Autor: Martín Descalzo, José Luis. 
 Los secretos ( a medias) del Vaticano y VII. 
 Las relaciones España-Santa Sede     
 
 ABC.    19/04/1973.  Página: 27-28. Páginas: 2. Párrafos: 22. 

Úe lVatisano Y VII

LAS RELACIONES ESPAÑA-SANTA SEDE

Embajador Lojendio.- "Es absurdo imaginarse a España y el Vaticano declarándose

ia guerra"

Los sucesos de los últimos meses ofrecen un alternarse de tensiones y

distensiones, con un claro acentuarse de la distensión

En los ambientes vaticanos se preguntan: "¿Cómo es posible que ios deseos cíe

independencia del Episcopado español se interpreten como hostilidad?"

Los recientes nombramientos episcopales son un signo, aunque incompleto, de

clarificación

Los últimos meses han sido pródigos de noticias en la vida de la Iglesia

española y en las relaciones de nuestro país con la Santa Sede. En los primeros

días del año se concluía la elaboración del documento sobre «Iglesia y comunidad

política». Pocos días después el ministro López Bravo se entrevistaba con Pablo

VI. En la cuarta semana de enero era el cardenal Tarancón quien se encontraba

con el Jeie del Estado y con el Príncipe. Los primeros días de febrero veían el

nombramiento de dos nuevos cardenales españoles y la presentación de

credenciales del nuevo embajador, señor Lojendio. Los últimos días del mismo

febrero había que registrar una larga entrevista del cardenal Tarancón con el

Papá y una visita del nuncio Dadaglio a Roma El nombramiento de cinco obispos

podría, en cierto modo, dar por cerrado este período de Intercambios.

Pero no resulta fácil analizar esta acumulación de noticias. Porque en todas

ellas se percibe una fluctuación de momentos de tensión con otros de distensión.

Si el documentó de los. obispos suponía una crecida del calor, ta udiencia del

Jefe del Estado al presidente de la Conferencia Episcopal se inscribía en una

curva de serenamiento. Si la visita de López Bravo al Papo se colocaba en una

aguda aceleración de (os grados del termómetro, la presentación de credenciales

de! marqués de Vellisca significaba el regreso a las zonas templadas y en la

misma línea se inscribía el equilibrador nombramiento de dos cardenales

españoles. Si tos sucesos de Pamplona en torno a ciertas tensas y discutidas

homilías se colocaban en la columna de tas preocupaciones, la visita del

cardenal Tarancón a Pablo VI significaba un claro empuje a la linea aperfurisla

del episcopado español. Y el Monseñor Dadaglio, nuncio de Su Santidad en España,

y don Juan Pablo de Lojendia, -embajador de España ante la Santa Sede. mismo

nombramiento de los cinco obispos marcaba dentro de sí una cierta ambigüedad:

noticia positiva por lo que significaba de desbloqueo de una situación

endurecida hacía dieciséis meses, pero noticia también ambivalente al no haberse

podido cubrir, como Roma deseaba y las diócesis necesitaban, más que cinco de

las ocho diócesis pendientes.

Todo esto hacía —y pude percibirlo claramente en Roma— que el problema de las

relaciones España-Santa Sede tomara un distinto color según la persona con quien

conversaras.

LAS OPINIONES DEL EMBAJADOR

Un tinte claramente serenador —de) que yo me siento cercanísimo— adquiría el

problema en les labios del nuevo embajador, señor Lojendio.

«Me parece que ustedes los periodistas —me dijo en ia larga conversación que con

él mantuve— le dan demasiada Importancia a Incidentes que carecen de ella,

Pequeños roces a nlvei de funcionarios —pues visto desde este punto de vista un

obispo es un funcionario, como lo es un embajador— se convierten en una especie

da lucha frontal entre la Iglesia y el Estado. Esta lucha no existe en España.

Es más: no puede existir; ni va con nuestro estilo, ni con nuestra historia.»

«Yo pienso —anadia— que las guerras se hacen a cañonazos y no con alfilerazos. Y

todos sabemos que ni la Iglesia ni el Estada van a coger el cañón en España. Ni

la Iglesia denunciará el Concordato ni es verosímil una rotura violenta por

parte del Estado. ¿Por qué entonces hostigarnos con alfilerazos? Que haya

incidentes pequeños es normal. Lo que ya no es normal es que los magnifiquemos.

Y en esto ustedes los periodistas tienen una función: hablar de la tensión crea

te tensión. Dos que no piensan reñir pueden terminar riñendo si se pasan la vida

temiendo y anunciando que van a reñir.»

Hoy la línea, Insistía el embalador, es da claro diálogo sin roces. «Observe la

Importancia del nombramiento de los dos cardenales. El Papa, al hacer público e)

nombramiento del cardenal checoslovaco, que lo era «in pectore» desde hace

cuatro años, ha explicado que no lo publicó entonces parque había una tensión

entré la Iglesia y el Gobierno checo; que lo podía publicar ahora que se habian

serenado las cosas. El nombramiento de dos purpurados españoles demuestra con

claridad que no existe la tensión de que habla tanto la Prensa extranjera.»

Le digo al embajador que para que esa normalización resulte visible parece

urgente la aparición del «signo externo» más significativo: el nombramiento de

obispos para las diócesis vacantes. Mal pueden creer en el extranjero que todo

esté bien entre el Gobierno español y la Santa Sede si ven que, mientras en el

mundo se tardan dos meses en nombrar obispos, en Espina dar e luz un obispo

exige una gestación de año y medio. Me responde el embajador que —aunque este

punto no pasa por sus manos— todo hace pensar que hay cinco nombramientos en

puertas. Y su predicción acaba de cumplirse.

SE CONFUNDE LA INDEPENDENCIA CON LA HOSTILIDAD

Pero voy a tener que decir que no encontré tanto optimismo en todos los

ambientes reñíanos.

Precisamente e! día en que monseñor Romero de Lema era nombrado secretarlo de la

Congregación del Clero me Encontré con un cárdena! muy altamente situado en la

Curia Romana. Me preguntó qué me parecía el nombramiento, y cuando yo mostré mi

alegría dibujó en sus labios una sonrisa irónica y añadió: «Lo siento por Avila,

que ahora tendrá que estarse un año sin obispo.» Luego me di cuenta de que su

sonrisa era triste.

Muy larga fue la entrevista que mantuve con otra alta personalidad del mundo

vaticano;

«Entiendo mst —me decia— esa especie de malentendido en que caen ciertos

ambientes políticos españoles que no acaban de distinguir lo que es la

independencia de lo que es la hostilidad. En el evangelio hay dos frases: una

qu* dice «el qu« no está contra mi, está conmigo», y otra «el que no está

conmigo, está contra mi». En España parecen haber leído sólo esta segunda.

Parece que si no estás claramente a favor, en apoyo, es porque eres hostil y

enemigo. En rigor la Iglesia española na está haciendo oirá cosa que la que

realiza la Iglesia en iodos los países del mundo: acentuar un proceso de

acercamiento a los problemas del hombre y olro simultáneo de independización da

las estructuras políticas. ¿Por qué se interpreta esta proceso como la adopción

de una «postura inequívocamente beligerante»?

El purpurado que me habla está perfectamente informado de las cosas de España.

Conoce nombres, datos, fechas. «Alguien —añade— enviaba recientemente a Roma

todo un «dossier» da anécdotas sobre obispos y curas españoles. Pero por aqui

distinguimos las anécdotas —que, en definitiva, se pueden colorear según quien

las cuenta —de la marcha total de una Iglesia. Y lo que no cabe duda es que Roma

está satisfecha con (a linea que el episcopado español está adoptando. Y que va

a seguir apoyándola.»

Enseño a mi interlocutor el artículo que el Abbé Laurentin acaba de publicar en

la revista Italiana «II regno». En él recoge las palabras dirigidas por Pablo VI

a un grupo de obispos españoles («Queremos manifestaros nuestra sincera

admiración por la Iglesia española, por su sincera aplicación de las normas y el

espíritu del Concilio, por su generosidad apostólica, su dinamismo tradicional y

BU lie) espíritu renovador, que son de gran consuelo para el Papa. Os lo decimos

con goza y esperanza: leñemos una gran confianza en la Iglesia española») y

apostilla: «Este elogio no tiene Igual entre los dirigidos a otros países.»

El purpurado señala con gozo esta unión 6ln fisuras entre Roma y la Iglesia

española y me hace grandes elogios del nuncio Dadaglio que hace de correa de

enlace entre ambos.

LOS CAMINOS DEL FUTURO ¿Y e) futuro? Ante esta pregunta mi interlocutor alza los

brazas con gesto muy expresivo. «Roma —me dice— tiene prisa en los problemas

pastorales, no en los políticos. Se equivocan quienes creen que aqui sirven las

presiones o las amenazas. Esa táctica, cuando más, deja mal sabor de boca. Pero

aqui es totalmente inútil. La Iglesia tiene veinte siglos de historia y

cualquiera bien Informado sabe que Roma ha cedido algunas veces con halagos,

pero nunca con sinenazas. Constantino

consiguió aquello en lo que Nerón fue vencido. Buena —sonríe— ahora tampoco

valen mucho los métodos de Constantino, pero no por eso valen más los de Nerón y

Dlocteciano. En esas luchas la Iglesia puede perder... «comodidad», «prestigio»,

«poder». Pero no

arriesga ningún valor verdaderamente evangélico. Por eso Roma ofrece el diálogo.

SI no se lo aceptan, prefiere simplemente esperan»

Pero, ¿y en concreto? ¿Hay alguna posibilidad de un próximo acuerdo en materia

concordataria? La impresión que hoy se recoge en Roma es que en los últimos

meses no se han registrado avances, y ni siquiera modificaciones, tras el

anteproyecto que hace dos años naufragó.

Y, si fuese cierto que no se han registrado avances en este terreno., ¿quiere

eso decir que nos adentramos en un más o menos largo «statu quo» en el que et

Gobierno optaría por una fórmula de nuevo concordato y la Santa Sede seguiría el

pensamiento mayoritario de los obispos españoles que se inclinarían por una

fórmula de acuerdos graduales? No puedo asegurarlo. Incluso he podido registrar,

por vez primera, que la idea de que un concordato totalmente nuevo es inviable,

empieza a calar en algunos ambientes políticos españoles.

¿CONCORDATO NUEVO O ACUERDOS GRADUALES?

Esto lo formularía con absoluta clarividencia el embajador Lojendio en la

conversación que con él mantuve. A! despedirme le dije —con frase que, voy a

confesarlo, era más cortés que sincera—: «Le deseo que firme el nuevo

concordato.» Sonrió picaramente y respondió: «O que lo denuncie.» También yo

sonreí; «Si se trata de una denuncia amistosa y común, me parecerá de perlas.»

El embajador dejó entonces el tono de broma y añadió: «Realmente hay que ir

pensando que esto de los concordatos es un instrumento demasiado complicado y

mastodónüco. La experiencia está demostrando que a la hora de la verdad

funcionan muy a medias y hacen agua por todas partes. Es... como si tratásemos

de hacer, en la playa, las cascas de baño y las hiciésemos de cemento armado en

lugar de hacerlas de lona. Parece preferible hace; una simple carpa que ños

sirva para el momento presente. El verano que viene ya veremos si sigue

sirviéndonos o si la cambiamos poi otra.»

Me impresionó el planteamiento por ese absoluto realismo que refleja

perfectamente el diplomático de larga experiencia. Y porque creo que ese

realismo podría conducir a resolver los problemas y evitar muchas tensiones.

«Pero esa evolución no es posible —me dice un miembro del Cuerpo diplomático

vaticano—; el Gobierno español nunca cederá su intervención en el nombramiento

de los obispos.» «No es tan seguro —dice alguien que nos acompaña—; hay

ambientes en tos que empieza a verse como suficiente la «prenolificacíón» sin

añadirle ya el adjetivo «eficaz» que ía convertía en una simple metáfora para

mantener un real derecho de veto.» Yo escucho a mis dos interlocutores y me temo

que tenga razón el primero, aunque daría cualquier cosa porque la tuviera el

segundo. Pero dudo también si no tendrá razón aquel olro prelado que me apuntaba

si no se habrá dado una excesiva atención a esle problema habiendo otros varios

(economía de ía Iglesia, libertad de la predicación y problemas de enseñanza)

que se presentan como mucho más graves.

Este es —me parece— el estado de la cuestión hoy en Roma; parece claro que el

Vaticano apoya la línea moderadamente renovadora del Episcopado español y que

bendice tentó unos deseos de independencia evangélica como reprobaría una

hostilidad hacia nada ni hacia nadie. Parece también claro que la curva está hoy

en un periodo de distensión y que el «medio fruto» de los úlíimos cinco

nombramientos episcopales son signo de un paso párela!, pero real, en esa

distensión. Lo que nadie se imagina —el embajador Lojendio tenia razón— es a la

Santa Sede o a un Gobierno esparto! declarándose la guerra.—J. L. M D.

por J. L MARTIN DESCALZO

 

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