El primado, nuevo consejero de Estado. 
 Confusión sobre las relaciones el estado y la Iglesia     
 
 Informaciones.    23/03/1972.  Páginas: 2. Párrafos: 19. 

El primado, nuevo consejero de Estado

MADRID. 23. (INFORMACIONES.)—«La confusión ha llegado a enturbiar el pensamiento

de muchos en cuanto a las relaciones entre la Iglesia y el Estado», ha declarado

el primado de España, monseñor Marcelo González, al tomar posesión de su cargo

como consejero nato del Consejo de Estado.

El arzobispo, que fue apadrinado en la ceremonia por los señores conde de Casas

Rojas y Jordana de Pozas, juró su cargo en presencia del titular del Consejo,

don Joaquín Bau, quien pronunció a su vez un breve discurso en el que dijo,

enere otras cosas: «El 25 de septiembre de 1969 juraba el mismo cargo el

cardenal Enrique y Tarancón, manifestando que venía como obispo y pastor. El

doctor Enrique y Tarancón cesa como consejero del Pleno al dejar Toledo, por

haber sido nombrado arzobispo de Madrid, deseándole los mejores frutos en su

labor y mandándole nuestros respetuosos saludos. Llegáis, señor arzobispo, de

una inolvidable región, Cataluña, en cuya capital, Barcelona, en su

archidiócesis que tantísimo os quería, habéis dejado vida y corazón, porque la

conocíais, la entendiais, la comprendíais y la amabais.»

El consejero, saliente, monseñor Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid, no

insistió al acto.

El presidente del Consejo de Estado agregó: «Fuisteis y seguiréis siendo apóstol

de la verdad y guia de las almas, que es lo vuestro. Por eso cuando trazáis en

el aire el signo de la cruz lo hacéis para bendecir a todos, para renovar ana fe

que no tiene fronteras ni pasiones, fe que sentía aquel rosario infinito do

hermanos vuestros en el sacerdocio que supieron morir porque no quisieron

claudicar... Vuestra colaboración nos será muy valiosa, máxime siendo, como en

otras muchas cuestiones, preceptivo el dictamen de este Consejo para la

interpretación y aplicación de Concordatos en ios momentos correspondientes.» El

señor Bau terminó: "Aceptad, señor consejero, nuestra bienvenida. Acabáis de

pronunciar promesas que en espíritu renovamos. Reiteramos nuestra firme adhesión

al Jefe del Estado, Francisco Franco,, que de su existencia hace una entrega

total al servicio de la Patria. Adhesión también al Príncipe de España, don Juan

Carlos de Borbón, que se ha ganado y merece el cariño de todo el pueblo

español,"

LAS RAZONES DEL PRIMADO

Monseñor Marcelo González, que sucede en el cargo de consejeros a monseñor

Enrique y Tarancón, por haber cesado éste en la silla primada de Toledo, se

refirió a sis aceptación del cargo con estas palabras:

"Me he preguntado cuál debía ser mi respuesta, y mi presencia aquí indica que es

plenamente afirmativa.

Por tres razones. Primera, porque así han obrado también mis antecesores, los

más remotos y los más inmediatos, como los cardenales Enrique y Tarancón y Pla y

Deniel; segunda, porque no me corresponde a mí hacer inviable, ni siquiera con

mi abstención, una ley inspirada en muy nobles propósitos, y tercera, porque

pienso que puedo prestar un servicio al bien común.

Sé muy bien que yo no represento aquí a la Iglesia de España. Mi voz es

simplemente la de un obispo de esa Iglesia, que al manifestar su opinión en los

asuntos que le es solicitada tendrá presente lo que la Iglesia enseña. En este

sentido la responsabilidad es mía, y yo soy el que me comprometo.

Al determinar vosotros que esta voz sea la del arzobispo de Toledo es porque os

fijáis en la historia de la Sede Primada, no porque el que la rige ahora lo

merezca.

Seguramente no son necesarias nuevas consideraciones, pero quizá sean oportunas.

Los pueblos, como los hombres, pasan por muy diversos momentos y situaciones en

la historia. La que ahora vivimos los españoles está llena de confusionismo y de

anhelos. Lo primero es peligroso, como toda confusión. Lo segundo es prometedor,

con tal de que la confusión se convierta en claridad.

Esa confusión ha llegado a enturbiar también el pensamiento de muchos en cuanto

a las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Todos debiéramos tener un

decidido propósito de lograr claridad. Mi presencia aquí no merma ni mi

independencia ni la vuestra; significa, en cambio, ese propósito de colaborar en

lo que sea posible al servicio de un pueblo, confesionalmente católico en su

mayoría, que ve con respeto y con agrado no alianzas que no existen, sino una

cooperación que debe existir. La Iglesia ama su libertad y el Estado la suya.

Ninguno de los dos la pierde por el hecho de que la voz de un prelado pueda

hacerse oír en un asunto concreto que toca a- ambas partes. Esto es todo.

Si, no obstante, algunos se empeñan en crear problemas donde no los hay, la

cuestión no se resuelve con suprimir una presencia, sino educando la mente para

que se aclaren las ideas.

La Iglesia también está presente —y bien vivamente deseamos que lo esté— en el

Consejo Nacional de Educación y en otras entidades públicas. Como lo está, o

invitada o deseando que la inviten, en la UNESCO y en otros órganos

internacionales, dónete se elaboran o se aplican decisiones importantes. Si a

esto se llama ansia de poder humano y ausencia de pobreza evangélica, habría que

estimar como contrario al Evangelio el deseo de difundir su luz dondequiera que

se le abran las puertas para ello.

Hay un matiz particular en lo que se refiere a] caso que contemplamos. Y es que

aquí, en España, la presencia de que hablo está institucionalizada dentro de un

cuadro legal. Esto es otra cuestión. Pero a mí no me corresponde ni modificar

las leyes ni despreciarlas. La ciencia del Derecho político y la atención seria

a la realidad espiritual del pueblo es la que debe dar su dictamen.

Repito una vez más: Amo la independencia de la Iglesia. Amo la cooperación

noble, respetuosa, cordial, de la Iglesia y del Estado. Apruebo la presencia de

ésta allí donde pueda ser útil para el cumplimiento de su misión y el servicio d

e 1 pueblo. Respeto las leyes de mi Patria y deseo que se perfeccionen sin

cesar, sin que, al decirlo, no crea que deben igualmente perfeccionarse las de

los demás países, que con frecuen-

cia se nos presentan como modelos de legalidad. Si un día se llega a la

conclusión de que el arzobispo de Toledo no debe estar aquí, yo seré el primero

en retirarme. Pero será porque así lo pida la razón, no porque así lo exijan las

pasiones o la falta de sentido de la realidad.

Termino ya. Ojalá los dictámenes que aquí se elaboren ayuden a conseguir el

pleno desarrollo de lo que la paz, la convivencia política y ¡a justicia social

nos pidien. Todos tenemos que poner cuanto esté de nuestra parte. Hago mías las

palabras que en idéntica ocasión a ésta pronunció hace menos de tres años el

cardenal Enrique y Tarancón.

Dijo así: «No solamente España es un Estado de Derecho plenamente; es un Estado

también confesional que está integrado por una inmensa mayoría, casi absoluta,

de católicos, y entonces no sólo —diría— en las cosas que tienen directamente

relación a la Iglesia, sino, quiza, en muchos de los otros proble-

mas conviene oír, a más de la voz de los juristas y de los especializados, la

voz de obispos y de los pastores. Es lo único que yo puedo ofrecer, y es lo

único que me podéis pedir.»

Muchas gracias, señor presidente y señores consejero». Gracias también a mis

ilustres padrinos. Rezo por ustedes como rezo por el Jefe del Estado y su

Gobierno y por todo el pueblo.

Hace pocos días, en algunos periódicos he visto una fotografía elocuente.

Estaban juntos, porque se habían reunido para rogar por la paz en Irlanda del

Norte, Mr. Heat, jefe del Gobierno de Inglaterra; el cardenal católico, monseñor

John Heenan; el arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia anglicana,

doctor Michael Ramsey; el delegado de la Iglesia libre, reverendo Leonard

Champion, y Harold Wilson, jefe de la oposición.

Temo que si aquí celebráramos un acto semejante dirían que hasta de la oración

hacíamos política.»

 

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