Autor: Carandell, Luis. 
   Los curas de nuestra infancia     
 
 Triunfo.     Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Los curas de nuestra infancia.

LEYENDO las informaciones de la concentración de los curas dé la Hermandad

Sacerdotal en Cuenca, he rememorado los días de mi ya. lejana, católica

infancia. Pensé por un momento ir a Cuenca, ante el anuncio de la ensotanada

reunión, pero desistí de la idea. Me agobiaba pensar que iba a encontrarme

metido de pronto, de una forma brusca, en el paisaje eclesiástico que me fue

familiar en los primeros años de mi vida. "No voy", me dije, sin que mi

curiosidad, ni tampoco las exigencias de mi oficio de cronista, me hicieran

cambiar de idea. Conozco tan bien ese mundo, que si juera necesario podría

escribir mi crónica de la clerical concentración sin necesidad de ir a Cuenca,

sólo con detenerme a ordenar las imágenes que salen, ahora mismo, de los largos

pasillos de la memoria. Me sé al dedillo los gestos, las palabras, la

impostación de la voz, las eses silbantes del plural, el movimiento de las

manos, las manos blancas que llenaban la penumbra de la capilla. Y también

aquellas voces de indignación, de santa ira; aquel discurso trepidante,

retumbante, que iba in crescendo martilleando herejes, resolviendo dudas a

gritos, pulverizando argumentos contrarios. O bien la elemental, agraria

campechanía de los curas de pueblo, iracundos unas veces, acogedores otras,

bromistas a menudo, con bromas simplicísimas. Y luego el rumor de los

confesionarios, el olor de los cirios y del incienso en la misa obligatoria de

los jueves, en el colegio; el mareo del compañero ayuno que se pone inmensamente

pálido...

Lo sé todo, y por eso no he ido a Cuenca. Hay, además, otra razón. No identifico

a Cuenca con esta imagen. He sabido que un grupo de curas de la diócesis ha

redactado un comunicado en el sentido de que lo que se ha dicho en estos días en

Cuenca no expresa el sentir de muchos sacerdotes y feligreses de la ciudad y de

su provincia. Es muy de agradecer la puntualización, porque para mí, Cuenca es

una cosa muy distinta de la rememoración de este pasado. Para mí, Cuenca es la

prodigiosa arquitectura popular, las íntimas callejas y plazuelas, el paseo de

la hoz del Júcar bajo la ciudad encastillada, contemplar, a la caída de la

tarde, las Casas Colgadas desde la pasarela que cruza el Huécar; el Museo de

Arte Abstracto, mis amigos pintores, ceramistas y poetas. Y en la provincia, la

maravilla herreriana de Uclés, los bosques de Uña y Tragacete, la primitiva

cerámica de Priego o la grandiosidad del castillo de Belmonte, ya asomado a la

Mancha. O bien la charla con los amigos en las tabernas de la ciudad, la trucha

escabechada y el morteruelo. Todas aquellas cosas que me confirman en el gusto

que tengo de vivir. No. Cuenca no es lo que los periódicos dicen en estos días.

No es, al menos solamente, necesariamente, lo que los periódicos nos han

contado. No debe hablarse de "el espíritu de Cuenca", sino del espíritu de un

pasado ya muerto que aflora por un momento a la superficie y amenaza instalarse

en el presente.

Era una época, aquella de mi infancia y de mi adolescencia, en que España estaba

llena de reprobos, de malvados que era preciso erradicar a fin de que no

pudieran manchar con su proximidad a las almas buenas que todavía quedaban. En

resumidas cuentas,, ¿no éramos también malos nosotros mismos, no ofendíamos al

cielo a cada instante con nuestros actos, con nuestras omisiones? Yo mismo me oí

decir, tantas veces, niño de nueve años, muchacho de catorce, lo muy perversos

que eran mis sentimientos, mis inclinaciones. Pero la justicia de Dios no

fallaba y yo podía morir aquella misma noche y condenarme -para siempre. ¿Acaso

no les había ocurrido a otros niños? Olvidadizos y poco vigilantes ante el acoso

del enemigo, habían caído en el pecado, y aquella misma noche, su corazón se

había parado de repente de forma inexplicable, como fulminado por un rayo

justiciero, y habían ido de cabeza al infierno. Siempre quedaba la posibilidad

de un acto de suprema contrición en el último instante, pero, en principio, se

tenía la seguridad de que aquellos niños, tan justamente muertos, se habían

condenado por los siglos de los siglos.

¡Cuan edificantes resultaban aquellas historias! Considerábamos ejemplar el

divino castigo por el pecado de vivir, y pensábamos que en cada momento podía

sucedemos lo mismo a nosotros. Muchos españoles de mi edad, incluso más jóvenes,

recordarán la angustia de muerte que a uno le asaltaba de noche después de haber

asistido a la plática del retiro espiritual o de los ejercicios espirituales, o

como ´quiera que se llamaran las variedades de la liturgia penitente y

disciplinante que se impuso a los españoles. Había que salvar al país de sus

irreconciliables enemigos, y todos los esfuerzos eran pocos. Había que limpiar

España de ateos, de liberaloides, de pecadores que, en su soberbia, se negaban

al arrepentimiento.

Obligaban a los niños, si era precisó por la fuerza, a ponerse de rodillas para

impetrar el perdón. Había un clima de desconfianza, de recelo, de "caza de

brujas", como aprendimos a decir más tarde. Era la época de las "malas

compañías", en que las manzanas podridas corrompían a las que estaban todavía

sanas y en que los "amigotes" podían contaminar nuestra alma pura y perderla

para siempre. Aquella época pasó.

Después de aquella generación de sacerdotes anatematizantes, que hicieron la

política religiosa, la situación fue cambiando. No voy a contar aquí el proceso

de transformación de la Iglesia y de "distensión religiosa" que hemos vivido en

estos años. Exigiría un detenido estudio que no me siento en situación de hacer.

Mencionaré solamente lo mucho que los españoles, católicos o no, han agradecido,

aun sin reconocerlo, el alivio que esta distensión ha traído consigo. Pero,

habiendo sido educados los españoles en aquella teología del bien y del mal, no

produce extrañeza comprobar que haya todavía mucha gente entre nosotros que se

sienta inclinada a interpretar, no sólo la religión, sino también las demás

vertientes de la vida, con aquellos criterios. Y así, sientan la necesidad de

buscar al "malo" detrás de los acontecimientos que turben su vida, y estén

dispuestos a creerse las historias que a veces se inventan para explicarlos.

Ahí está la Asamblea de Cuenca para restablecer la "caza de brujas", exigir a

los cargos eclesiásticos el "juramento antimodernista" y llamar a los nuevos

curas "paracaidistas del demonio". El salto atrás es formidable, y uno percibe

relaciones lógicas entre las cosas que está viendo. Esto es para mí muy

importante, porque es mi historia personal. Pido perdón al lector por haberla

contado, y quiero añadir que no creo que ésta sea la justicia, que éste sea el

futuro. Me acuerdo ahora del soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola, uno de

los más hermosos de la lengua castellana, que empieza:

Dime, Padre común, pues eres justo por qué ha de permitir tu Providencia que

arrastrando prisiones la inocencia suba la fraude a tribunal augusto...

Tal vez ahora quede clara la razón por la cual he preferido no ir ahora a

Cuenca. • LUIS CARANDELL.

 

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