Autor: ROMERO. 
   Los nuevos curas     
 
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LOS NUEVOS CURAS

A noticia de unos curas en manifestación, perseguidos por los guardias, hay que

reconocer que es atractiva y nueva. El corresponsal de este periódico en

Barcelona dice que constituyó un verdadero espectáculo.

Realmente, de esto no había habido. Todos los españoles saben —y se ríen mucho

los extranjeros cuando lo oyen- que en este país llevamos muchos años situados

detrás de los curas: unas veces cón cirios, y otras, corriéndoles. Es algo asi;

y creo recordar que la frase literal, como tantas otras del mejor ingenio

político. contemporáneo; corresponde a Agustín de Foxá.

En los albores de la República, el pueblo cantaba maliciosamente, con música del

himno de Riego, aquello de: «Si los curas y frailes supieran, la paliza que les

van a dar...» La paliza fue de ordago. Creo que ese sacerdote inteligente,

director de «Ecclesia», padre Montero, tiene el impresionante censó de la que

fue, en 1936, «la paliza sangrienta».

Cuando alguien pregunta: ¿Pero en qué ha evolucionado el Régimen? La respuesta,

ahora, parece categórica: En que la Policía Armada del pais más oficialmente y

administrativamente católico del orbe empiece

a disolver manifestaciones de curas.

Donde el Concilio ha hecho una verdadera revolución ha sido en los curas

jóvenes. Antes del Concilio, la inquietud de las nuevas generaciones de la

Iglesia era ya un hecho. Pero el Concilio ha venido a legalizar y a consagrar

esa agitación. La Iglesia española tendrá que enfrentarse con un hecho más

urgente que el de distribuir su mensaje conciliar al pueblo, como es el de

restaurar el orden interno de los propios sacer-

dotes, animado, y en ocasiones soliviantado, por los llamados en todas

partes «curas progresistas».

Este es un tema que pertenece en exclusiva a nuestros obispos y cualquier

incursión por él sería imprudencia y temeridad. Pero en muy poco tiempo se han

producido varias manifestaciones de desazón, a cargo de los nuevos curas, y sus

exteriorizaciones han sido del dominio público. La Iglesia española, hasta hace

muy poco tiempo, era bien apacible. Nunca había tenido el país un régimen

político más poroso a la actividad de los sacerdotes, más generoso en los

presupuestos con las necesidades "de la Iglesia y más tolerante con las acciones

avaladas por la jerarquía eclesiástica en todos los niveles. La totalidad de

nuestros gobernantes son católicos desde 1936, y desde 1946 la presencia y la

influencia de los católicos confesionales en la política, en la economía y en la

Universidad, es casi total. Por eso, ante un espectador corriente, sin otras

claves que los hechos que están a la vista, la noticia de cien curitas jóvenes

corriendo por la vía Layetana, veloces y vibrantes en sus sotanas, dispersados

por una energía no anticlerical procedente de un Estado católico, es una de esas

paradojas con que siempre se ha enriquecido la vida española y que justifica el

lema turístico de que «España es diferente».

Las posiciones extremas de perseguir unas veces a la Iglesia y otras de

teocratizar el orden político —que es la realidad histórica en que nos movemos—

nos trae un tipo de Iglesia comprometida y, por ello, fácilmente erosionable. La

persecución a la Iglesia en este país no ha sido nunca rentable porque ha

producido siempre una reacción a su favor; mientras que metida demasiado en el

orden civil o político genera sentimientos anticlericales. En cualquier caso la

Iglesia aquí siempre está en danza.

No hemos sabido —desde dentro y desde fuera de la Iglesia— buscarla un sitio a

cubierto de la beligerancia social. Si no era suficiente la legítima inmunidad

del pulpito, él prestigio de la palabra sacerdotal, la autoridad moral de las

opiniones al aire de los textos evangélicos y pontificios, ahora; salen un

centenar de curas a la calle, alteran las disposiciones ele las leyes civiles y

se comparan á manifestaciones de ciudadanos en demanda de cosas políticas, o

profesionales, o económicas.

El espectáculo de Barcelona, por todo lo que tiene de grotesco, no es

edificante. Cada uno puede adscribirse al episodio con arreglo a sus tomas de:

posición. Pero, en conciencia, no constituye algo de lo que podamos ufanarnos.

Parodiando a Charáy, algunos nuevos curas españoles podrían estar ante esta

amarga y desconsoladora situación, «entre el Régimen que no nos gusta y los

enemigos del Régimen que no nos quieren, estamos como pelicanos en el desierto».

Todos sabemos, poco más o menos, donde están los males de una sociedad

oficialmente cristiana. Desde luego no en la Jefatura de Policía de Barcelona,

adonde se dirigían los curas manifestantes. La verdad es que no hace falta salir

del templo. Allí van los mercaderes; algunos de esos que dan bicocas, o regalan

altares, pagan bien las misas de difuntos o dejan herencias o mandas. Sí; esos a

quienes no les gusta el Concilio y quieren una iglesia gótica cuando todos los

seminaristas estudian Sociología, esa ciencia racionalista, y cristianizada

urgentemente por los últimos Papas. Desde el pulpito se les ve cuando entran.

Vamos a ver ese valor de los curas jóvenes. ¡Échenlos!

Esto tan sencillo, tan al alcance del dueño de la casa que es el sacerdote,

exige, ya sé, una gran decisión de ejemplaridad religiosa y seguramente de

discutible o de imposible cumplimiento. ¿Pero no sería ese el verdadero

progresismo? Ese admirable cura progresista que tenemos en este periódico,

demagógico y virtuosísimo—nuestro padre Arias—, sabe que esto es ,así. El

progresismo en la Iglesia, sin embargo, debidamente canalizado, es su brote de

primavera. Lo peor de ese progresismo es que tengamos que hablar de «curas

vascos» o de «curas catalanes». En este caso es un «progresismo regionalista»,

que es harina de otro costal. Pedir un obispo catalán, o sindicatos libres, o lo

que pida el progresismo político, o el ancestralismo local es meterse en un

fregado donde las cosas más respetables dejan siempre de serlo en la refriega.

Ayer, uno de estos curas le dio un tortazo a un guardia con evangélico

atrevimiento que habría puesto colorado a San Francisco. Entonces el guardia,

que tenía la porra levantada, miró al cura, entre sorprendido, respetuoso e

indignado, se guardó calmosamente la porra y le arreó dos guantazos de Ida y

vuelta, con el mismo comentario que haría don Francisco de Quevedo: «Mira, San

Lucas o quien sea, te ha librado de la porra, pero de este guantazo no te libra

ni María Santísima.»

¿Está claro? La Iglesia, en sus niveles jerárquicos, respetables y serenos,

tiene la palabra. Por mucha tradición que tengamos de extravagancias hay cosas—y

la religión la primera de ellas—con las que no se puede jugar.

ROMERO

 

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