Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La administración local de Madrid     
 
 El País.    27/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

TRIBUNA LIBRE

La administración local de Madrid

MANUEL FRAGA IRIBARNE

Secretario general de Alianza Popular

Todos los días se habla del Ayuntamiento de Madrid, y en particular de su Alcaldía. La mayor parte de las

veces se habla de modo frivolo o sensacionalista, o manifiestamente interesado. Creo que convendría

hacer algunas clarificaciones al respecto, dentro del contexto general de la política española, y de las

próximas elecciones municipales.

Es claro que no pretendo ser, a mi vez, totalmente imparcial en el asunto. Todo el mundo sabe que siendo

vicepresidente para Asuntos del Interior, y ministro de la Gobernación, tuve la honra de proponer a Su

Majestad el Rey, con arreglo al derecho vigente, al actual alcalde, Juan de Arespacochaga. Lo hice por las

mismas razones que años antes le había nombrado director general de Promoción del Turismo; no por

amistad (entonces nos tratábamos muy poco), sino por su capacidad y talante. Y creo, sinceramente, que

está desarrollando con gran acierto su compleja y difícil función, que es lo que importa.

Pero no se trata de esto. Se trata de saber lo que hay que hacer para que Madrid tenga el mejor y más

aceptable gobierno municipal y administración local que sea posible.

A mi juicio, lo primero que hay que evitar es ía improvisación, la ligereza o la injusticia. Sería de risa un

cambio arbitrario en estos momentos. Madrid debe ser tratado como los demás municipios españoles y

tener las mismas soluciones políticas y al mismo tiempo que los demás. Hasta que no se conozca la nueva

ley de Régimen Local y las normas electorales, no parece que deba tocarse el tema de Madrid. Y en

Madrid, o en los demás sitios, parece claro que, o se aplica la ley vigente, o se hace una nueva; pero que

toda solución mixta estará llena de peligros y de improvisación. Por supuesto las Cortes deben

pronunciarse de modo claro sobre este asunto.

Lo segundo que debe decirse es que, no teniendo Madrid (ni ningún otro Ayuntamiento),

responsabilidades en cuanto al orden público, no hay razón alguna para que sea un Ayuntamiento distinto

de los demás. Lo que sí tiene son mayores cargas, que derivan de la capitalidad; para ello necesita y

merece subvenciones especiales del Estado. En lo demás no debe haber diferencias. París es un buen

ejemplo de que esta es la tendencia actual.

Esto nos lleva al planteamiento siguiente. Las elecciones locales, ¿deben ser más bien políticas o más

bien administrativas?, ¿deben predominar las tendencias nacionales, o las cuestiones locales?, ¿deben ser

manejadas sobre todo por los partidos, o por las asociaciones locales?, son cuestiones complejas, y por lo

mismo, de difícil respuesta. Probablemente la realidad será la que conteste con mayor acierto; varía de

país a país, y dentro de ellos de región a región, y de una a otra ciudad. Lo ideal sería qué la ley se redacte

de modo flexible y que permita soluciones partidistas donde el pueblo la prefiera, y permita también las

otras, según los casos. En cada caso debe dar una oportunidad seria a los independientes.

Otra cuestión importante es la distinción clara entre las zonas rurales, las urbanas normales y la

supermetrópoli, una elección en un municipio de Lugo comprende un buen número de parroquias (en mi

pueblo, treinta), subdivididas en centenares de unidades de población. Una elección en una capital de

provincia afecta normalmente a un núcleo urbano bien definido. En lugares como Madrid o Barcelona, sé

habla de millones de habitantes, con planteamientos comunes, por supuesto, pero con otros específicos de

cada distrito o cada barrio. Hay que cuidar cuidadosamente la fórmula mejor en cada caso; en unos

niveles, será mejor la elección por grupos de parroquias, o por distritos; en otros, irá mejor la lista general

con representación proporcional. No se debería improvisar o imponer un modelo rígido; y facilitando el

régimen de carta, permitir a los propios municipios optar por unos o por otros.

Queda, en fin, la figura del alcalde. La tradición en nuestra legislación, a lo largo de un siglo, es el alcalde

presidente de corporación, y por lo mismo elegida por la misma. En Europa es el modelo más frecuente.

En cambio, en América es más frecuente el alcalde presidencialista, que fue también el tipo de los

alcaldes nombrados en España en los últimos años.

También aquí podría haber una opción; a unos municipios les convendría más el modelo del alcalde

designado por la Corporación (desde luego, en los de carácter rural, en el norte y noroeste). Es posible

que en las grandes ciudades convenga más el alcalde fuerte, jefe ejecutivo de una graa administración,

que responda ante él, y él ante el pueblo.

Cabría también una fórmula que tiene algún precedente en el sistema del gran Londres. Consistiría en

subdividir el gran Madrid en diez o doce Ayuntamientos, cada uno con su corporación y alcaldes

designados por ellas; y reunirlos a todos en un consejo del gran Madrid, con su presidente» o bien

dialogando con un gobernador-alcalde, o delegado del Gobierno para el área metropolitana.

Estas, las cuestiones importantes, son de las que se habla menos. Prevalece el «quítate tú, que me pongo

yo». Creo que Madrid y los madrileños se merecen un trato mejor y más serio.

 

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