El discurso del cardenal Tarancón     
 
 ABC.    27/11/1973.  Página: 39-40. Páginas: 2. Párrafos: 31. 

«QUE LA FE NO SEA NUNCA CAUSA DE DIVISIÓN ENTRE LOS ESPAÑOLES», DIJO EL CARDENAL

TARANCON EN SU DISCURSO

Clima sereno en la apertura de la XIX Asamblea Plenaria del Episcopado. El

ambiente de la casa de ejercicios del Pinar de Chamartin ha ido ganando en

sencillez a lo largo de las Asambleas. Y en la que ayer abrió sus puertas no se

registraba nada parecido a la tensión. Algún periodista que ayer por primera vez

acudía a las sesiones mostraba su asombro por el aire de fraternidad y sencillez

de los obispos, por la falta de empaque del ambiente. «No tiene nada que ver con

lo que la gente se imagina* decía.

Tampoco eran muchas las noticias. El aire de politización que se presentía en

semanas pasadas no aparecía por lugar alguno.

En rigor —aparte del importante discurso leído emocionadamente por el presidente

de la, Asamblea— la única «.noticia», lo único novedoso, fue el aplauso de todos

los obispos —todos sm excepciones visibles— al nuncio de Su Santidad, cuando

ayer su gestión fue cálidamente elogiada por el cardenal Tarancón. Son parcos

los obispos en aplausos. No recuerdo que en ninguna de las anteriores Asambleas

se interrumpiera el discurso del presidente para aplaudir. El cálido aplauso a

monseñor Dadaglio era por ello novedad.

Noticia también, en cierto modo, la progresiva apertura a la Prensa. El telón

del secreto comienza a convertirse en cortina de discreción, mantenido sólo el

secreto para lo que realmente deba serlo.

Hoy la crónica se reduce, pues, a resumir las muchas importantes cosas que el

cardenal presidente dijo en los quince folios de su discurso. Palabras a la vez

serenas y comprometidas, que ni esquivan problemas, ni abren heridas. En ellas

parece resumirse —mejor que en ninguna impresión del periodista— el espíritu de

la Asamblea que ayer comenzó.—P. MARTIN DESCALZO.

El discurso del cardenal Tarancón

En su discurso el presidente do Ja Conferencia Episcopal —señalando que prefería

abstenerse del tema que será centro de estas jornadas en torno a «la

evangelización del mundo de hoy»— se centró en la Idea de la reconciliación, que

ha sido propuesta por Pablo VI como Idea central del Año Santo. Y dijo, entre

otras cosas:

«El Año Santo, por su propia naturaleza y por el carácter peculiar que ha tenido

siempre, es un año de «perdón»: de reconciliación con Dios.

Al hablar de nuestra reconciliación con ios demás creo que es indispensable

poner como base nuestra comunión con el Papa, Vicario de Cristo en la tierra,

cabeza visible de la Iglesia y. Por tanto, también de la Iglesia en España, roca

en la que adquiere unidad y consistencia nuestra vida y nuestra actuación

episcopal.

Ya sé que la fidelidad al Romano Pontífice ha sid« siempre y continúa siendo

ahora, el distintivo —iba a decir el orgullo— de] Episcopado español y de todos

y cada uno de los obispos. Pero es indispensable que en las circunstancias

actuales esa. fidelidad al Papa —que no es tan solo

la obediencia a sus mandatos, sino la docilidad absoluta a sus deseos e

insinuaciones— se manifieste con toda claridad delante de los fieles.

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Y es de justicia —y cumplo al hacerlo un gratísimo deber— manifestar

públicamente nuestra gratitud a Pablo VI por las atenciones, las deferencias y

la confianza que nos ha manifestado en todas las ocasiones.

Más de una vez me he sentido hondamente conmovido en las distintas visitas —

largas y amistosas— que le he tenido que hacer por la amabilidad como me trataba

—amabilidad que iba dirigida a todo el Episcopado— por la confianza que

manifestaba a nuestra Conferencia y hasta por la esperanza que me infundía

cuando, quizá, en algunos momentos por circunstancias especiales me sentía yo un

poco triste y acongojado. «Dominus conservet eum».

Y, ¿me perdonará el señor nuncio que nos acompaña si añado que el representante

de] Papa en España facilita al máximo nuestra reconciliación y comunión con él

porque encontramos siempre en su trato una comprensión, un deseo de ayuda y,

sobre todo, un corazón auténticamente pastoral que comparte perfectamente

nuestras preocupaciones de pastores y nos da aliento en nuestros

desfallecimientos?

Dios se lo pague, señor nuncio, y puedo asegurarle que todos los obispos

españoles le queremos, le comprendemos y le agradecemos su sincera colaboración.

LA UNION CON SACERDOTES Y FIELES

Nuestra reconciliación con los sacerdotes, religiosos y fieles tampoco es fácil

en estas circunstancias:

—Existe una división clara en la Iglesia y nosotros hemos de ser el principio de

unidad y el vínculo de caridad.

—Nosotros, además, no podemos ser «parciales», pero tampoco podemos ser

neutrales. Estamos comprometidos con el Concilio Vaticano II, con su

interpretación auténtica que la hace el Papa y con la realidad de nuestra propia

Iglesia. No podemos inhibirnos, pero hemos de seguir siendo principio y vínculo

de caridad.

—La cosa resulta un poco más complicada porque la dialéctica enfrenta las

tendencias distintas y unas y otras tendencias tienden a alinearnos en sus

filas, con lo que se hace más ardua esa reconciliación.

No quisiera que interpretarais mis palabras como pesimistas ni como una

lamentación de que nos haya tocado vivir estos tiempos difíciles. Es el Señor el

que nos ha situado en esta coyuntura histórica y el que nos dará la luz y la

fuerza, necesaria, para que podamos salvarla con generosidad. Y hemos de

agradecerle —aunque nos cueste— que nos haya escogido para esta etapa difícil y

espinosa pidiéndole que sepamos ser «el granito de trigo que se pudre bajo la

tierra «para que después estalle con toda pujanza la espiga, aunque nosotros no

lleguemos a ver esa «nueva primavera de la Iglesia» que el Espíritu Santo está

preparando.

LA UNION DE TODA LA COUNIDAD

La Iglesia está pasando por una, etapa difícil como lo son todas las que exigen

una intensa renovación, según nos enseña la Historia. Y por múltiples razones

nuestra Iglesia en España está pasando también por un momento especialmente

delicado.

Nadie se escandalizará si digo que nuestros sacerdotes, nuestros religiosos,

nuestros fieles, están divididos. Con el riesgo de que se pueda romper la

unidad.

Las acusaciones mutuas, empleando, en no pocas ocasiones, medios que moralmente

no se pueden justificar y hasta utilizando en alguna ocasión acusaciones

verdaderamente calumniosas, no diré que sean frecuentes, pero se dan realmente.

Y lo más triste es que esas acusaciones se hacen, al parecer, por motivos

nobilísimos, por ser fieles a Cristo, por defender a la Iglesia, por el deseo de

influir eficazmente en este mundo que se aparta más cada día de Dios

En ciertos ambientes se fomenta un clima de desconfianza hacia sacerdotes o

cristianos de tendencias diferentes y hasta de desconfianza hacia los pastores.

CAMINOS PARA LA UNIDAD

Es necesario que recordemos a todos —y robustezcamos ese recuerdo con nuestra

propia conducta— que:

—Nadie en la Iglesia, fuera del Magisterio auténtico, tiene derecho a imponer a

los otros normas o criterios, mucho menos si son puntos de vista personales, en

nombre del Evangelio.

—Nadie tiene derecho a interpretar las intenciones de los demás, y mucho menos a

suponerlas «torcidas», aunque algunos de sus actos o de sus posturas nos

parezcan extraños.

—Nunca tendremos derecho a ser causa de división, ya que hasta la misma verdad

ha de ser defendida con caridad, como nos dice San Pablo: «Veritatem facientes

in caritate.»

—Podemos hacer mucho para convencer a les hombres de todas las tendencias de que

es mucho más lo que nos une que aquello que nos separa. Y no sería difícil

conseguir la unidad en la inmensa mayoría de las cuestiones si ambas partes

adoptaran una actitud de buena voluntad, propia de los hombres que creen en el

Evangelio. Las divergencias legitimas que pueden y deben existir dentro de un

clima de fe y de auténtica caridad, serán también ellas útiles y hasta fecundas

para el bien común.

LA UNION EN LA CONVIVENCIA SOCIAL

Si nuestra misión propia y específica se realiza en la comunidad cristiana de la

que somos pastores, nuestra acción salvadora, como representantes de Cristo y

ministros de la Iglesia, debe alcanzar a todos los hombres. La Iglesia es

instrumento de reconciliación para el mundo, para todos los hombres, y nuestra

misión reconciliadora debe extenderse también a la convivencia social, a

conseguir la unidad, el amor y la paz para todos.

Y si esto es verdad en todas partes no cabe, duda de que en España, en donde el

catolicismo de tal manera se encarnó en la vida social que configuró muchas de

sus costumbres, y en donde la comunidad eclesial y la comunidad política casi se

identifican porque son católicos la inmensa mayoría de españoles y en donde, por

lo mismo, lo religioso y lo eclesial tiene una influencia, casi decisiva en la

vida social y lo sociopolítico tiene, por lo mismo, una influencia decisiva en

la vida religiosa y en la vida de la misma Iglesia, esta misión nuestra cerca de

la sociedad, en su aspecto humano —en lo que llamamos convivencia social— tiene

una especial trascendencia.

Nuestro régimen español es, además, oficialmente católico y tiene a gala

manifestarse como tal, queriendo ser fiel a las enseñanzas de la Iglesia, lo

cual hace que la misma realidad social tenga necesarias repercusiones en la vida

de la Iglesia y en la conciencia de los cristianos.

Por todas estas razones, este Año Santo de reconciliación debe tener entre

nosotros no sólo una dimensión eclesial. sino también sociopolítica.

í\ qué nos obliga a nosotros esta misión de ministros de reconciliación con

respecto a esa convivencia de nuestros hermanos españoles y en ese campo de la

convivencia social?

Creo, hermanos, que nuestro primer deber en este aspecto es el de procurar con

todo esmero que la fe no sea causa de división en el orden humano. Es necesario

que recordemos con palabras y con hechos lo que afirmó claramente Pablo VI en la

Octogessima adveniens», y que recordábamos nosotros en el documento «La Iglesia

y la comunidad política»: «Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos

diferentes» en e! orden temporal: social y político. Y que «esta pluralidad de

opciones, que brota del dinamismo de la fe —como recordábamos en el mismo

documento—, no se realiza sólo a través de compromisos individuales, sino que

puede y debe darse en los diversos cauces asociativos e institucionales».

LA DEFENSA DE LA JUSTICIA COMO SERVICIO A LA UNIDAD

En la promoción y defensa de la justicia en el mundo —no olvidemos que el hombre

ansia cada vez más esa auténtica justicia que reconoce y defiende los derechos

inalienables de la persona— podríamos encontrar, al parecer, el gran medio para

ser instrumentos o ministros de reconciliación, porque parece que fácilmente se

deberían encontrar todos los hombres —más particularmente todos los cristianos—

en una tarea que a todos parece no sólo noble y digna, sino necesaria.

Pero quizá esté ahí —por una de las paradojas tan frecuentes en la vida de los

hombres y de las saciedades— la dificultad mayor para conseguir esa

reconciliación en la convivencia social por la cual nosotros tenemos el deber de

trabajar.

Y aquí surge la dificultad mayor para que podamos ser nosotros instrumentos

de reconciliación en ese campo. ¿Qué habremos de hacer —y me refiero

concretamente a este aspecto de la reconciliación que hemos de procurar durante

el Año Santo— para no convertirnos en causa de división al querer cumplir con un

deber sagrado? ¿Tendremos que callar para evitar las enemistades . y las

rupturas? En nuestro documento decíamos: «Pero tengan todos presente que el

silencio por falsa prudencia, por comodidad o por miedo a posibles reacciones

adversas, nos convertiría en cómplices de los pecados ajenos, seríamos pastores

infieles a la misión que Cristo nos encomendó, con perjuicio para los más

débiles y oprimidos, y, en definitiva, cedería en desprestigio de nuestras

comunidades cristianas al mostrarlas incapaces de oír la palabra salvadora que a

tocios nos invita a la penitencia y a la conversión.»

Es. precisamente hablando, incluso con severidad, en algunas ocasiones, aunque

siempre con serenidad, con prudencia y con caridad, como podremos ser verdaderos

instrumentos de reconciliación aunque de momento nuestra palabra o nuestra

postura moleste. Porque no puede fundarse la paz sobre la injusticia. No puede

conseguirse una auténtica reconciliación entre los hombres sin el reconocimiento

de !a verdad de Dios y de los derechos de todos.

ALGUNOS DOLOROSOS SUCESOS RECIENTES

Os estoy hablando de reconciliación en unos momentos harto difíciles, a juzgar

por los fenómenos exteriores, ya que no sólo se han producido hechos dolorosos y

enfrentamientos tristes, sino que parece que la agresividad se haya desatado, la

discordia se haya impuesto como norma común e incluso puede parecer que la misma

Iglesia —por medio de algunos de sus miembros— se haya convertido en fuente de

discordia en el ambiente civil.

Incluso da la impresión, hermanos, de que la misma jerarquía está siendo causa,

o al menos ocasión, de discordias en el plano de la convivencia sockl. No creo

que sea imprudente decir esto claramente cuando ni el silencia ni la inhibición

pueden borrar los hechos y los comentarios que están en la conciencia de todos.

Yo lamento con toda el alma esos Incidentes y, sobre todo, ese clima de

nerviosismo y de agresividad que se está fomentando, sin mala intención, creo

yo, pero con actitudes y comentarios que considero francamente desacertados. Y

tan sólo quisiera, en el pórtico del Año Santo, llamarme a mí mismo la atención

y a todos los españoles sobre la necesidad de mantener una actitud serena y

cordial.

Por mi parte hago cuanto me es posible, no sólo para mantener esa serenidad,

sino para abrir cauces de diálogo, para ser comprensivo Con toaos, para crear un

clima de amistad.

Es necesario decir públicamente que la jerarquía quiere y busca en todo momento

la comprensión y la cordialidad. Que si alguna vez, a unos o a otros, ha fie

hacer una advertencia, quizá una corrección un poco severa, no es con el ánimo

de herir, sino de sanar, cumpliendo un deber irrenunciable.

Sería mucho más cómodo cailar en ciertas circunstancias o hablar para defenderle

contra acusaciones infundadas, quizá calumniosas. Pero hablando en el primer

caso, se cumple un deber ineludible. Y callando en el segundo se acepta un

sacrificio y una humillación por el bien de la paz, para conseguir más

fácilmente la reconciliación.

Todos y cada uno de los obispos de esta Conferencia Episcopal amamos con pasión

a la Iglesia y estamos siempre dispuestos a servirla hasta con sacrificio, pero

somos también españoles que amamos a nuestra patria con pasión y estamos siempre

dispuestos a sacrificarnos por ella —por su bienestar y por su paz— y estaremos

siempre prestos —aunque nos sabemos limitados y falibles— a sacrificarnos por el

bien de la Iglesia y por el bien de la patria, a trabajar incansablemente para

conseguir la armonía, la concordia, la paz —la auténtica reconciliación—, dentro

y fuera da la Iglesia.

 

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