Fraga Iribarne, al servicio del Estado     
 
 El País.    07/11/1976.  Página: 4-5. Páginas: 2. Párrafos: 26. 

EL PAÍS SEMANAL, domingo 7 de noviembre de 1976

Fraga Iribarne, "al servicio del Estado"

Manuel Fraga letrado de las Cortes, diplomático, catedrático, ministro dos veces, embajador de España,

vicepresidente del Gobierno— ha sido, por encima de todo, y en sus propias palabras, un servidor del

Estado. A hora, en su tercera salida al ruedo público, las cosas se han complicado un tanto, y Manuel

Fraga va a lidiar sus toros no desde el Estado, sino desde los difíciles medios de la sociedad política

española del presente, como uno de los líderes y promotores de Alianza Popular. En cualquier sitio donde

se encuentre este hombre de maneras cortantes, pero amables; de palabra precisa y frecuentemente

irónica, aparecerá con una innegable autoridad personal, con un sentido de la eficacia y del mando

difícilmente igualables.

Manuel Fraga ha sido siempre, y lo es mucho más en este momento, una figura política discutible y

discutida, y todo ello de manera apasionante. Uno podrá no estar de acuerdo con sus posiciones

ideológicas, e incluso con su carácter dominante e intransigente, en muchos casos, pero lo que no se

puede negar es el peso específico de su personalidad.

EL PAÍS: Quisiera que me hiciese una rápida valoración de la labor del primer Gobierno de la

Monarquía, del que usted formó parte como vicepresidente para Asuntos del Interior y ministro de la

Gobernación.

Fraga: Nosotros nos encontramos con una situación enormemente difícil. En primer lugar, estaba el

problema de la reforma política, que desde el año 1969 se había parado (especialmente lamentable fue el

parón al asociacionismo político, que impidió organizar adecuadamente las fuerzas políticas para el

momento de la transición). Nosotros abordamos seriamente el tema de la reforma política y presentamos

al país un plan completo y equilibrado de reformas políticas específicas: amnistía, modificación del

Derecho Penal, leyes de Reunión y Asociación, reforma constitucional, ley electoral, tratamiento del tema

regional en sus zonas más conflictivas: Cataluña y País Vasco, etcétera.

En segundo lugar, era necesario hacer frente a una situación económica muy difícil, en la cual se venía ya

retrasando desde hacía más de un año la toma de las medidas necesarias. El primer Gobierno de la

Monarquía, se diga lo que se diga, afrontó seriamente el tema económico. No pretendo decir que tuviera

éxito, pero nosotros preparamos seriamente las medidas económicas, y desde luego, no fue nuestra

responsabilidad si se nos obligó a pasar por el trámite de la ley en Cortes, cuando aquel tema claramente

se veía, como se ha visto ahora, que era materia para un decreto-ley.

En tercer lugar, afrontamos seriamente el problema del orden público, que en el momento de la transición

no era un tema fácil precisamente. Hubo unas semanas difíciles, desde mediados de enero hasta el

primero de mayo, y no niego que hubo problemas e incidentes, sobre todo cuando el Partido Comunista y

las Comisiones Obreras quisieron echarle al Gobierno un pulso en la calle, y la ETA con su campaña de

asesinatos. Yo tengo elementos de juicio suficientes para testificar sobre esto, y puedo señalar que a mí se

me dijo con toda claridad que no deseaban llegar a ningún acuerdo con el Gobierno, porque antes del

primero de mayo nos habrían puesto contra las cuerdas. Creo, pues, que el Gobierno se enfrentó al tema

de orden público con una acción política seria, que en mi opinión no ha habido después.

EL PAÍS: En su opinión, ¿cuáles fueron las razones de la crisis?

Fraga: No dispongo de elementos suficientes para analizar esta crisis. Lo único que estaba claro es que,

primero, siendo yo vicepresidente para Asuntos Políticos del Interior no fui consultado sobre ella.

Segundo, mi parecer era contrario a la crisis en ese momento, ya que consideraba que por lo menos hasta

después del referéndum e incluso hasta después de la reforma no se debía hacer ninguna modificación del

Gobierno, y sinceramente creo que no lo ha sido, creo que se han perdido tres meses y que el país ha

perdido seguridad y confianza, porque nadie ha explicado la crisis ni las razones de la misma.

"No hice nada por promover una crisis"

Dicho esto, era evidente que toda clase de fuerzas jugaban a favor de la crisis. Por una parte la relación

entre el presidente del Gobierno y el Rey no era tan buena como hubiera sido de desear. Por otra, había

disidencias claras entre los miembros del Gobierno, especialmente las que se dieron con motivo de las

anunciadas medidas económicas del Gobierno, en las que el actual vicepresidente segundo estaba en claro

desacuerdo con el entonces vicepresidente para Asuntos Económicos. En tercer lugar, es evidente que

personas y grupos que no entendieron el tema de la reforma intervinieron, especialmente a través del

Consejo del Reino, en una dirección que yo creo que ahora reconocerán como equivocada, porque

evidentemente la realidad ha sido contraria a sus previsiones. Los factores de la crisis fueron, como digo,

muy complejos, y yo solamente quiero hacer en cuanto a mí, las siguientes precisiones: Primero, yo no

hice nada por promover la crisis. Segundo, una vez que se produjo, presenté mi dimisión irrevocable.

Tercero, no acepté los ruegos y peticiones que se me hicieron para que continuara.

EL PAÍS: ¿Puede usted enjuiciar la labor del actual Gobierno, respecto a la forma y ritmo de llevar a cabo

la reforma política?

Fraga: Acabo de señalar que, en mi opinión, hubiera sido mejor que no se hubiera producido la crisis, ya

que a estas horas se habría celebrado el referéndum y estaríamos tratando de manera inmediata el

problema de las elecciones, que cada vez se presenta como más urgente.

Una vez que esto ha ocurrido, yo entiendo que el Gobierno en lo que ha hecho con respecto a la reforma

política lo ha hecho bien, e incluso han cuidado mucho las relaciones públicas internas y externas y la

presentación del proyecto de reforma política. Respecto al proyecto, en concreto, estimo que merece

nuestro apoyo, y yo públicamente se lo he dado, salvo en la reserva, hecha en cuanto al sistema

proporcional para la elección de los diputados al Congreso, que me parece funesto para el futuro político

del país.

En lo demás, tengo que decir que ha faltado liderazgo y que se podría haber hecho mucho más en la obra

general de gobierno y administración y, sinceramente, creo que debo decirlo.

EL PAÍS: ¿Por qué la creación de Alianza Popular y por qué forma usted parte de ella?

Fraga: Desde mi salida del Gobierno, en julio pasado, yo me dediqué a la meditación de lo que podría

hacer en el futuro. En primer lugar, si iba o no a seguir en la política, lo que es una decisión importante

para un hombre como yo, que, al fin y al cabo, tiene mujer y cinco hijos y no tiene una posición

económica consolidada. Y también podría tener la duda, como dijo algún periódico, si yo no soy un

peligro nacional, porque esté tapando el sitio a otras personas más jóvenes y capaces. Entonces, después

de meditarlo profundamente, decidí que todavía podía arrimar un poco el hombro en estos próximos y

difíciles años de nuestro país, y además que tenía la obligación de hacerlo, si bien esta vez, y lo digo con

toda franqueza, me puse a mí mismo condiciones y plazos. Lo segundo que decidí está motivado por las

razones de la crisis de julio. Si una crisis se podía manipular con factores tan limitados, con pequeñas

intrigas personales e incluso cortesanas, a mí me pareció que era hora ya de que en España se formasen

fuerzas políticas serias, que evitasen la repetición de estos personalismos en la vida política.

El fracaso de las fuerzas políticas

Hace mucho tiempo que estoy persuadido de que en España lo que han fallado no han sido las

Constituciones, ni las personalidades, ni las leyes, sino que a lo largo de siglo y medio de fracasados

experimentos constitucionales, lo que han fallado ha sido las fuerzas políticas. Ya lo dijo Andrés Borrego

en un libro sobre la historia de los partidos políticos en España. Y nuestra historia política

contemporánea, menos los primeros tiempos de la Restauración, lo confirma. Aquí ha habido maurismo,

ciervismo, aquí ha habido los hombres de Silvela o los de Moret, pero grandes partidos, fuerzas

organizadas, como existen en Inglaterra, o en Alemania, no las ha habido, aunque con algunas

excepciones, que confirman la regla, como por ejemplo, en algunos momentos, el Partido Socialista

Obrero Español, que tuvo una buena organización e incluso el Partido de Acción Popular en un corto

período.

En definitiva yo creo que éste es un tema fundamental, y sin él se producirán los males ya conocidos. Por

una parte, al cuerpo electoral se le deben presentar opciones políticas claras, coherentes y definidas. Es

una vergüenza, y lo he dicho muchas veces, que al país se le presenten más de cuatrocientas siglas, como

representantes de sus fuerzas políticas. En segundo lugar, es evidente que esas fuerzas políticas sólidas

pasan por encima de los hombres. Si muere un líder político, y si en un momento determinado se produce

una escisión, la fuerza política sigue adelante. En tercer lugar, es evidente también que sin estas fuerzas

políticas sólidas, las responsabilidades que caen sobre la Corona, por ejemplo, son tremendas. Esto fue lo

que le pasó a Alfonso XIII. Yo estoy dispuesto a admitir que Alfonso XIII fuese el mejor de los políticos

de su reinado, pero, claro se gastó como un político más, y, efectivamente, en un momento determinado

tuvo que recurrir a la Dictadura, tras su intervención excesiva en los temas militares de Marruecos, y

después de esto vino la República. Se han comentado a menudo los odios africanos que se producían cada

vez que él elegía a un nuevo presidente del Gobierno, justamente porque era una elección un tanto

arbitraria, ya que no tenía un indicador claro en la opinión pública o en las fuerzas parlamentarias reales

para llevar a cabo esta elección, lo que motivaba que se fijase en el que más le interesase particularmente

en aquel momento o en el más amigo, lo cual, en definitiva, es una mala solución. Por todas estas causas,

yo estimo que la formación de fuerzas políticas coherentes es una necesidad.

Supuesto este hecho de que son necesarias fuerzas políticas importantes, coherentes y no demasiado

numerosas, hay que señalar que es absolutamente obvio que al país no le faltan grupos a la izquierda y en

el centro, que tienen sus posibilidades de organizarse en fuerzas políticas serias e importantes. Ellos verán

si saben aprovechar su oportunidad.

Por nuestra parte, nos hemos preguntado sobre qué fuerzas hay dentro de nuestro espectro ideológico

homogéneas y coherentes que se deban sin duda organizar. Pensamos que prestábamos un gran servicio al

país, si, partiendo del centro, recogíamos todas las fuerzas conservadoras, que acepten la reforma, que

acepten la democracia y sus reglas de juego, y que, por supuesto, no estén dispuestas a jugar sobre

supuestos inmovilistas, y mucho menos sobre el supuesto de utilizar la fuerza para llevar adelante sus

programas políticos. Esta es nuestra motivación básica, este es el sentido claro, y no otro, del nacimiento

de Alianza Popular. Y sinceramente creo que es tan elemental que no habría que explicarlo tantas veces.

Si alguien piensa que el haber adquirido legítimamente experiencia al servicio del país (al haber hecho

autopistas, planes de desarrollo, paradores de turismo o leyes con ejecutoria política limpia) es un título

malo para seguir en política, que tenga el valor de decirlo. Pero, desde luego, me parece que es ridículo

siquiera insistir sobre ese tema.

"No existen disidencias en Alianza Popular"

EL PAÍS: ¿No son los componentes de Alianza Popular demasiado dispares para poder llevar adelante

una política conjunta por mucho tiempo?

Fraga: Debo decirle que hay un hecho cierto: la democracia no funciona más que donde hay gente capaz

de hacer esto que hemos hecho nosotros, unirse a pesar de sus discrepancias. Yo creo que una fuerza

política consiste en eso, en agrupar personas que son personal, ideológica y en otros muchos puntos de

vista muy diferentes, pero que tienen mayor homogeneidad que los contrarios o los componentes de otras

formaciones políticas. Vuelvo a decir lo que nadie puede negar, y es que el precio de esa total

homogeneidad, de ese purismo que algunos quieren en estas cosas, es tener esas cuatrocientas y pico

siglas, que es justamente hacer completamente imposible el funcionamiento de un sistema democrático.

Por otra parte, en este caso concreto de la Alianza Popular no se puede hablar de esa heterogeneidad.

En definitiva, entre nosotros no hay desde luego esas discrepancias iniciales de las que tanto se habla. Lo

que ocurre es que a los españoles no les cabe en la cabeza que un grupo de siete compatriotas, con cierto

relieve público, se pongan de acuerdo para una tarea común, y para explicar esta alianza se buscan

razones misteriosas. Por una vez se ha dado un ejemplo de ciudadanía y yo espero, sin presumir

especialmente de ello, que otros lo sigan. Todo lo que se dice de que existen disensiones entre los

componentes de Alianza Popular es rigurosamente falso, y precisamente por ello, al mismo tiempo que

mantenemos una buena organización colegial ajena a todo culto de la personalidad de nadie, destinamos

en cada momento un responsable principal. En la presentación de Alianza a la prensa he sido yo el

portavoz; en las Cortes nuestro único portavoz será Cruz Martínez Esteruelas, y le hemos pedido a Licinio

de la Fuente que sea nuestro portavoz permanente en temas sociales.

EL PAÍS: ¿Cuáles son las relaciones de Alianza Popular con el Gobierno, en este momento?

Fraga: Algunos de nosotros hemos informado individualmente al Rey de nuestros propósitos, y nos

proponemos ir en una audiencia conjunta a reiterarle nuestra adhesión. En cuanto al Gobierno, hemos

entendido que no debíamos plantearnos el problema de nuestras relaciones con él. A pesar de que alguien

en la prensa ha querido presentar el nacimiento de Alianza Popular como una nueva maniobra conjunta

del Gobierno y de determinados elementos de la derecha, no hay nada de eso. Somos una fuerza social

autónoma y espontánea, y es absolutamente cierto que no hemos pedido permiso a nadie ni pensamos

pedir ni aceptar ayuda de nadie, más que de las personas que formen parte de la organización.

Entendemos que el Gobierno ha hecho una declaración muy correcta, que suponemos que cumplirá, de

imparcialidad política en relación con las fuerzas políticas en liza, de cara a las futuras elecciones. Lo que

sí ha habido, y yo lo considero muy lamentable, es determinadas cuestiones dentro de uno de los

movimientos integrados en Alianza, concretamente UDE, que ocurría que tenía cuatro miembros en el

Gobierno. Con toda franqueza creo que el comportamiento de esos ministros deben enjuiciarlo los

restantes componentes de su grupo y la opinión pública en general. Yo, ahora, no voy a decir nada aquí,

pero al menos sí puedo decir que su comportamiento es, cuando menos, discutible.

EL PAÍS: En definitiva, ¿qué piensa usted en su afirmación de que sigue en el centro político?

Fraga: Es un hecho cierto, público y notorio, que yo he hablado sobre el tema del centro más que nadie.

Lo que yo he dicho sistemáticamente es que la diferencia entre un país civilizado y estable y uno que no

lo es, es que la política esté orientada al centro o que esté polarizada a los extremos, y creo que respecto a

este punto mi acción pública ha sido coherente con esto. Ahora mismo, lo que estamos haciendo en

Alianza Popular es aislar la extrema derecha y traer las fuerzas conservadoras al centro, y lo mismo

debían hacer los socialistas en su sitio, y otros grupos. Lo que yo no he dicho nunca, ni creo probable,

porque no ocurre en ningún país, es que las fuerzas del centro sean las más numerosas y las más

importantes.

Sentado esto, yo tengo que decir que, como todo el mundo sabe, he tenido muchas relaciones con todos

los grupos que se declaran asimismo centristas con más o menos títulos, y por supuesto me divierte

mucho ver que en este momento, que se ha dicho que Fraga se ha ido a la derecha, cómo todo el mundo

quiere cubrir el centro, y hay una verdadera carrera para ocuparlo, y yo digo, que en lo que de mí

dependa, desde luego, no pienso dejarlo. Creo sinceramente que cuando yo decía que estaba en el centro,

en los años sesenta y setenta, decía exactamente una verdad geométrica. En estos momentos es cierto que

todo el país se ha desplazado un poco más hacia la izquierda, pero sigo diciendo que creo que yo sigo

formando parte claramente de los grupos centristas del país, pero no me he dejado engañar tampoco por la

posibilidad de que solamente desde ellos se puede actuar con eficacia hacia una sociedad democrática. Y

precisamente por eso, repito, creo que esta gran coalición centro-derecha que hemos creado es un gran

servicio que hemos hecho al país.

 

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