Autor: Martínez Esteruelas, Cruz. 
   La unidad de la derecha     
 
 ABC.    11/02/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LA UNIDAD DE LA DERECHA

LA existencia de una actitud de derechas en la política española es una realidad. Una actitud razonable,

moderada, seria. Están en ella varios partidos políticos y, sobre todo, un extenso sector de ciudadanos

que, en el sentido más pleno de la expresión, no han tomado partido: ni militan en organización política

alguna, ni han decidido a cuál de ellas conferir su voto de manera definitiva; ni siquiera relativamente

definitiva. De ahí que el próximo futuro de la derecha española se presente con íncertidumbres y, en

muchos casos, con desalientos. Y, sin embargo, la función que debe cumplir es inexcusable. Están en

luego ideales e intereses legítimos que le corresponde promover y defender dentro de las reglas de la

política moderna.

Cada sector de opinión aporta a la concurrencia cosas que, a la vez que constituyen su razón de ser, son

premisas para el equilibrio de la comunidad: son, por lo menos, una compensación biológica a los

factores proporcionados por fuerzas de distinto signo. Una nación vive de esta diversidad de aportaciones

en la medida —y éste es otro gran problema de la vida española— que exista un consenso básico que las

hace compatibles.

la derecha de España necesita de mayor unidad, de mayor actividad y de mayor presencia, sin complejos

de inferioridad del que carecen, por cierto, los partidos políticos de igual signo en otras naciones. La

unidad de la derecha es, entre las necesidades expuestas —incremento de su cohesión, de su actividad y

de su presencia—, indudablemente la primera porque sirve de base a las otras dos. La cuestión de la

unidad está presente en muchas conciencias, aunque de diverso modo. Afortunadamente, una mayoría de

gentes entre las que participan de la actitud de derechas sienten aquella necesidad de manera positiva: la

ven como un bien deseable, imprescindible, que aleje personalismos, divisiones y enfrentamientos. La

ven con claridad absolutamente racional y cordial. Saben las ventajas que de ella se seguirían y rechazan

los obstáculos que a ella se oponen La quieren franca y abiertamente.

En otros, el deseo de unidad es un pretexto para tranquilizar su propia conciencia. El «mientras no se

unan yo no participaré» no es, en tal caso, una condición previa nacida de planteamientos y zozobras

razonablemente sentidas, sino una coartada personal para justificar su egoísmo y su retraimiento, para no

actuar después, fase ulterior en la que inventarían otros pretextos para su pasividad. En el fondo, estas

gentes desean que otros les resuelvan sus problemas, ya sean esos otros civiles o militares. Lo importante

para ellos es no comprometerse ni poco ni mucho, rumiar vergonzantemente su complejo derechista y

esperar, con cálculo, que el país entre en supremas emergencias a cuya aparición puede contribuir en

buena medida su inactividad o indolencia.

La palabra clave de la ciudadanía es compromiso. Ante todo, compromiso libre y responsable con la

comunidad. Después, compromiso, según las propias convicciones, con alguno de los canales de opinión

pública para participar en la defensa y promoción de aquellas convicciones asumidas personalmente.

Pero existe, repetimos, en la derecha española una conciencia general de la necesidad de unirse, basada en

criterios francamente positivos.

Si el egoísmo de algunos, ya comentado, es un obstáculo para la unidad, tampoco puede pasarse por alto

la alusión a otros tipos de entorpecimiento. Dos son, a nuestro entender, muy importantes: el recelo mutuo

y los personalismos. Llamamos recelo mutuo a las reacciones de desconfianza y amor propio que ha

engendrado la división de las derechas y se ha acrecentado desmedidamente con la lucha política.

Estamos en una dinámica de división ante los ojos espantados de los que desean sinceramente la unidad.

En este sentido creo que será vano todo intento de unidad basado en pretensiones de absorción de unos

grupos políticos por otros; manera de hacer que, inevitablemente, evocará la idea dialéctica de vencedores

y vencidos y que, a buen seguro, traería tres consecuencias: sumar deficiencias, consolidar posiciones

adquiridas y cerrar el camino a nuevas aportaciones humanas de primera fila

A nuestro juicio el camino sólo puede consistir en la creación de una gran plataforma de derechas que,

por superación, integre a las distintas fuerzas políticas de ese signo y convoque al inmenso número de los

no comprometidos. Cuantos hemos participado en procesos de integración (federándonos o fundiéndonos)

sabemos varias cosas: de las dificultades del empeño —desunir es mucho más fácil—, del sentido ético de

tales operaciones y del efecto multiplicador que se sigue de ellas ya que, entonces, no se suman

sólo partidos, sino que se ensancha la base de incorporación.

Por eso la creación de unidades más amplias es una tarea moral y responde a un sentido permanente de la

buena política de partido: unir a los afínes y dialogar con ios dispares. Consecuentemente lograr esa

unidad forma parte de lo mejor de la vida política. Una plataforma para esa integración; he ahí un objetivo

para el que será lícito que a la voluntad de las fuerzas políticas y de los políticos que participen de este

sentimiento —que los hay— se una el reto de la derecha ciudadana no militante: retarnos para la unión en

formas racionales y por caminos viables. Ese sector de ciudadanía está legitimado para exigirla en

nombre del sentido común y de los ideales e intereses legítimos que informan sus convicciones. Para

exigirla hasta desacreditar completamente el egoísmo y el espíritu cantonalista.

Muy negativo sería que se malentendiese ese espíritu de unidad que es de suyo perfectamente compatible

con la lealtad y el trabajo para1 el propio partido. Este ha de ser visto, entrañablemente, como un espacio

ya conseguido en la búsqueda continuada de más amplios espacios. De lo contrario se convierten las

cosas que son un medio en un fin. En el tema que nos ocupa equivaldría a lo peor del espíritu de partido.

Desde la opción de cada uno —en este caso, y ahora, el propio partido— hay que laborar leal y

perseverantemente por nuevos horizontes de integración, concebidos con generosidad y grandeza de

miras.

De ahí la necesidad de comentar el otro obstáculo ya mencionado: el personalismo de cuantos, en

posiciones de primera fila, no comprendan o no se avengan al propósito ¡ntegrador, a la superación de las

diferencias que están aniquilando a la derecha española. Para ello se precisan actitudes de renuncia

personal a todo protagonismo que genere divisiones. Y, muy especialmente, debe admitirse que el liderato

que la derecha española pueda necesitar quizá se oculte, hoy, en alguien poco conocido, pero

potencialmente válido. No pidamos a quien pueda llevar a cabo esta misión un largo «curriculum» de

realizaciones y logros. Pidámosle identificación, aptitud, entrega, capacidad. Los demás, si ostentamos

una posición directiva, estemos dispuestos al renunciamiento, a instancias de nuestra propia conciencia,

de cuantas cosas sean precisas.

La unidad de la derecha es necesaria a sus propios y legítimos fines. Para defender, sin propósitos

confesionales extraños a la política, el humanismo de inspiración cristiana. Con acatamiento de las reglas

del juego. Con un serio proyecto de futuro. Con esperanza.

Cruz MARTÍNEZ ESTERUELAS

 

< Volver