Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   Una cosa es predicar...     
 
 El Imparcial.    23/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

UNA COSA ES PREDICAR...

DURANTE muchos años las mejores romanzas de los mejo res cantantes y los mejores conciertos de las

mejores orquestas de la política europea hicieron movimientos monocordes hacia España, cuyo motivo

era siempre el mismo: no, a la España autoritaria y franquista; sí, a la España democrática doliente. Quizá

la pieza más memorable de esta historia sea el concierto de Munich, a donde muchos demócratas

españoles acudieron de buena fe, no tanto a pedirle a Europa apoyo para su causa en el interior, como a

hacer un acto de devoción y convicción europeísta.

Los políticos europeos, las organizaciones, asociaciones y movimientos de todos los géneros,

incesantemente nos predicaban.la democracia y sus excelencias y, además, nos la ponían como condición

previa e inexcusable, siempre que sonaban dos temas: Gibraltar y la Europa económica y política.

Un día, el Régimen del general Franco desapareció, Espada tuvo instituciones democráticas, eligió dos

Cámaras por sufragio universal y se dispuso a elaborar una Constitución democrática. Entonces muchos

pensaron en el exterior, y muchos más en el interior, que ahora sería coser y cantar. Pero no ha sido así;

las razones políticas que impedían la entrada de España en la Comunidad han desaparecido, pero a

España se le niega la entrada en la Comunidad. Ahora aparecen claramente al descubierto las razones

económicas que púdicamente se escondían con el ropaje de las razones políticas. ¿Cuáles son esas

razones económicas? Con ánimo de síntesis, diré que, mientras la industria europea desea la entrada de

España en la Comunidad, con un rápido y, si es posible, fulminante desarme arancelario de nuestro país

para ensanchar los límites de su mercado en treinta y cinco millones de consumidores, la agricultura

europea, sobre todo la mediterránea, se opone tajantemente a la entrada de España porque a pesar del

triste estado de nuestra agricultura, apaleada por las importaciones, por las veleidades meteorológicas, por

los cambios súbitos de política de los Gobiernos, nuestros agricultores han sabido hacer una agricultura

competitiva y los productos españoles no pasarán a la Europa comunitaria, sea por obra de sus leyes o de

los tractores de sus agricultores colocados en las carreteras.

POR eso existen sospechosas coincidencias entre dirigentes gubernamentales, de la derecha y de la

izquierda de ciertos países comunitarios, al oponerse a la entrada de España en el Mercado Común. Por

eso seguimos inútilmente llamando a las puertas de Europa para que se nos abra invocando que aquí hay

una España nueva y democrática; lenguaje que parecen no entender porque, en el fondo, el tremendo error

actual que Europa está cometiendo con España, quizá como continuación de otros que ya están en las

páginas de la Historia, es, con un malentendido pragmatismo, dar mayor valor a sus vinos, a sus cítricos, a

sus verduras, y a la presencia entera, política, económica y cultural de España en la Comunidad.

Habrá, quizá, que explorar otros caminos porque éstos parecen estar cerrados. Y a ese nuevo recorrido

hacia la Comunidad no son ajenas nuestras relaciones con Iberoamérica. Una fórmula que pueda

alinearnos con nuestros pueblos hermanos y que ofrezca un frente común ante la Europa económica,

quizá sea lo más realista en estos momentos. En mi reciente viaje a Buenos Aires he tenido ocasión de

pulsar con muchas de las más valiosas personalidades de la economía y la política argentinas este tema, y

aunque a algunos les invade el escepticismo por. las recientes actitudes del Mercado Común con

Latinoamérica, al parecer tan poco explicables como con España, la mayor parte reconoce que sólo la

unión hará la fuerza, que es, en el fondo, la gran razón de mi pensamiento.

De otra parte, la Europa política parecía ofrecer menos dificultades a nuestra incorporación. Allí no había

conflicto de intereses económicos y parecía que la identidad política era un hecho. Sin embargo, en la

reciente reunión del Consejo de Europa de Estrasburgo, a la que tuve el honor de asistir representando al

grupo parlamentario de Alianza Popular, no fueron las cosas tan fáciles: primero, no estaban de

acuerdo, al parecer, todos los socialistas, de manera que los laboralistas ingleses y los nórdicos objetaban

que España no tenía todavía una Constitución . democrática y tan solo un Parlamento elegido

democráticamente, lo que no era para ellos suficiente; mientras otros extraían de sus previsoras

conciencias grandes recelos sobre el futuro de la democracia en España. Y, segundo, cuando estos

escollos se suponían superados y los socialistas, verdaderos arbitros de aquel agora, se pusieron de

acuerdo, surgieron cuestiones procedimentales de carácter previo para no dar vía libre a nuestro acceso al

Consejo de Europa, que hubieron de ser acordadas con energía y a golpe de martillo sobre la mesa por el

presidente de la Asamblea. Pese a todo, el 24 de noviembre pasado ingresamos formalmente en el

Consejo de Europa, lo que quizá constituya motivo de esperanza para las futuras acciones europeas y de

aliento para nuestra eficiente diplomacia que con tantas dificultades ha de luchar.

EN el caso de Gibraltar, el concierto británico sonaba del mismo modo: la actitud de erra

respecto de la colonia cambiaría fundamentalmente el día que en España hubiera una democracia: a

Franco no se la entregarían jarnos. Y no se la entregaron. Pero parece que tampoco se la van a entregar a

la democracia.

Las recientes visitas del ministro de Asuntos Exteriores británico a Madrid, del presidente Suárez a

Londres, y la aún más reciente entrevista de Estrasburgo entre representantes británicos, gibraltareños y

españoles, presidida por los ministros de Asuntos Exteriores de España y de la Gran Bretaña, han llevado

de nuevo el problema a la opinión pública española. Parece claro que, según ha dicho el «Times», de

Londres, el punto de vista del Foreing Office es el de ofrecer la ayuda británica para el ingreso de España

en la Comunidad, a cambio de la libre circulación de productos y de personas con Gibraltar; lo que quiere

decir, en otros términos, que a cambio de una ayuda política, y en tanto retórica, para una incorporación a

la Comunidad Económica Europea, que se ofrece problemática por las oposiciones de otros países,

Inglaterra ya sacaba partido de las nuevas circunstancias reintegrando la situación del Peñón a la época

anterior al bloqueo. Por otra parte, no deja de sorprendernos que se invoque el Tratado de Helsinki para

lamentarse de que las prácticas del bloqueo entorpezcan una situación de buena armonía entre dos países

democráticos; sin duda porque se piensa que la democracia puede ser buen instrumento para servir una

situación colonial con desprecio del más alto organismo democrático del mundo y de sus resoluciones: las

Naciones Unidas.

NOS parece aún más sorprendente que se coloque entre medidas del derecho español al reconocimiento

de su soberanía y la pretensión inglesa de mantener su dominio colonial sobre la Roca, al pueblo

gibraltareño, comunidad siempre respetada por España como hasta ahora siempre manejada por

Inglaterra. Con todos los respetos, nos parece esto un juego pueril y poco serio.

Mientras todo ello llega, habremos de seguir pacientemente en «diálogos permanentes», como ha dicho

recientemente Mr. Owen, o pensando juntos, como se decía en épocas anteriores. Y ello

independientemente, como en el caso del Mercado Común, de que en España haya o no una democracia

respetable y respetada por el resto de los países.

En fin, resulta que el español medio, a la vista de todo ello, recordará socarronamente, pero con inmensa

amargura, aquel viejo refrán: «Una cosa es predicar, y otra dar trigo». Y seguirá sin explicarse cuáles sean

las verdaderas razones de la discriminación de España.

FEDERICO SILVA MUÑOZ

Diputado de Alianza Popular..

Mañana Los sueños de la derecha», de Joaquín Navarro Estevan.

 

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