Autor: Montes, Eugenio. 
   Hacer hoy un concordato sería echar vino nuevo en odres viejos, pues es probable que haya pasado ya el tiempo de los concordatos  :   
 Cualquier fórmula jurídica de relaciones Iglesia-Estado es buena si nace de un espíritu de armonía y colaboración. 
 ABC.    15/11/1972.  Página: 43-44. Páginas: 2. Párrafos: 24. 

A B C, • MIERCOLES 15 DE NOVIEMBRE DE 1972. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

PAÍS. 48.

LA IGLESIA EN EL MUNDO DE HÓY.

«HACER HOY ÜN CONCORDATO SERÍA ECHAR VINO NUEVO EN ODRES VIEJOS, PUES ES

PROBABLE QUE HAYA PASADO YA EL TIEMPO DE LOS CONCORDATOS»

importantes" declaraciones del embajador Garrigues al concluir su representación

ante la Santa Sede.

"CUALQUiER FORMULA JURÍDICA DE RELACIONES: IGLESIA-ESTADO ES BUENA SI NACE DE

UN ESPÍRITU DE ARMONÍA Y COLABORACIÓN"

La Embajada de España cerca de la Sarita Sede es cronológicamente, .y no sólo

cronológicamente, la primera del mundo. En la Edad Media no había,

representaciones fijas. A los Reyes Católicos sé les ocurrió tener

representación permanente en Roma, porque los problemas y conflictos entre la

Corté pontificia y nuestra soberanía en Nápolés eran incesantes y se enredaban

unos en otros. Porque entre los que bien se quieren siempre hay estas cosas.

Desde el seiscientos, la Embajada no mudo de sede. Por ella se llama Plaza de

España el corazón de Roma.

Le pregunto a don Antonio Garrigués si, tras haber sido, nueve años embajador,

ante Su Santídad el Papa, no se deja aquí parte de su corazón. Nueve años, en

una época critica de la Iglesia, vista por unos como giran esperanza, por otros

con perplejidad.

Siempre, lo romano hizo latir muy fuerte el corazón español. Yo, cuando en la

Plaza de San Pedro veo llorar de emoción: ante el Papa, ya sé que estoy entre

compatriotas. Príncipes de la Iglesia, prelados, diplomáticos, personalidades de

la sociedad y la cultura, despiden con sincera emoción a Antonio Garrigues, cuyo

talento, señorío y tacto conquistaron la calurosa simpatía de la Ciudad Eterna.

En el salón de rojos damascos cardenalicios, bajo un retrato regio firmada por

Vicente López, ante la herma griega y las réplicas berninescas, don.Antonio

Garrigues tiene la gentileza de responder así a mis curiosidades:

—¿Duele mucho decirle adiós a esta ciudad?

—Salga de Roma, pero no la dejo, porque Roma es una patria y no se puede de

dejar lo que se lleva dentro. Al regresar a España voy de una patria a otra

patria. Pero no me expatrío de Roma, como no me expatrié de España cuando la

dejé, hace casi once años. Como en el romance, puedo decir que dejo Roma «con

honra y sin alegría». Con honra, porque haber vivido en Roma y en la Embajada de

España es un privilegia y un honor. Sin alegría, porque nadie, y menos nn

cristiano, puede dejar Roma con un corazón alegre.

En concreto, el Concordato del 53, en su momento, pudo ser «revisado», lo que no

significa sino corregir o enmendar un texto dado. Era éste el compromiso único y

el cometido concreto que se derivaba del crece de cartas entre el Papa y el Jefe

del Estado español, compromiso y cometido que inspiró la redacción por la

Embajada y Ja Secretaría de Estado del texto «ad referendum» .del que tuvo

puntual conocimiento, a lo largo de su elaboracion, el Gobierno español. Pero la

rápida evolucion y las tensiones y pasiones en toma ai tenia religioso, habían

ya dejado airas ese memento de lá posible revisión. Hubiera podido ser un

acercamiento grande que habria disminuido las tensiones y preparado una solución

de fondo.

Pero un nueva Concordato supone dos cosas: que sea «nuevo» y que sea

«Concordato»; dos cosas que son, en cierto modo, contradictorias porque las

Concordatos, si es que no se les quiere llamar «viejos», sí se puede decir que

son formas trádicionales réfractarias a la innovación." Sin darlós por

caducados, hacer an nuévo Concórdato venaría a ser «echar vino nuevo en odres

viejos». Lo probable es que los Concordatos, con su solemnidad, su rígidez, sus

pretensiones de perennidad en tiempos tan acelerados y cambiantes, hayan hechó

su tiempo historico.

—¿No convendría sustituirlos por otra formula jurídica?.

—Sí, se pueden hacer acuerdos parciales o incluso otros instrumentos jurídicos

todavía menos solemnes» más provisionales. Pero siempre bajo esa condición y ese

supuesto de que nazcan de un espíritu de armonía y de colaboracion entre los dos

entes soberanos. No hay fórmula juridica, por habilisima que sea, que pueda, no

ya éngendrar, pero ni suplir ese espiritu. Porque la letra no puede dar lo que

no tiene, es decir, espíritu, y a falta de él, cualquier nueva fórmula sería

letra muerta, que al no resolver las dificultades, sino mantenerlas, las hace

más patentes y, por asi decirlo, dificultosas. Por otra parte, el éxito de una

negociación presupene e! despejar primero cualquier prejudicial, si existiera,

que la hiciera >>a radice>> imposible.

—¿Cuál es a tu juicio, el fondo del problema?

—El problema es complejo. Uno de los puntos clavé está en que el Estado

reconozca qué en el momento actual la selección y e! nombramiento de los

obispos, que históricamente ha pasado por tantas, vicisítudes, corresponde a la

exclusiva responsabilidad de la Iglesia. Y que, a la vez, ésta comprenda que

como esos nombramiéntos no se hacen para el Estado del ´Vaticano bajo la

soberanía de la Iglesia, sino para un territorio sujeto a mía soberanía temporal

distinta, puede háber reparos estríctamnte políticos, no eclesiales, que la

Iglesiá prudentemente, sin mengua, desde luego, de su libertad, debe ponderar

cuida-

dosamente. Pero insisto en que se trata dé un problema de éntendimiento

profundo, de colaboración. No de formulas juridicas, que no presentan ninguna

difícultad sí nacen en ese terreno, y que de nada sirven en un clima dé

desconfianza o de recelo.

Las manos del Estado deben quedar libres para atajar las actividades políticas

clericales que puedan llegar a ser punibles en na pie de igualdad con las de los

seglares. El fuéro sacerdotal, en su origen, está tan justificados ál menos,

como cualquier otro de los fueros videntes, siendo el más ántiguo de todos

ellos, pero él cambio de los tiempos, la confusion reinante y los abusos en su

ejercicio, han hecho necesaria SE revisión a fondo en beneficio, ño ya del

Estado, sino de la propia Iglesia y, especíalmente, en protección de los

abismos, que son quienes lo administran y, en cierto modo, lo padecen.

El enunciado de estos problemas es claro y sencillo. En cambio, es hoy sümamente

difícil la delimitacion puramente éclesial del contenído de la predicación de la

palabra de Dios o de la actividad pastoral. Empieza´, por haber una proyección

cristiana sobre. la política y sobre las actividades temporales en general y las

sociales en particular, que no puede ser mas que saludable. Es, además, una

proyección irrenunciable para la. Iglesia, porque si no se diera, vendría

asígnificar el fracaso y la negación del Mensaje Evangélico. Él cristianismo

debe ser un fermento que acéda toda la masa. Hay luego, entre Iglesia y Estado,

como en toda zona fronteriza, una tierra de nadie cuya aré se ha agrandado por

el nuevo concepto del pueblo de Dios y de la Misión de tos laicos, que ha traído

el Concilio. Y ha habido, finalmente, no COmo un efecto natural sino por la

insospechada acción desencadenanté que él mismo ha tenido en ciertas tendencias,

oscuras, latentes, y larvados de la Iglesia y de la sociedad civil, una como

reactivación del clericalismo y del anticlerícalismo qué, por el incremento que

ha toreado, está cansando estrágrós.

—¿Prefieres la iglesia firme en sus creencias sempiternas o el aperturismo? ¿No

seria bueno precisar a qué corrientes se debe abrir, y a cuáles se debe cerrar?

.—Ni inmovílismo ni aperturismo. Lá Iglesia es la depositaría del misterio de la

revelación. Esa es su «verdad», y de ella emerge uaa constante, profunda,

maravillosa capacidad de transformacion y de renovación de todo lo creado,

incluida la Iglesia, permaniecíendo inmutada la verdad mismá. Lo que intenta

Pablo. VI es hacer pasar a la Iglesia y al mundo actual por la puerta estrecha

que se abre entre el cielo y la tierra. Esa encrucijada es su crúz y en ella

parece que está vencido como siempre lo parece, a los ojos ciegos del mundo, el

cristiano a la hora de la verdad. Se ha dicho del Papa que es "hamletiano"

porque vacila. Pero si vacila será en él acceso a los problemas y en el respeto

a situaciones dadas, como todo hombre sensible, inteligente y consciente y como

todo hombre de fe que tíene siempre que pasar por su noche o sus noches oscuras.

Pero, como Hamlet, para seguir esta vana comparación, tiene la clarividencia

final de lo única que importa, que es la justificación del mundo a través de una

Iglesia más divina y más humana, y. a esa misión está entregado en cuerno y alma

—más en açlma que en un cuerpo consumido, consumado— con una clarividencia, una

energía y usa entereza incomparables, que para sí quisieran tos no vacilantes.

—¿Hay crisis de autoridad, en la Iglesia?

—Sí, hay una crisis de uatoridad en la iglesia; y en los Estados, y en la

milicia, y en la familia, y en el trabajo, y en la enseñanza, etc. En ninguna de

esas instituciones o relaciones se puede mandar como se mandaba antes, la

autoridad tiene que ser ejercida con más justicia, más prudencia, más templanza,

teniendo en cuenta e! sujeto pasivo de la obediencia, que por haber alcanzado

una mayor madurez, pide una mayor participación y responsabilidad. Los modos de

ejercer la autoridad han cambiado históricamente muchas veces. Comó ejemplo, ahí

están 1a relación patérno-filial, o marido y mujer, o la relación laboral, o las

ejecuciones públicas, o las penas infamantes; usos y costumbres normales ayer y

hoy inconcebibles. Pero en este proceso, la autoridad se lia deteriorado, y al

amparo de esa debilidad han surgida nuevas formas de contestación ,y de

violencia que amenazan las bases de la convivencia humana y principios morales

que son irreemplazables. Es preciso restablecer el principio renovado de

autoridad en su plenitud, sin debilidades y sin mediatitaciones.

—¿Cuál es tu juicio final sobre el II Concilio Vaticano?

—Si la Historia es irreversible, el Concilio, que no es sino asi momento dé la

Historia mas denso, más concentrado,-´´más reflexivo, !o será en mayor grado.

Conceptos como el pueblo de Dios, la personalidad del laicado en la Iglesia, la

autonomía de lo temporal con se propia sustentividad, el ecumenísmo, la

liturgia, no como arcano, sino como accesible al comun de las gentes, entre

tantos otros, están en marcha y no pararán, como no parará el movimiento

conciliar en su conjunto, hasta cine no haya hecho su recorrido, cosa que no

verá ninguna de las generaciones presentes; no ya que la fórmula, tan bella, de

la Cristiandad, sólo puede ser un recuerdo histórico, sino que la experiencia y

el esfuerzo tan meritorio de articular «una» política católica, >>una>> doctrina

social de la Iglesia, que ha movido a tantos católicos de buena voluntad, parece

que, como los Concordatos, también han hecho su tiempo. No puede haber una

política y una doctrina social que sean únicas. El cristianismo impregna la

política y la sociedad toda y son los cristianos, en comunion con el magisterio

eclesiástico, los que libremente, en una pluralidad de opciones legítimas y no

la Iglesia jerárquica, los qué tienen que encarnar, temporalmente, el

cristianismo en lo político y lo social. Pero que el Concilio sea irreversible

no quíere decir que el depósito de la revélación no tenga fronteras

infranqueables. Que la autoridad de la Iglesia viene de Dios y por eso su

estructura tiene que ser jerárquica, y que no es la Iglesia la que tiene que

convertirse al mundo, sino los hombres los que tienen que convertirse a Dios,

son, entre otras, las barreras que níngun Concilio puede franquear.

—¿Quieres añadir alguna cosa más para nuestros lectores?

—Simplemente quiero expresar y dejar constancia de mi agradecimiento muy sincero

hacia don Fernando María Castiella y el actual ministro de Asuntos Exteriores,

don Gregorio López Bravo, por todas las muestras de simpatía, afecto, confianza

y colaboración que siempre me han demostrado a lo largo de todos estes años de

mi misión en Roma.»

Ranke dijo que la Historia occidental se caracteriza por el tema Iglesia-Estado,

con su armonía y sus tensiones entre las dos potestades, entre los dos soles

dantescos. A este tema ilustre contribuyen las opiniones aquí expuestas, en que

don Antonio Garrigues resume nueve años de experiencias y meditaciones

profundas.—Eugenio MONTES.

 

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