimos—

carece de ánimo negociador sobre el tema y pone en práctica la inteligente política de dar tiempo al

tiempo enganchando unas conversaciones a otras sin solución de continuidad. Negociar no es guerrear,

pero tampoco es conversar eternamente. Negociar es avanzar, retroceder, ganar aquí, ceder allá, presionar,

obligar, empuñar, en suma, todas las armas que ofrece la diplomacia.

Suscribimos una negociación de dureza en torno a Gibraltar por mera eliminación de las restantes

posibilidades. No nos gustan los extremismos ni siquiera los que permite la diplomacia, pero en ocasiones

no queda otro camino viable para satisfacer lo que es de justicia. No albergamos la más mínima

prevención hacia un Estado y una sociedad como los del Reino Unido, de los que —lo decimos sin

recato— tenemos valiosos ejemplos que imitar. Precisamente porque deseamos una estrecha relación

política con Gran Bretaña es por lo que deseamos ver resuelto con la premura, posible el engorroso asunto

de Gibraltar.

Y seguimos reafirmándonos en que Gibraltar no debe ser pábulo de un nacionalismo fuera de época, sino

de una exigencia real, pragmática, palpable, de un Estado español que no permanece indiferente —no

podría ser de otra forma— ante la existencia en su suelo de la última colonia en Europa. Gibraltar, por

supuesto, tampoco es un tema manipulable ni por nadie ni contra nadie. Gibraltar no es una exclusiva da

los maximalistas de ninguna tendencia ni puede a estas alturas motivar algaradas en la calle. Gibraltar no

es un problema político, sino una razón de Estado. Desde hace doscientos sesenta y ocho años. Gibraltar

es una reclamación patrimonial del pueblo español, sin distinción de ideologías.

Nadie puede arrogarse el derecho a obstaculizar la consecución de ese gran objetivo de Estado que es

Gibraltar en función de su discrepancia con determinadas directrices de una política exterior. Pero invitar

a la dureza en el caso de Gibraltar no entraña entorpecer unas negociaciones por la sencilla razón de que

éstas ni existen ni se vislumbran. La política de dureza frente a Gran Bretaña respecto a Gibraltar, la

internacionalización del problema, es derecho que se ha ganado España con su larga paciencia y la

justicia que le asiste en su reclamación.

No queda otro camino. Las palabras de sir Alec Douglas-Home así lo evidencian hasta para el observador

menos perspicaz. Como dice el diario «Arriba» en su editorial de hoy, «quien se hiciera ilusiones, sabe

ahora que, entre sonrisas y buenas maneras, el hombre del Foreign Office pretende perpetuar la

injusticia».

Por último, permítasenos citar unas frases publicadas en esta misma página editorial el 31 de octubre del

pasado año:

«Porque creemos que el problema de Gibraltar puede y debe ser resuelto por medio de negociaciones

leales y sin merma de los derechos de todas las partes, es por lo que consideramos grave el punto muerto

en que se encuentra. Hay que tener en cuenta que el tiempo camina en cierto sentido a favor de Londres,

ya que —como el señor Douglas-Home acaba de recordar en Londres— «en 1673 Gran Bretaña y

Gibraltar se unirán al Mercado Común». Para entonces, el problema sería de más difícil solución, y Gran

Bretaña —miembro del Mercado Común— adquiriría una posición negociadora mucho más confortable

ante nuestro país —aspirante al ingreso, algún día, en la C. E. E.—. Por si cupiera duda sobre esta

perspectiva, el señor Douglas-Home nos lo ha confirmado cuando al llegar a Londres ha afirmado que

«no es posible divorciar Gibraltar del resto de las relaciones hispano-inglesas».

 

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