Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   La derecha     
 
 ABC.    10/11/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

LA DERECHA

EN un sistema democrático, los partidos que cuentan son los parlamentarios. Los extraparlamentarios

pueden, en lo futuro y ante las variantes circunstancias políticas, llegar a ser más poderosos que los que

habitan hoy las Cortes, pero hablando en presente de indicativo, a esta realidad hay que atenerse.

El panorama parlamentario español ofrece, a grandes rasgos, una derecha y una izquierda. La izquierda

responde a un planteamiento claro: socialistas y comunistas, dos ideologías y dos actitudes políticas bien

conocidas e identificadas en el mundo político contemporáneo. Los socialistas son, para entendernos con

pocas palabras, marxistas en la democracia; los comunistas son marxistas más allá de la democracia, diría

que son demócratas instrumentales porqué su aspiración final es una nueva sociedad identificada con el

Estado comunista. Nunca han renunciado a la lucha de clases, sea por métodos pacíficos o violentos;

nunca han renegado del materialismo histórico; nunca han dado de mano a la dictadura det proletariado,

aunque temporalmente la sustituyan por el eurocomúnismo, que en su último trasfondo no es más que la

suma instrumentalización de la democracia para, valiéndose de ella y a través de ella, llegar a su objetivo,

el Estado totalitario de Cuba, Rusia, Checoslovaquia, Polonia, Hungría, Rumania, etc. Porque en el fondo

piensan que hoy por hoy en los países occidentales es más fácil llegar al poder, como Adolfo Hitler, que

asaltar el palacio de Invierno, quizá porque la denostada sociedad de consumo ha hecho subir la

temperatura en nuestra área geográfica y aquí no hay ya inviernos políticos ni tampoco palacios que

asaltar. Y todo ello es así, aunque existan o afecten la existencia de más o menos disputas domésticas.

Sin embargo, la derecha se presenta de manera menos coherente. El planteamiento político de las

elecciones condujo a la actual situación, pero las fuerzas sociales que laten detrás de la Unión de Centro

Democrático y de Alianza Popular tienen mucho más en común que la familia política de la izquierda. Si

se superpusieran las diferencias y las discrepancias veríamos que el espacio de coincidencias

fundamentales era inmensamente mayor que el de las diferencias que las separan. Porque una cosa fue el

planteamiento electoral de los partidos, con sus estrategias, sus pasiones, sus oportunismos, y otra la

realidad sociológica e histórica que permanece viva y aflora inexorable cuando todo aquello que fue la

tormenta política de la primavera ha dado paso a la serenidad del otoño, con su estabilidad atmosférica y

hasta sus peculiares anticiclones.

Siempre he sostenido que a lo largo de dos siglos ha habido en España una corriente moderada,

equílibradora y conservadora que prestó su apoyo a Cánovas, a Maura, a Primo de Rivera, a Ángel

Herrera y a Gil Robles y Quiñones y a Franco. Él canovismo fue un fenómeno político que arrastró toda

una posición de moderación de una inmensa masa de españoles, hartos de guerras fratricidas, de querellas

intestinas y de atraso económico. La continuación de esta obra política está en la figura de don Antonio

Maura, que ya la encarnó de una manera mucho más personalizada; por eso se habla más del canovismo,

como obra política, y del maurismo como partido, como nucleación política en torno a un líder de un

importantísimo sector nacional; así se explica el «Maura, no» y el «Maura, sí», que llegó a poner

frenéticos a los españoles entonces.

Es evidente que don Miguel Primo de Rivera, con la Unión Patriótica, trató de recoger esa corriente de

opinión desorientada y fraccionada tras la desaparición de los partidos que inspiraron la Restauración,

aunque por el desenfoque de su planteamiento no lo consiguiera. Llegó la República, y esa misma fuerza

política estaba allí, esperando el cauce, y se lo dio Ángel Herrera creando Acción Nacional para

traspasársela después a la CEDA, cuando Herrera se retiró a su actividad religiosa y no política.

El fracaso de la II República y el advenimiento del Alzamiento empujaron a todas las masas, cobijadas en

ese sector del espectro político nacional, hacia el general Franco. Y, desaparecido Franco, ahí están. Creo

que más potentes que nunca, porque al haberse hecho nuestro país una nación de clases medias me parece

que se han incrementado de manera importante sus dimensiones.

Las elecciones del 15 de junio fraccionaron esa fuerza, f r a c c i onamiento que resulta más ostensible si

se atiende al número de votos obtenidos que al de diputados llevados al Congreso por obra del peculiar

sistema proporcional adoptado. Y al cabo de los meses —poco tiempo histórico y suficiente espacio

político— creo adivinar un clamor de desengañados y esperanzados, de temerosos y confiados, que piden

a la clase política de la derecha la creación de una gran formación política. Ellos no entienden o no

quieren entender de formas jurídico-políticas, métodos y estrategias para conseguirlo, pero claman por

algo que intuyen y que su propio instinto de conservación les reclama.

Y a esa demanda hay que dar respuesta con una derecha renovada, progresiva y consciente, segura de su

razón y de su fuerza, que no se avergüence de confesarse derecha utilizando etiquetas centro-

izquierdistas, porque tan necesitada está hoy la naciente democracia de la derecha como de la izquierda;

que ofrezca justicia, paz y confianza; que le diga de una vez a los españoles que no nos hallamos en la

transición hacia lo desconocido y que su identidad no está a merced de pactos, cabildeos y oportunismos;

que se comprometa con él pueblo español, si él lo quiere, a gobernar y a crear el Estado que corresponde

a la España real, a la España que sociológicamente existe y no a la que queremos inventarnos.

Nos enfrentamos con la ardua tarea de hacer una Constitución, hallándose las fuerzas políticas

condicionadas por los efectos de una crisis económica que a unos les hunde sus empresas y a otros les

exacerba ante el alarmante deterioro del poder adquisitivo de sus ingresos; sobre ello se suman las

perspectivas de una nueva consulta electoral para renovar las corporaciones locales que va a hacer

rebrotar las pasiones y las apetencias de ios partidos sin olvidar que, según se dice, más de cinco mil

organizaciones sindicales y patronales han iniciado la carrera para la conquista de adeptos en el mundo

laboral y empresarial, teniendo a la vista unas próximas elecciones sindicales; y, por último, debe

subrayarse el brote de las autonomías provisionales como otro de los más importantes factores

condicionantes de esta situación que renuncio a adjetivar.

Ante este panorama creo que es la hora de la reflexión y de la intuición, de la generosidad y de la firmeza

para ofrecer responsablemente a los españoles el programa de una gran formación política, cualquiera que

sea la forma y naturaleza de ésta; unas soluciones con sentido nacional y democrático para conseguir lo

que, en definitiva, constituye la verdadera necesidad de este momento histórico: reconstruir el Estado.

Para este propósito me parece que se podrá contar con muchas más adhesiones de las que se imaginan. En

todo caso, creo haber cumplido con mi deber escribiendo este artículo.

Federico SILVA MUÑOZ

 

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