El caso de Monseñor Añoveros     
 
 Informaciones.    09/03/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. MIÉRCOLES 13 DE MARZO DE 1974.

ULTIMA CONSIDERACIÓN

Un artículo excepcional, el titulado «La homilía de monseñor Añoveros», firmado

por Antonio Garrigues en ABC del 9 de marzo, ha proyectado luz clarísima sobre

un dato —la composición del debatido texto— fundamental para orientarse, con

criterio informado, en la confusa polémica que, a todos los niveles, ha

suscitado la ya famosa homilía.

Tres calificativos aplicábamos, en nuestro" comentario editorial del 6 de marzo,

al texto: «ambiguo», «imprudentes e «inoportuno». Y en el mismo comentario

quedaba expresa constancia de que «su tono, desmañado, no es sino un atadijo de

citas pontificias que el cristiano debe aceptar y repensar»; afirmación

suficientemente expresiva acerca de su arquitectura literaria y pastoral,

lograda por la yuxtaposición de materiales extraídos en muy diversas canteras.

El artículo de Antonio Garrigues, sólidamente documentado y escrito con

objetividad singular y meritísimo, demuestra, sin duda posible, que estós

materiales de composición de la homilía —citas de encíclicas, de decretos y

discursos pontificios, de sínodos episcopales— ni se toman en la plenitud de su

sentido, ni se relacionan y manejan de modo correcto, que permita, a su vez, con

sana lógica, transmitir un mensaje capaz de ser fielmente entendido por sus

destinatarios.

No era ésta, y bien lo ha puntualizado el comunicado de la Comisión Permanente

del Episcopado, la intención subjetiva, limpia y honesta sin duda alguna, de

monseñor Añoveros, pero acaso no pudiera decirse lo´ mismo sobre los propósitos

del autor o autores, materiales de la homilía que él aprobó y mantuvo.

Así, en punto tan importante como la redacción de un texto enmarcado en el

ámbito más sustantivo de la Misión pastoral, la responsabilidad —en la medida en

que exista— de alguna manera se desplaza hacia el redactor o los redactores que

han hilvanado, con inadmisible manipulación, fragmentos de citas

respetabilísimas, avaladas por la eminencia de su origen.

Pero, en cualquier caso, queda aquí, abierto, an paréntesis, queda manifiesto un

vacío, que debería haber llenado y cerrado la prudencia episcopal, aplicada

precisamente á medir, con serena reflexión, las consecuencias interpretativas

que iba a tener, sin remedio, la publicación de la homilía; de un texto que,

además de los tres calificativos antes mencionados, admite otro nada positivo

sobre la autenticidad de las citas de autoridad, citas trucadas, que se usan en

la obligada relación causal de medios y fines, de premisas y conclusiones.

Lamentablemente, la falta de prudencia no se ha producido sólo en ese trámite.

Se ha negado que la homilía hubiera sido entregada a los medios informativos

internacionales por el señor obispo. Nadie dudará tampoco de la buena fe y la

buena intención de monseñor Añoveros en este otro episodio. Pero, de hecho, la

homilía circuló, para su difusión, por los cauces periodísticos. Y si las cosas

han sucedido así, ha fallado o ha faltado también la prudencia previsora en tan

delicada materia. Acaso, igualmente, otros no han procedido con la misma buena

fe y la prudencia ausente íes dejó abiertas las puertas para su maniobra. Porque

el texto de la homilía —el hecho es incontrovertible— se difundió, sin límite,

dentro y fuera de las fronteras del país.

Un deber elemental de discreto respeto a las negociaciones, entabladas y en

curso, para encauzar con serenidad la solución del «caso Añoveros», nos aconsejó

mantenernos en una pura línea informativa, luego de nuestro comentario «Iglesia

y Estado».

Entrado el caso en su fase de distensión, todo permite suponer que el problema,

sea cual fuere la resolución definitiva del mismo, ya ha sido superado. Ambas

potestades, Iglesia y Estado, se mueven ahora en zonas de mutuo entendimiento.

Pero no parecía conveniente, para no perder su aleccionadora experiencia, dejar

de subrayar, aunque lo hagamos con ánimo contristado, la falta de prudencia

episcopal que queda manifiesta "en trámites esenciales de todo el asunto. De un

caso, con nombre propio, que mucho nos complace poder considerar ya cerrado,

terminado, precisamente porque la prudencia ha asistido a quienes correspondía,

en definitiva, concluirlo.

 

< Volver